David Uclés: “La oscuridad es el derribo de la libertad de todo un pueblo”

“La ciudad de las luces muertas” conduce a un segundo reencuentro pausado con el ubetense más laureado en el panorama literario nacional, Premio Nadal que, a través de
la escritura, trata de zarandear conciencias y remar en la dirección del pensamiento libre
El escritor David Uclés, en el sótano de su domicilio en Úbeda, durante la entrevista, realizada por Manuela Rosa Jaenes. / Fotografías: Agustín Muñoz / Diario JAÉN.
Manuela Rosa Jaenes

No cabe un alfiler entre las estanterías de libros ordenados en una mente prodigiosa despojada de anotaciones en lápiz y papel. Es el rincón de sus reflexiones, del derroche imaginativo que destilan sus obras, del caudal creativo que fluye a través del dibujo, de la música, de la literatura... El sótano de David Uclés Vílchez (Úbeda, 1990) apenas tiene ocho metros cuadrados de superficie y, aunque aparentemente es la habitación olvidada de una casa unifamiliar enclavada en un ciudad Patrimonio de la Humanidad, está llena de detalles que revelan su original personalidad. Libre de los corsés de la promoción de “La ciudad de las luces muertas”, Premio Nadal, se sincera en una entrevista en la que chapotea en los charcos que encuentra en el camino de la vida.

—Seguro que su madre le ha preparado su plato favorito.

—No, ha sido un plato ligero. Con la gira como muy bien, porque me suelen invitar a buenos restaurantes, y lejos de adelgazar, como me pasó con “La península de las casas vacías” que adelgacé doce kilos, ahora tengo doce más de lo habitual. Me ha hecho verdurita para compensar.

—¿Qué tiene este sótano?

—Para cualquier persona es una habitación muy normal, pero para mí es muy especial. Mis padres y mi hermana hacían vida en la primera planta y dormían en la segunda y yo aquí podía permitirme el lujo, por la noche, de poner música, tocar instrumentos, pintar hasta las tantas... Es mi refugio, es la creación. Aquí empecé a pintar de chiquitillo influenciado por Rafael Zabaleta a los nueve años y, en resumen, es la habitación de mi cabeza.

—Es una lástima que no quepa en su maleta.

—La echo de menos. Además, en cuanto regreso a Úbeda percibo el olor de mi casa, la luz de mi calle, el calor de mis padres... Como tampoco tengo casa, porque vivo de alquiler..., aunque quiero seguir así porque me gusta ser nómada, el problema es que voy almacenando cosas y ya no sé dónde meterlas. Me gusta venir mucho.

—¿Qué ha tenido que pasar para que, al fin, acceda a invitarte a “La Revuelta” el paisano David Broncano?

—No sé si fue a raíz del Premio Nadal, cuando los medios de comunicación pusieron más el foco en torno a mí, pero también sé que tarde o temprano lo haría. Llevaba dos años con la vara de aceitunero que le regalé en Madrid.

—Esta entrevista tiene como “leitmotiv” el libro “La ciudad de las luces muertas”. ¿Cree que hay una mirada generalizada distinta de Barcelona tras la lectura del Premio Nadal?

—Sí, sí, por supuesto. El libro intenta homenajear a muchas Barcelonas que han existido, por lo que su lectura tridimensiona la ciudad y hace al lector partícipe de muchos hitos que han ocurrido. Es imposible que sean todos conocidos, por lo que cualquiera que lo lea podrá introducirse en muchas aristas, como si fuera un cuerpo geométrico de la ciudad. Empecé la novela en 2021 en París, donde yo estuve muy influenciado por un grupo de investigación literaria de más de cien años que se llama El Oulipo, que juega con las matemáticas y la geometría en la literatura, de tal forma que lo que yo quería hacer es que un decaedro estuviera en el libro para recortarlo —muestra uno hecho en papel—. Cada plano es un barrio de Barcelona y cada arista son personajes. Al final no lo hice por no agobiar más al lector, porque el libro ya tiene bastantes cosas, pero la metáfora me sirve, porque yo quería hacer como un cuerpo tridimensional de todas las Barcelonas.

—Lo ha conseguido.

—Eso me transmite la gente.

“Hay muchas capas que conforman la sociedad de Barcelona, todas se ven amenazadas por el fascismo como imposición de una única moral”

¿Por qué Barcelona?

