La naturalidad, la sencillez, la ironía socarrona y la sonrisa permanente son las señas de identidad de un jiennense que, con los 91 años recién cumplidos, puede presumir de una vida ejemplarizante, una enciclopedia ilustrada con el aval del trabajo y la luz de la inteligencia. Su extraordinaria trayectoria recuerda a los personajes que dibujó Pío Baroja en los libros, más por la forma de caminar que por la propia literatura, desconfiado ante los convencionalismos y consciente de que hay que abrir aquellas puertas que nadie se atreve a tocar. Pedro Montañés Escobar (Alcalá la Real, 1935), empresario y político, conserva intactos en su memoria recuerdos convertidos en patrimonio universal de una provincia que tiene una deuda con paisanos que, como él, tanto hicieron por el desarrollo y la internacionalización de Jaén. Su biografía es un cántico al compromiso, a la constancia y al ingenio tan necesario para el avance de una tierra de la que le gusta presumir y de la que disfruta cada día.
Hijo de Pedro Montañés Ríos y Aurora Escobar Cano, se crio en una familia de cinco hijos y en un ambiente propicio para el emprendimiento. Su padre, director de una empresa textil, sembró en los tres varones la semilla del fruto empresarial en unos momentos en los que las apuestas eran, prácticamente, a ciegas. Tuvo la suerte de estudiar, primero en la escuela de los Hermanos Maristas de Lucena, donde cursó el Bachillerato del Plan 38, después Derecho en la Universidad de Granada. Sin embargo, la senda de su trabajo discurrió por derroteros ajenos a la Abogacía que le permitieron dar rienda suelta a la creatividad y al inconformismo.
Empezó a ganar dinero como corresponsal del Banco Santander en Alcalá la Real. “Estaba recién implantado y era como el pantano del río Cubillas en relación con el Mediterráneo”, asegura. Fue su primera puerta hacia el mundo profesional. También la primera ocasión en la que descubrió algo que siempre le acompañó: la posibilidad de hacer que las cosas sucedan. La profunda reconversión de la industria textil cerró la puerta de la empresa de su padre y abrió una tan grande como la de la Catedral de Jaén. Fue como subir en un parapente y aterrizar en la historia empresarial más importante de su trayectoria: Condepols, S. A. Pedro Montañés supo aprovechar el soporte financiero del Banco de Granada y el talento de aquella vieja fábrica que, en 1965, se convirtió en mucho más que una orquesta. Él, como consejero delegado, incorporó al Consejo de Administración a sus dos hermanos, Francisco, ingeniero textil, y Valeriano, perito empleado en el Banco Español de Crédito. “Las hermanas no trabajaban en aquella época. Recuerdo que en mi facultad había dos mujeres”, sentencia. Se rodeó de los mejores, como el ingeniero Manuel Facundo Gilbert, el industrial catalán Jorge Costa Romagosa y Manuel Rojas convertido en presidente.
El salto de vértigo llegó con una palabra que, en aquellos años, sonaba a futuro: polipropileno. El material había sido desarrollado industrialmente a partir de las investigaciones del químico italiano Giulio Natta, galardonado con el Premio Nobel de Química en 1963 junto a Karl Ziegler. El protagonista de esta historia llegó a conocerlo personalmente en una feria de Milán, una de esas escalas mundiales que empezaron a formar parte de su particular manera de entender los negocios. El mundo estaba en movimiento y él quería estar en el cambio. “Producto, técnicos y mercado fueron el éxito”, resume, una frase sencilla que, sin embargo, contiene la fórmula de aquella aventura. Fue Francisco Montañés quien supo someter la empresa al Plan Jaén, ideado para romper con la excesiva dependencia agraria, con subvenciones a la inversión y beneficios fiscales a la industria convertidos en una perfecta alfombra roja. “Importamos doscientos kilos de cuerda, la materia que sustituyó a los filtros de capacho”, recuerda. La clave estuvo en fabricar productos resistentes y ligeros y, sobre todo, sustituir aquellas fibras vegetales que usaban azucareras y arroceras y que encontraron en Condepols una verdadera solución. La empresa encontró los cuatro elementos necesarios para el crecimiento en unos años en los que, en Puertollano, ya estaba instalada la fábrica de El Paular, dedicada a la producción de polipropileno y vinculada al grupo italiano Montecatini Edison. La disponibilidad de materia prima permitió a compañías como la alcalaína desarrollar aplicaciones que hasta entonces apenas existían en España. “Aprendí que no bastaba con producir, sino que había que vender y, si el mercado español se quedaba pequeño, había que salir fuera”, rememora. Fue entonces cuando Pedro Montañés dio un paso más con la creación de un departamento de exportación en Madrid con el que empezó a mirar hacia Europa y América del Norte. “Estuvimos en ferias internacionales como París, Londres, Canadá y, incluso, Leningrado”, señala. En 1967, en el cincuenta aniversario de la Revolución bolchevique, una empresa de Alcalá la Real instaló allí un expositor para mostrar sus productos. No había distancias insalvables. La internacionalización se convirtió en una de las grandes apuestas de Condepols. La empresa llegó a recibir la Medalla de Oro de la Exportación y abrió mercados en distintos países. En Noruega encontró uno de sus socios comerciales más importantes, Norsk Hydro, entonces vinculada a la producción de fertilizantes y dispuesta a la diversificación. “Dos veces al año viajaba hasta allí”, dice. Llegó el momento del aprendizaje constante y los avances en nuevos productos y aplicaciones, como los grandes sacos industriales de mil kilos, conocidos como Big Bags, destinados especialmente a sectores como el de los fertilizantes. La empresa ya no fabricaba simplemente sacos o cuerdas, sino soluciones.
