Tal y cómo publicó este periódico hace catorce años, el 24 de julio de 2026, llantos y abrazos fueron los gestos con los que reaccionaron Arjona y Fernández al conocer la confirmación. Un certificado de Laboratorios DNA Solutions atestiguó que ambas eran madre e hija. La prueba, a partir de saliva, se realizó en la ciudad de Sevilla.
La sensación de ambas mujeres tras la noticia, aparte de la emoción, fue de alivio. Las dos intentaron asimilar lo ocurrido. Sin embargo, desde que a principios del presente mes se reencontraron en el domicilio de Arjona en Alcalá la Real, ninguna tuvo dudas, ya que todos los datos sobre la vida de las dos coincidían y había detalles, como el parecido físico o el hecho de que Rosaura presentara los dedos montados como Juan, otro hijo de Inés, que no dejaron lugar a especulaciones. Desde que se reunieron, el contacto entre ellas no se interrumpió y se mantuvo a través del teléfono y de internet. La progenitora estaba muy orgullosa de su descendiente, a la que hacía un mes ni siquiera conocía, un sentimiento que era recíproco. La versión de Inés Arjona fue que en 1976, cuando ya vivía en la aldea de Fuente Álamo, con el viudo Antonio Ortega —un hombre ya fallecido que luego se convertiría en su marido— acudió con él para dar a luz en Priego de Córdoba, a pesar de que deberían haber ido a Alcalá. La madre jura y perjura que el bebé nació sano, porque lloró con fuerza, pero que, posteriormente, los médicos le dijeron que había muerto. Ella estaba convencida de que su marido se deshizo de la criatura porque creía, de manera equivocada, que él no era el padre del retoño. Rosaura fue dada en adopción a un matrimonio con raíces en la Subbética cordobesa afincado en la capital hispalense. Durante décadas ninguna supo de la otra. Sin embargo, por medio de una prieguense relacionada con la mujer que crio a Fernández, ambas pudieron ponerse en contacto hace solo unas semanas. La información que les dio no les dejaba dudas sobre la filiación, ahora probada por el ADN. El reencuentro en Alcalá la Real entre la madre, la hija y sus familiares más cercanos estuvo marcada por la emotividad, ante una historia tan difícil de asumir. Pese a todo, Fernández estaba muy agradecida con sus padres adoptivos, ya fallecidos, por el cariño y la entrega en sus cuidados.
En la historia fue clave la dura juventud de Inés Arjona. Madre soltera, fue repudiada por su familia y se unió a Antonio Ortega, que ya tenía cinco hijos de un matrimonio anterior. Una anciana de Alcalá la Real, oriunda de Fuente Álamo, respalda la versión de Inés Arjona y las condiciones límites en las que transcurrió su vida en un ambiente rural marcado por las privaciones. Arjona siempre le confesó la pena de muchos años de no saber qué fue de la niña que, un día, le quitaron de sus brazos.