—Por una beca, Montserrat Roig, que incluía la presentación de un proyecto sobre la esfera literaria de Barcelona. Yo lo hice con tres o cuatro escritores que habían pasado por allí, no me la dieron, pero al año siguiente, sí, y me fui a Barcelona con los ojos abiertos como platos, como un corresponsal de guerra que tiene que hacerse con un territorio. Era una ciudad virgen para mí y tuve muy claro que la quería meter toda en un libro.

—¿Cuánto tiempo estuvo?

—La beca me pagaba dos meses, pero me quedé seis, de mi bolsillo.

—¿En cuánto la escribió?

—No sé nunca cuánto tiempo le dedico a una obra, porque empecé en 2021 y terminé en 2026, pero en medio estuvo “La península de las casas vacías”. Lo que sí sé es que el 98% del boom de “La ciudad de las luces muertas” es posterior a “La península de las casas vacías”, lo que para mí era una seguridad grande, porque yo también dudaba acerca de la influencia de todos los estímulos de la crítica y de los lectores.

—¿Cuál fue la magnitud de su esfuerzo imaginativo para crear un impresionante mundo onírico como el que se aprecia?

—Proporcionalmente hay más arquitectura onírica en este libro que en el otro, porque este es mucho más surrealista, por lo tanto hay más derroche imaginativo, pero no me supone un esfuerzo. Lo que intento es ordenar el caos. Para mí crear imágenes surrealistas es más fácil que las realistas, pero luego hay que darle forma y sentido. Ese trabajo fue grande en esta novela.

—Hay gastronomía, biografía, arte, arquitectura y, sin embargo, parece que existe una corriente generalizada que busca el mensaje político. ¿Por qué?

—Sí, porque todo esto, la arquitectura, la gastronomía, el arte... todo se ve amenazado por la oscuridad, que se puede interpretar de muchas maneras distintas, como el turismo masivo o la propia condición del ser humano caduca. Para mí significa, fundamentalmente, el dolor, la huida, el mal que provocó el fascismo durante el siglo XX a todos los intelectuales que son protagonistas del libro. Por lo tanto, hay muchas capas que conforman la sociedad de Barcelona, pero todas ellas se ven amenazadas, sobre todo por el fascismo, que significa la imposición de una única moral y el derribo de la libertad alcanzada por el pueblo.

—Política adrede...

—Sí, es mi libro más político. “Emilio y Octubre” no lo es, aunque haya alguna distopía ahí, y “La península de las casas vacías” es sociológico. Yo lo que quería es que, en un momento determinado y en un lugar concreto, hacer una fotografía y ofrecerla a los lectores, sin juicios de valor, aunque alguno hice como narrador. Aquí sí, “La ciudad de las luces muertas” es mi libro más militante, a veces parezco un arengador, pero lo que quiero es mostrar al lector cómo en otras épocas, arrimando el hombro, fuimos capaces de luchar contra tinieblas y oscuridades.

—Es pronto para que le hagan una oferta política, ¿no?

—Ya me la han hecho, pero no diré quién, cómo, ni la magnitud de la oferta. No, no, no, yo creo que como sociedad estamos muy obsesionados con la política y, cuando discutimos siempre lo hacemos desde la política, y no desde la filosofía, la sociología, los humanismos, el arte... Todo es política, yo voy a hablar de lo que nos ocurre, pero desde el arte y desde otros lugares, pero no voy a meterme bajo unas siglas, a no ser que la cosa se ponga muy muy fea. No oculto, si bien, mi visión política del mundo, soy progresista, de izquierdas, pero mi voto ha oscilado mucho, no en cuanto a ideología, sino a partidos.

—¿Cuál es la oscuridad que más le preocupa como ciudadano?

—El fascismo, la ultraderecha que atenta contra todos y, si lo analizo desde un punto de vista individualista, me afecta a mí como homosexual, como artista, como feminista, como persona que no quiere imponer una sola moral, por lo tanto concibe el aborto y la eutanasia en mi sociedad, como persona que cree en lo público y no quiere privatizaciones...

—¿Le dijeron sus lectores cero lo mismo que le apuntó aquel librero de Úbeda sobre “La península de las casas vacías”?

