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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

La trashumancia es una práctica ganadera ancestral declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco. Consiste en el desplazamiento estacional de rebaños —especialmente ovejas segureñas, cabras y vacuno— para aprovechar pastos más cálidos en invierno y frescos en verano, con el ahorro en pienso que ello comporta para los ganaderos. Utilizan una red de vías pecuarias que supera los 34.000 kilómetros en Andalucía. El 15% corresponde a Jaén, que tiene más de 5000 kilómetros y una historia muy ligada a la trashumancia. Tanto que alguno de sus municipios, como Santiago-Pontones, se fundaron por pastores trashumantes, allá por el siglo XVI. Se estima que en Andalucía trashuman aproximadamente 57.250 cabezas de ganado. Es decir, solo un tercio de las que lo hacían hace 20 años. Y la cifra baja un poco más cada año. Incluso está cambiando la forma en que se mueve el ganado, que ahora viaja muchas veces de vuelta a casa en camiones. Los pastores trashumantes, los mejores guardianes del paisaje y gestores medioambientales, lo están advirtiendo. Su oficio se muere. “Somos una especie en peligro de extinción”, reconoce el pastor Ismael Martínez, que a sus 63 años acumula ya 49 años de oficio. “A los linces los han salvado con repoblaciones, pero a los pastores — advierte — no nos están repoblando... y cada vez somos menos”.

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Un poco de historia

La trashumancia existe desde la prehistoria, pero fue regulada por primera vez durante la dominación romana de la península. Hasta los siglos XI y XII los pastores se movieron sin problemas porque caminaban por tierras abandonadas, pero cuando fueron ocupadas por agricultores, comenzaron las fricciones. Luego, en 1273, con la creación de la Mesta, que regulaba la anchura legal de las vías pecuarias, las cañadas empezaron a ser un elemento fundamental en el desarrollo de la trashumancia castellana y la ganadería alcanzó su máximo esplendor. Durante siglos, el comercio de la lana fue uno de los motores económicos más importantes de España y de toda la Europa medieval. Pero la luz de la Mesta comenzó a apagarse a finales del siglo XVIII y, tras 50 años de agonía, se extinguió en 1836. “El declive de la trashumancia, que se agudiza con la abolición de la Mesta y la desamortización comunal en la Edad Contemporánea, permitió el intrusismo creciente de los agricultores en estas vías, hecho denunciado continuamente por los ganaderos”, como afirma Juan Antonio López Cordero en su artículo “Las vías pecuarias en el Parque Natural de Sierra Mágina.

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Rutas tradicionales

Jaén cuenta con siglos de tradición trashumante, especialmente en rutas que conectaban las sierras de Cazorla, Segura y Las Villas con las tierras más bajas de la provincia. La “verea de arriba” es la ruta que los trashumantes hacen en mayo desde El Porrosillo, perteneciente a Arquillos, hasta los Campos de Hernán Pelea, en las cumbres de Santiago de la Espada. Y la “verea de abajo” o “verea de invierno” se inicia en noviembre cuando los hatos trashumantes bajan desde las cumbres de Santiago Pontones a Sierra Morena, “siguiendo parte del Camino de San Juan de la Cruz desde Beas a Santiago, para continuar por el Camino de Aníbal, que pasa por Cástulo hasta Cartagena, ya en el Condado, y finaliza adentrándose en Sierra Morena: Vilches, Arquillos, Baños, La Carolina...”, como explicaba el recordado Miguel Mesa Molinos, experto en trashumancia, en uno de los artículos que publicó en Diario JAÉN. Recorren unos 75 kilómetros a pie y tardan entre 4 y 8 días. Por otro lado, la zona de Sierra Morena oriental alberga una importante cabaña ganadera durante la invernada, a la que llegan tres tipos de ganaderos. Los que proceden de tierras meridionales, como Sierra Nevada, Sierra Mágina, Sierra de Arana y Sierra de Lucena; los que proceden de las estribaciones de Alcaraz (Albacete), Cazorla y Segura; y los llamados “serranos”, que llegan de las serranías de Teruel (Albarracín), Cuenca y Guadalajara, que recorren una media de 300 kilómetros a pie en 20 o 30 días.

