Tal y como publicó este periódico hace diecisiete años, el 25 de junio de 2009, en el centro de cría de cautividad y conservación del lince ibérico de la Olivilla, en Santa Elena, vivían 42 ejemplares, 35 en edad adulta y 7 cachorros. Solo en estas instalaciones únicas había más ejemplares que en Doñana. El ambicioso programa de cría mereció, en esas fechas, el reconocimiento de la Unión Europea dentro de los actos que se celebran con motivo de la Semana Verde. Su emplazamiento, en la sierra de La Aliseda de Santa Elena, a diez minutos de la autovía A-4, apartado del bullicio. El calor aprieta, pero la abundante vegetación refresca, aunque sean las doce de la mañana. Pero no es un hotel, es el centro de cría en cautividad y conservación del lince ibérico de La Olivilla. Sus habitantes no quieren aparcar los nervios, son catorce expertos naturalistas —2 técnicos, 5 videovigilantes y 7 cuidadores— que, como si de sus hijos se tratara, se desvivían por esos ejemplares.
“Todos los que vienen a vernos dicen que tenemos que estar muy tranquilos, pero no paramos” especificó María José Pérez, la responsable de este complejo, la joya del programa ex-situ con el que se pretendía salvar al lynx pardinus. Las instalaciones, inauguradas por la Junta en 2007, fueron clave en la nueva fase del programa Life para la salvación de la especie. Los primeros años del plan, de 2002 a 2006, sirvieron para aumentar la población de linces en un 49 por ciento, hasta los casi doscientos actuales. El siguiente paso era que el animal colonizase nuevos territorios. En esta labor, el complejo de Santa Elena fue fundamental, ya que era el mayor de los construidos y de los previstos.
Como le ocurrió al veterano de la colonia, Garfio, los ejemplares llegaban tras ser capturados, sobre todo, en Andújar. Su misión es procrear. Los hijos, cuando abandonasen el nido, saldrían listos para crear su propia familia. La cuidadora, mientras atraía a uno de los linces como si fuera un gatito, aclaró que en las 23 jaulas, llamados campeos, los “bichos”, así los llamaba, cazaban tres veces por semana para que sepan que, para comer, hay que ganárselo. “Lo que hacemos es solo una herramienta para la conservación in-situ”, precisó a Diario JAÉN.