—Mis lectores cero me están dando muy buen “feedback”, entre otras cosas porque reconocen mi voz narrativa, por lo que, les interese más o menos la ciudad de Barcelona, me dicen que disfrutan con las metáforas coloridas que hago y con las reflexiones que mis personajes tienen. Estoy muy contento. La prueba está en que ha pasado un mes, está en el número uno y va por la quinta edición, tercera en castellano y segunda en catalán, con más de cien mil libros impresos ya. Las presentaciones ahora son multitudinarias, parecen eventos políticos, y estoy feliz. Además, he sobrevivido a un boicot enorme en medios de comunicación de derecha por la polémica contra mí, por lo que algo tendrá la novela porque, de lo contrario, estaría defenestrado, pero eso que lo juzguen los lectores, que son los más importantes.

—Consiguió el Premio Nadal, ni más ni menos.

—Sí. Ese fue el primer empujón, saber que apoyaban la obra, con lo que eso conlleva, porque la promoción y la inversión es muy grande. Aquí lo tengo —muestra el galardón— y para mí es muy importante, estoy superfeliz, porque de los premios españoles a novelas inéditas, este es el que quería desde pequeño, ninguno más. De hecho, desde que empecé la novela pensé en el Nadal, pero no era el momento para intentarlo cuando acababa de publicar “La península de las casas vacías”.

—¿Sigue ganando sólo dos euros por cada libro?

—Menos. Esto nos pasa a todos los escritores. Ganamos el 10%, en este caso 2,30 euros, pero me tienen que quitar el 48% de Hacienda y el 15% de mi agente, por lo que se me queda el 15% de esos 2,30 euros. No soy matemático, pero es 1 euro más o menos.

—¿Es una queja?

—Sí, porque no tenemos un estatuto del artista fuerte en este país. Por ejemplo, yo estoy quince años escribiendo “La península”, puedo demostrar que los últimos cinco los escribí con becas de investigación, sin trabajar en otra cosa, y eso Hacienda no lo contempla. Entonces, cuando vendo tanto de ese libro, todo ese pago es como si lo hubiera generado en un año. En Francia, por ejemplo, tienen en cuenta los cinco años anteriores. No puedo abordar ahora todas las luchas, pero sí nos quejamos los escritores porque nos llevamos una “marraná” por libro, un euro. ¿No nos podíamos llevar cinco?

—¿Teme que, como le pasó a Miguel de Cervantes con “El Quijote”, le consideren autor de una sola gran novela?

—No, porque yo prefiero que se conozca mi obra a mí, es decir, ojalá que “La península de las casas vacías” me sobreviva. Quiero seguir escribiendo y superarme, pero si me ofrecen un contrato para borrar mi nombre y que continúe mi libro, lo firmo ahora mismo.

—¿Es capaz de escribir durante la gira de promoción?

—Ni una frase. Podría, pero no quiero, me viene muy bien. Es como el barbecho en el campo. Cuando escriba, en otoño, será todo muy fértil.

—¿Ya tiene la idea en la cabeza?

—La idea, la certeza y la convicción. La gira la dejo en julio. Me voy a Venecia para escribir, con una beca, en un palacio del centro durante dos meses. Yo creo que me quedaré durante otoño y, después, buscaré una ciudad en Europa para estar desaparecido un año o dos.

—¿Por qué fuera de España?

—Es donde mejor escribo, busco la soledad de no tener amigos, de no entender el idioma, de no saber qué compro en el supermercado ni las noticias que cuentan... En esa soledad es donde mejor escribo. Me viene bien olvidarme de todo, de lo bueno, de lo menos bueno e, incluso, de mí mismo. Escribir como si nadie esperara.

—¿Ha perdido el miedo a volar?

—Sí, sí. Ahora me da miedo el transatlántico, porque se está traduciendo “La península” a dieciocho idiomas, y voy a Nueva York, Buenos Aires, México...

“Lo que quiero es mostrar al lector cómo en otras épocas, arrimando el hombro, fuimos capaces de luchar contra tinieblas y oscuridades”

—¿Sufrió, en alguna ocasión el síndrome del folio en blanco?