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Conflictos con los agricultores

Los roces entre agricultores y ganaderos trashumantes no son nada nuevo. En la Edad Media, la Mesta tenía tanto poder que los rebaños a menudo arrasaban los cultivos en sus desplazamientos, generando numerosos conflictos. Más tarde, las vías pecuarias mermaron peligrosamente por intrusiones de los agricultores, toleradas por las autoridades, hasta que se aprobaron algunos Reales Decretos con los que las vías pecuarias pasaron a considerarse bienes de dominio público, estatus que fue blindado mediante la Ley 3/1995. “Son inembargables, imprescriptibles e inalienables”, explica Egidio Moya García, profesor titular del área de análisis geográfico regional de la Universidad de Jaén. Es decir, no se pueden embargar, son para toda la vida y no se pueden vender. “Muchas veces te encuentras que hay olivos que están metidos en la cañada”, explica Moya. A principios del siglo XX, España tenía 120.000 kilómetros de vías pecuarias. Hoy se ha perdido casi el 40% de esta superficie y buena parte de los que quedan no están bien cuidadas y conservadas, aunque la Junta de Andalucía sí está intentado preservar estos caminos, delimitándolos, creando corrales y aguaderos. Desde el año 2019 ha invertido en torno a 5,5 millones de euros para la mejora y adecuación de estos caminos que, sin embargo, siguen menguando. “A las vías pecuarias se las ha comido todo el mundo. El primero, el Estado, que ha trazado carreteras y gaseoductos en terrenos que son vías pecuarias. Luego, por las concentraciones parcelarias que se hicieron en los 60 y 70. Y después, los dueños de fincas que aquí en Jaén se han ido metiendo poco a poco en las veredas”, cuenta el pastor Ismael Martínez.

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Beneficios de la trashumancia

La trashumancia contribuye decisivamente a la prevención de incendios, ya que elimina el exceso de vegetación y los pastores suelen ser quienes dan la voz de alarma ante cualquier conato de fuego. También, disminuye la pérdida de suelo gracias al mantenimiento de la cubierta vegetal. Asimismo, transporta semillas de numerosas especies vegetales. “Las ovejas pueden llegar a transportar diariamente en el estiércol de 4000 a 5000 semillas, mientras que las cabras en torno a 2000 o 3000”, según explica la Asociación Trashumancia y Naturaleza en su publicación “La Trashumancia en Andalucía”. Son como abejas con patas. Y tanto las semillas como el estiércol, “contribuyen a la conservación de la biodiversidad y de los sistemas de alto valor natural, como la dehesa, y a la adaptación y mitigación del cambio climático”, como indica la organización ecologista WWF España en su informe “Pastoreo contra incendios”. Una ventaja gastronómica: la carne, embutidos y quesos del ganado trashumante no tienen toxinas y están libres de enfermedades propias de la ganadería intensiva (vacas locas, dioxinas, etc). Además, la trashumancia favorece nuestra soberanía alimentaria ya que el ganado consume menos piensos, y así se limita la importación de fertilizantes. Teniendo en cuenta todos estos beneficios, “desde las administraciones deberían respaldar más a los pastores trashumantes”, reivindica Roberto Hernández Yuste, un fotógrafo vallisoletano que en cinco años ha reunido más de 10.000 imágenes de “Los señores de los caminos” durante las trashumancias que realizan entre Guadalaviar, en la turolense sierra de Albarracín, y Vilches y La Carolina, en busca de la eterna primavera.

