Una mujer se libra de fallecer aplastada en Alcalá la Real por segunda vez
Natividad Gámez se salva por un instante del desprendimiento de un canalón
Si Natividad Gámez fuera un gato podría decir que ya ha gastado dos vidas. El problema es que lo ha hecho en solo cinco meses. Su testimonio sobre lo acontecido ayer en Alcalá la Real evidencia la estrecha separación entre la normalidad y la tragedia.
A última hora de la mañana —ella habla de las doce menos cuarto— y bajo una fina lluvia, ella caminaba por la calle Álamos en sentido ascendente hacia una entidad financiera. Avanzaba rápido, de manera que sobrepasó a un hombre, que iba por la parte más próxima a las fachadas. “Solo sé que escuché un ruido muy fuerte”, explica. En ese momento comprobó que un gran tramo de canalón, de más de dos metros se había precipitado a la vía pública desde la altura de un tercer piso. “Tres pasos más atrás y no lo cuento. H asido brutal”, detalla, aún impactada. De hecho, la cercanía fue tal que a ella le salpicó el agua. El peatón antes mencionado, añade, se libró al ir justo por debajo del balconcillo del inmueble, en cuyo bajo hay una compañía de seguros.
Según Gámez, el toldo, por un lado, amortiguó el canalón, pero por otro hizo de trampolín y lo despidió hacia afuera. Como relata la alcalaína, el otro transeúnte continuó impertérrito, aunque volvía la mirada hacia atrás. “Creo que no fue consciente del peligro”, dice.
La protagonista del episodio subraya las graves consecuencias que podía haber tenido el accidente. “No era un canalón de plástico, sino compacto, de los antiguos”, describe. La impresión fue tal que, continúa, quedó paralizada. “Durante media hora no podía ni siquiera andar. He puesto velas y he rezado”, refiere. Hasta el lugar se desplazaron la Policía Local y los Bomberos de Alcalá la Real.
Pues bien, Gámez ya salvó la vida el pasado verano en circunstancias similares. Señala que, a principios de agosto, fue a pasar un día a la playa de Almuñécar, en Granada. Ella y los allegados habían estado bajo un balcón. Entonces, sintió náuseas y por eso se marcharon. En esos momentos hubo un desprendimiento de cascotes, justo donde habían dejado las neveras. “Mi hijo pequeño me ha dicho que a la tercera ya no me salvo”, concluye.