—No, jamás lo he tenido. ¿Por qué? Porque mi literatura consiste en ordenar el caos. Yo tengo un torrente de imágenes en la cabeza continuamente, de tal forma que a mí no me cuesta volcarlo en el papel, pero sí ordenarlo. Tengo el agobio del hiperactivo, de tener muchas cosas y estar obligado a elegir una. Mis agentes dicen que hay dos tipos de escritores: a los que hay que recortar y a los que hay que pinchar para que escriban más. Yo soy de los primeros. Comprendo que el proceso de escritura consiste en escribir y escribir.

—¿Le funciona la literatura como refugio de supervivencia?

—Sí, me funcionó de chico con el bullying, que me metía en otros mundos, también en situaciones de luto sentimental o familiar y sigue siendo un refugio, aunque más el cine que la literatura.

—¿Cree, como dijo Antonio Muñoz Molina, que los creadores están condenados al exilio?

—Puede interpretarse como un exilio personal, porque geográfico no todos hacen uso de él, aunque suelen irse al campo... Sí, es cierto, solemos irnos a lugares que nos son ajenos. Esa frase también la decía Peri Rossi, que tuvo que irse de Uruguay y está exiliada en Barcelona, decía lo mismo, que la literatura es el exilio.

—Habrá ocasiones en las que tenga ganas de salir corriendo.

—No, porque quiero mucho a mi tierra. Esto lo decía también María Zambrano, que si hubiera podido, se habría quedado a defender su país. No me voy por huir. Si me voy al extranjero un tiempo es porque quiero traer algo y seguir aquí emocionando a los lectores y a mi pueblo, pero siempre me quedaré luchando contra todo lo que venga. Tendrá que ponerse la cosa muy mala para dejarlo todo atrás. Ojalá lo hubiera hecho Federico García Lorca, por ejemplo.

—¿Hay un David Uclés que, tras la batalla mediática, regresa a la soledad de su casa herido?

—No, no, no, salgo reforzado. Como escritor, uno siempre tiene una mala crítica en un suplemento cultural muy importante del país, de aquellos que señalan con mucho odio, como Alberto Olmos, Soto Ivars o Jiménez Losantos. Uno siempre tiene cierto miedo a eso, pero cuando pasa, ya estoy más fuerte. Es como si tienes miedo a quedarte encerrado en un ascenso. Estoy más liberado que antes.

—Pero usted ha dicho públicamente que no lee las críticas...

—No, no las leo, porque me aburren y porque me angustian, no por lo que dicen, sino por la baba con la que lo dicen, el odio, el veneno que tienen dentro ellos. Yo siempre me he acercado a gente noble, y lo sigo intentando.

—¿Qué le pasa, realmente, con Arturo Pérez Reverte?

—No me pasa nada, ni lo he visto ni he hablado con él en mi vida. Tampoco he dicho nada de él.

—¿Qué ha pasado entonces?

—Él sí se ha molestado porque me fui de unas jornadas. Tenemos una sociedad muy polarizada y, en cuanto pasa algo, se hacen dos bandos, contra David Uclés o a favor. Yo, lo analizo, y pienso que no es para tanto. Hice un vídeo, muy educado, diciendo que me bajaba de unas jornadas cuando descubrí quiénes estaban invitados y el lema, y no dije ni que no lo hicieran, ni que había inquina por parte los organizadores... Nada.

—¿Por qué avisó con un vídeo?

—Porque ya estaba publicado el cartel. Quizás si me lo hubieran pasado antes, habría sido más sencillo. Esa noche hablé con cuatro personas que también se querían ir, pero no se atrevían y, después, se fueron. El malestar lo teníamos todos, pero estábamos hablando de algo que había organizado Arturo Pérez Reverte, un escritor muy importante de este país, con muchas relaciones literarias y que nadie lo querría enfadado. Para mí es fundamental acostarme con la conciencia tranquila y ese título rezumaba equidistancia.

—“La guerra que todos perdimos”. Usted lo conocía, ¿no?

—Sí, lo conocía, pero es que la guerra la perdieron las víctimas, pero los que la organizaron la ganaron.

—¿Qué opina de Arturo Pérez Reverte como novelista?

—Leí, de joven, “El capitán Alatriste”, “La piel del tambor”, “La tabla de Flandes”... Dejé de leerlo a los veinte años, no sé por qué, pero sus novelas tienen un toque aventuresco que, durante un tiempo, lo consumí mucho, pero ya menos. Supongo que escribirá muy bien, es miembro de la Real Academia Española.