Pedro Montañés, desde su retiro espiritual de la aldea de Santa Ana, habla de aquellos años con una mezcla de orgullo y autocrítica: “Le echamos mucho valor. La verdad es que tenía una agresividad empresarial propia de la ignorancia”. La ausencia de miedo ante lo desconocido explica la valentía del alcalaíno. De una docena de trabajadores pasó a quinientos empleados directos en 1982 una firma que, desde la Sierra Sur de Jaén, extendía sus tentáculos por Galicia, el País Vasco y, a través de una estructura exportadora, por todo el mundo. Condepols fue su gran proyecto durante más de veinte años. Lo que ocurre es que las empresas, como las personas, también tienen que enfrentarse a aquello que no pueden controlar, como la llegada del petróleo. El precio de la materia prima se multiplicó. El coste del polipropileno se disparó y aquella fábrica tuvo que afrontar una reconversión de enormes proporciones en 1982. Se acabó la garantía del largo plazo bancario y, finalmente, con huelgas complicadas en las que se tuvo que enfrentar a históricos de la talla de Cándido Méndez, Felipe Alcaraz o Fernando Calahorro, consiguió hacer de la necesidad virtud y lograr que de Condepols, a través de la venta de sus acciones, surgieran Derprosa, Cotexa y sociedades que aprovecharon la tecnología del polipropileno y que, hoy en día, forman parte de un “tinglao” formado por las siguientes generaciones con el apellido Montañés. Fue entonces cuando se dedicó a administrar el patrimonio que heredó su esposa, María del Carmen Castillo Sánchez, una vecina de Castillo de Locubín que siempre estará en el mejor rincón de su corazón. Subraya: “Emprendía mucho, pero lo que me gustaba era el campo. El tema es que la agricultura no deja un duro, por eso es para los pobres. Ese es el problema que tenemos en Jaén”. Empeñado en quitarse méritos de la mochila, subraya que una de las principales razones del crecimiento fue las facilidades que tenían los empresarios para el emprendimiento. “Yo soy muy anárquico y me jode mucho la burocracia”, comenta con socarronería. Hubo muchas más experiencias, como aquella fábrica de pienso de Montefrío o la empresa para construir estachas para buques en Holanda: “La normativa era muy ágil para plantear iniciativas”.
LA POLÍTICA
Su inclusión en la política merece capítulo aparte. Pedro Montañés Escobar, después de aquella etapa en el despacho del presidente de la Diputación de Granada, Miguel Sánchez Cañete, entró de lleno en lo público en los años de la Transición, cuando España aprendía a convivir con unas reglas democráticas nuevas y las provincias se convertían en pequeños laboratorios de pactos, enfrentamientos y alianzas. Fue senador por la Unión de Centro Democrático —UCD— en la etapa de Adolfo Suárez. “Fui vicepresidente de la Comisión de Agricultura y uno de mis trabajos más interesantes fue mi ponencia en el Estatuto de los Trabajadores. La política es lo más bonito y lo más difícil, porque en la empresa tú tienes unos objetivos y un plan de acción y sabes por dónde tienes que tirar, pero en política tú diriges a la gente, pero no puedes estar en la cabeza de cada uno”, manifiesta. Formó parte del grupo liberal y cada martes acudía a las reuniones de Génova 13 para fijar la posición ante las leyes que llegaban a la Cámara y preparar propuestas. Allí coincidió con figuras como Antonio Fontán, Soledad Becerril y Eduardo Punset. Vivió la crisis del presidente desde dentro y sufrió cuando el partido se quebró. Por más que Manuel Fraga intentó convencerlo para que se quedara, él decidió dar carpetazo en aquellos momentos de convulsión empresarial en los que su imagen’, incluso, apareció asociada al concepto de “cacique”.
Su salida del Senado no significó, sin embargo, el abandono de la política. Su siguiente escenario fue Granada y la Diputación Provincial, donde asumió la Presidencia de Fomento. Su relación con Madrid fue constante y su residencia en Granada, estable. Para él, Alcalá la Real y la ciudad de la Alhambra formaban parte de un mismo territorio sentimental. Participó activamente en la “Revolución de los Catetos” y nunca olvidará su enfrentamiento con Kiki Berbel ante de cerrar una etapa política que muchos quisieran de experiencia. Padre de cinco hijos y diez nietos a los que adora, se emociona nada más de repasar su patrimonio inmaterial, el verdaderamente importante y prioritario.