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Asomaban los últimos rayos de sol, golpeando la puerta umbría de la Iglesia de la Asunción de Villacarrillo. En la calle, la algarabía ganaba enteros conforme se acercaban las 20 horas, conscientes los villacarrillenses de que el día más grande del año estaba a punto de llegar a su clímax. El brillo del madero de metal deslumbró a vecinos y visitantes, con los sones de la Marcha Real anunciando a los cuatro vientos, y a las cuatro villas, que el Santísimo Cristo de la Vera-Cruz volvería a pisar las calles de su pueblo. Un pueblo que se entregó desde el primer momento a su patrón. Volvieron a girarse las miradas buscando el divino rostro de la Madre, la Reina de Villacarrillo, la Santísima Virgen del Rosario. Bajó la escalinata de su templo con dulzura, mecida por una valiente cuadrilla de costaleras que, determinada y unida, maravilló en cada “chicotá” que presentó ante los suyos. En la Plaza de Juan XXIII, los boleros de antaño brindaron los honores a los patrones, desatando aplausos y lágrimas a partes iguales. Hechas las presentaciones, comenzó el trabajo. Uno arduo pero agradecido, pues el itinerario exigente pidió concentración, fuerza y mucho talante a cargadores y costaleras, que, en las estrechas calles de la ciudad, demostraron que su fe en la Vera-Cruz y el Rosario son más poderosos que los caprichos del urbanismo. Se cantaron los himnos decenas de veces, clamando a los cielos por las bendiciones de las divinas imágenes. Él y Ella correspondieron, pues a cada paso, a cada beso al aire y con cada mirada furtiva, tomaron las plegarias de un pueblo que se desgañitó vitoreándolos, ovacionándolos. Los sones de la Agrupación Musical Cristóbal Marín terminaron de embargar el ambiente con la emoción que despertaron composiciones como “Macarena” o “Espíritu Santo”. En la Plaza de España se dio la bendición, con palabras de alabanza y aliento para los que penan, los que encomiendan su suerte a los designios de sus Señores y los que prometen para después cumplir. El ejemplo es Tiago, un bebé que acompañó a su madre junto al trono de la Virgen del Rosario, portado por su abuela, la misma que reconoció que era la materialización de un juramento, y como tal, había que pagarlo. El regreso por la calle Feria volvió a demostrar el tesón de los hermanos de la cofradía, pues no escatimaron esfuerzos para demostrar su devoción por los patrones. De vuelta a la Plaza Juan XXIII, marcó el culmen de las fiestas en Villacarrillo, ya que los boleros volvieron a poner la banda sonora a una noche para el recuerdo. La foto de familia final marcó la comunión que se vivió en las calles, una comunión de la que fue partícipe la capital de Las Villas. Y se pagó, con una demostración de fe que se coronó con la vuelta a la Asunción.
Juan Caparrós Carmona destacó que es un día muy grande en el que todo se pone a tope, por lo que los vecinos lo viven con una alegría especial al ser algo maravilloso para ellos. En esa misma línea, María Isabel Bravo Jiménez expresó que siempre ha sido una jornada muy emotiva y que vive la feria con tal intensidad que se le hace hasta larga, pidiendo volver a ver a los patronos. Por su parte, Salvador Santa Fosta remarcó la devoción de todos los vecinos hacia el patrón, añadiendo como particularidad que este año el día se ha declarado festivo en el municipio. Asimismo, Isabel Collado Parra calificó la procesión de muy bonita y comparte que, tras haber sido costalera durante 26 años, ahora que no lo puede llevar lo pasa muy mal y acude en la fila por una promesa. Finalmente, Nani Rodríguez Garvín y Marcos Mota Rodríguez comentaron que el día ha lucido plenamente, resultando espectacular con la caída de la noche, y resaltaron la ilusión de ser el primer año que su hijo vive esta bonita procesión.