—¿Le afecta el ruido?

—Me afecta, por ejemplo, cuando hay un boicot en los días en los que sale mi novela. Eso no es bueno. No necesito ruido. No era una polémica buscada y me afectó porque salieron críticas el mismo día en que se publicó, por lo que son creadas, expresamente, para derribarme. No han conseguido que me afecte, porque están las librerías más llenas que nunca. Ya pasó el susto, ya sé de qué pie cojea cada uno y ahora ando con mucho cuidado, porque este es un territorio de zancadillas.

—¿Hay polarización en el oficio?

—Creo que no. Hay diversas artes que se consumen más por un lado y por otro. Por ejemplo, en la ópera, que me encanta, me da la sensación de que el público es más conservador. En literatura, es más progresista. Hay de todo en la viña del señor. Creo que casi todo el mundo que lee es o de izquierdas, de centro o centroderecha, pero de ultraderecha, no.

—¿Existen escritores comprometidos socialmente, al margen de su producción?

—Sí, muchos, pero no tanto quizás como querrían, porque tienen miedo. Es lógico. No me gusta cuando a los artistas los ponen contra la espada y la pared para que se manifiesten, porque tienen cosas que perder y no creo que todo el mundo esté dispuesto a perder lo que tanto trabajo les costó. En mi caso, como he vivido siempre con una mano delante y otra detrás, en el peor de los casos en que lo perdiera todo, me da igual porque sé reinventarme. No tengo miedo a perder nada porque vivo con poco, pero entiendo que quien tenga una familia y facturas no esté dispuesto.

“Tengo un torrente de imágenes en la cabeza siempre, de tal forma que a mí no me cuesta volcarlo en el papel, pero sí ordenarlo”

—Un jiennense por sangre, Gabriel Rufián, agita la izquierda para frenar la ola ultraconservadora. ¿Hay izquierda literaria que pueda hacer lo propio por la democracia y sus valores?

—Sí, claro que hay, y lo hacen con sus novelas, con sus escritos y con sus ensayos. Ahora mismo estoy leyendo un libro de Brigitte Vasallo, en el que evoca todo lo que sufrieron los charnegos y cómo levantó la inmigración el país, y sí que hay compromiso, algunos más evidentes que otros. Una manera de dar ilusión es a través de la literatura. Yo lo noto mucho en mis presentaciones, donde la gente viene a agradecerme que no me haya callado ante algo que consideraba injusto. La ilusión se contagia.

—¿Qué urgencias le provoca el tiempo en el que vivimos?

—La urgencia de que despertemos todos, de que nos juntemos en los bares, en reuniones con amigos, para ver qué podemos hacer por el cambio, la urgencia de recuperar la ilusión políticamente, de educar a nuestros jóvenes enseñándoles lo que pasó en este país, vamos tarde. Mi mayor miedo es que de aquí a dos legislaturas el PP no sea la fuerza más votada de la derecha. Yo, que soy de izquierdas, necesito que haya un partido democrático conservador fuerte, me parece sano, porque tal y como está la cosa, yo creo que en muy pocos años Vox tendrá más votos que el PP.

—¿Volverá a vivir a Jaén o ni se lo plantea usted?

—Soy muy alérgico al polen, hasta el punto de que, entre abril y junio, estoy hecho un trapo y no puedo salir a la calle sin mascarilla. También tengo mucho insomnio y me afecta el calor. La tierra, Jaén, me es un poco inhóspita de abril a septiembre. La otra mitad del año estoy muy bien, porque me encanta el frío y sus horizontes. Mudarme, no , pero venir, siempre.

—¿Le importa más el sitio en el que vive o al que desea volver?

—Como buen bohemio, pienso que la época pasada siempre fue mejor, como decía Pessoa en “El desasosiego”, excepto los dos años actuales, que son de ensueño y que nadie me los ha podido torcer. Ahora soy feliz todos los días.

—¿Cree que todos tenemos lecturas inconfesables?

—No tiene por qué, yo soy muy transparente. En el caso de la lectura, no tengo, como dicen los ingleses, “guilty pleasure”, el placer culpable... No tengo lecturas de las que me avergüence, quizás en el cine, sí, pero no en la literatura.