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Muchos problemas

La trashumancia enfrenta ahora mismo numerosos problemas: la baja rentabilidad de la lana; el papeleo que deben gestionar los pastores para moverse de una comunidad autónoma a otra; la utilización de las vías pecuarias como vertederos; el engorro de tener que atravesar carreteras que se trazaron sin tener en cuenta el recorrido de cañadas y veredas; la dificultad para contratar personal de apoyo... “Ya no encuentras gente que te ayude, que sepan de qué va esto, por eso se recurre a transportar el ganado en camiones”, explica Domingo García Rico, uno del míticos Carlillos de La Matea, aldea del término de Santiago-Pontones. Pero quizá el problema más importante que enfrenta la trashumancia es la falta de relevo generacional porque el pastoreo es una actividad dura, en la que se trabaja todos los días del año y en la que los pastores viven seis meses en casa y otros seis fuera. “Los pastores terminan porque hemos tenido épocas muy malas, en las que no salían las cuentas y los hijos de los ganaderos se han ido a buscarse la vida por otro lado, porque la ganadería no daba para comer”, afirma Domingo. Otro pastor, Ismael Martínez, está de acuerdo: “Mi abuelo materno fue trashumante, mi padre también y yo empecé a ejercer este oficio, que es una forma de vida, a los 14 años. Mis dos hijas no se dedican a esto. Una es abogada y otra ingeniera. Y a los dos hijos de mi hermano les pasa lo mismo. Uno estudia periodismo en Madrid y otro es profesor de matemáticas en Teruel”.

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Mientras el cuerpo aguante

Originario de Guadalaviar, el turolense Ismael Martínez se casó, como la mitad de los pastores de su época, con una mujer de Jaén, natural de El Porrosillo. Ahora sigue bajando desde su tierra a Vilches cada 1 de noviembre. Lo hace con otro pastor y el hatero, que se encarga de transportar los enseres, montar los campamentos y los vallados eléctricos para el ganado, preparar la comida... Ismael invierte 24 días en “bajar” con sus 2500 ovejas, alguna cabra y unos cuantos machos capones. Caminan 20 kilómetros al día de sol a sol. Y el 1 de junio vuelven a casa, aunque ahora transportan ya sus ovejas de vuelta en camiones. “Aquí no hay festivos, aire acondicionado, duchas o conciliación familiar”, asegura Roberto Hernández Yuste. Pero, Ismael Martínez afirma que, pese a todo, seguirá en el oficio “mientras el cuerpo aguante” porque la trashumancia “es una droga y al que lo engancha, lo ha enganchado hasta que se muere”. La duda que queda es si, con la muerte de esta generación de pastores que andan en los 60 años, habrá quien sostenga este patrimonio vivo. Si en los campos de Jaén seguirán oyéndose, dos veces al año, el sonido de los cencerros, el ladrido de los perros carea y el inconfundible silbido de los pastores.

Del esplendor a la agonía

1º Una práctica ancestral

La trashumancia es una práctica ancestral que tiene en las vías pecuarias sus autopistas, carreteras y caminos. De los 34.000 kilómetros que hay en Andalucía, más de 5000 están en Jaén. Es decir, el 15%.

2º La edad dorada

El pastoreo trashumante vivió su época dorada con la Mesta y el comercio de la lana, que llegó a ser en la Edad Media uno de los motores económicos más importantes de España.

3º Bienes de dominio público

Las vías pecuarias son bienes de dominio público inembargables, imprescriptibles e inalienables. Es decir, las cañadas y vereas no se pueden embargar, son para toda la vida y no se pueden vender.

4º Una práctica muy beneficiosa

La trashumancia contribuye a prevenir incendios, disminuye la pérdida de suelo, transporta semillas contribuyendo a la conservación de la biodiversidad y favorece nuestra soberanía alimentaria.

5º Conflictos con agricultores

Los roces entre los agricultores y los ganaderos se remontan a la Edad Media. Los trashumantes se quejan de que las vías pecuarias han mermado por la intrusión de los agricultores, que van dando bocados a las vías para ganar terreno a sus cultivos.

6º Muchos problemas

Los trashumantes se quejan del papeleo que deben gestionar para moverse de una comunidad autónoma a otra y de la dificultad que entraña hoy en día contratar personal de apoyo que de verdad sepa lo que es el oficio.

7º Una especie en extinción

Los pastores trashumantes se consideran una “especie en extinción”. Los que andan rozando la edad de jubilación tienen hijos que han preferido dedicarse a otros oficios, menos exigentes y duros que el de sus padres.