Tal y como publicó este periódico hace veintitrés años, el 11 de agosto 2003, las apariencias escondieron un mensaje de paz y tolerancia, además de una tradición que llegó a todo el pueblo. La fiesta de Moros y Cristianos de Campillo de Arenas rememora desde 1752 un periodo de la historia de la provincia en el que las luchas fronterizas entre el Reino de Jaén y el de Granada eran comunes. Lo mejor de las celebraciones que se daban en Campillo de Arenas es el final, en el que el robo de la talla de la Virgen de la Cabeza se resolvía hablando. Para que nada fallara, vecinos de Campillo se preparaban a conciencia durante todo el año. “Es una de las mejores cosas que he hecho en toda mi vida, es muy emocionante lo que supone llevar la espada, participar en la Embajada o portar a la Virgen”, narró Francisco Aguayo, uno de los cristianos que apuntó, además, que participar en la fiesta supuso un gran esfuerzo que se realizaba con gusto. Es entonces cuando Campillo de Arenas era el escenario de una colorida representación en la que el portavoz de los castellanos trató de convencer a los moros de su error y de que es mejor convertirse al cristianismo. Todo ello se escenificó en la Plaza de Andalucía (ante unas siete mil personas este año) al son de la banda de música y con el ruido de los “escopetazos” de fondo. Al final, los moros campilleros eran llevados al terreno de los cristianos, que les embaucaban; era lo que se conocía como la “Embajada”. Durante los días de celebraciones participaron unos ochenta campilleros que defendían al bando castellano o musulmán siguiendo la tradición que se transmite de padres a hijos. Rubén Galián era uno de los vecinos que participa en la fiesta y explicaba: “Mi abuelo era moro y yo decidí seguir la saga familiar”. Con las de Bélmez y Carchelejo, las fiestas de Moros y Cristianos eran las únicas de la provincia de estas características en las que se mezclaba el sentir religioso con la fiesta pagana y el mensaje pacifista. “Los Moros y Cristianos no cambian de un año a otro y no queremos que cambien, puesto que son una tradición muy arraigada”, sentenció el alcalde, José Román