La “Expedición Gómez”: el correcaminos tosiriano que puso en jaque a los coyotes liberales en la I Guerra Carlista
El militar carlista Miguel Gómez Damas (Torredonjimeno, 5 de junio de 1785 – Burdeos, 11 de junio de 1864) ha pasado a la historia por una famosa operación militar a la que dio nombre y que ha sido objeto de estudio en las academias militares de medio mundo: la “Expedición Gómez”. Una marcha diseñada para alejar la guerra del País Vasco, donde don Carlos residía con su corte, avivar los focos de resistencia de sus partidarios y sumar otros puntos de España a la causa carlista. ¿Por qué fue tan admirable? Gómez salió de Amurrio (Álava) a las dos de la madrugada del 26 de junio de 1836 con 2700 infantes, 180 hombres a caballo, 10 artilleros y dos piezas de montaña cargadas en mulos. Y, solo con eso, el tosiriano toreó a todo el ejército liberal de la reina Isabel II recorriendo España de punta a punta. Hizo nada menos que 4597 kilómetros, entrando en seis capitales de provincia, derrotando fuerzas enemigas cuatro veces más numerosas que la suya y haciendo miles de prisioneros. Fue una especie de escurridizo correcaminos militar perseguido por los coyotes liberales, condenados a no alcanzarlo nunca. Su escasa expedición avanzaba y conquistaba enclaves hasta que las tropas liberales que lo perseguían lo tenían a tiro de lanza y, como sus fuerzas eran más limitadas y no podía enfrentarse a ellos, emitía su beep, beep particular y salía por piernas. Tanto es así que se le considera uno de los máximos exponentes de la “guerra de piernas” e inventor de algo parecido a lo que luego se llamó “guerra móvil”, mucho tiempo antes de que los alemanes la usaran. Y así estuvo durante cinco meses y 24 días, en los que llegó a formar un ejército de hasta 6000 hombres y fue perseguido por casi 25.000. Hasta que volvió a Euskadi... porque él quiso.
A modo de recordatorio
Un breve preámbulo a modo de recordatorio nivel bachillerato antes de subirnos al caballo del general Gómez y marchar de expedición. Las guerras carlistas estallaron en el siglo XIX tras la muerte de Fernando VII debido a una disputa sucesoria y un profundo enfrentamiento ideológico entre esas dos Españas que, de vez en cuando, nos hielan el corazón. La primera tuvo lugar entre 1833 y 1840 y tuvo, como escenario principal, Cataluña, Aragón y Euskadi. El conflicto enfrentó a los partidarios de la futura reina Isabel II (liberales) contra los del pretendiente al trono Carlos María Isidro de Borbón, también conocido como don Carlos (carlistas), que defendían el absolutismo, la tradición católica y los fueros frente a las reformas liberales. El caso es que don Carlos y su corte se instalaron en el País Vasco y de ahí fue de donde partió nuestro hombre, un aventurero que emprendió una de las expediciones más curiosas de la primera guerra civil que sufrió España. Un tosiriano rubio y con ojos azules que estudió Derecho en Granada, pero abandonó la carrera para participar en la guerra de la independencia, interviniendo en la batalla de Bailén. Se casó en Madrid, en 1915, con Vicenta de Parada y el matrimonio, que no tuvo hijos, se estableció en Jaén, donde Miguel Gómez trabajó como administrador de bulas. Defensor acérrimo de las ideas absolutistas, desde la sublevación de Riego conspiró contra el régimen constitucional. Intentó sublevar al regimiento provincial de Jaén, pero no lo consiguió, y tuvo que salir corriendo, dejando a su mujer con sus suegros. En 1822 entró a las órdenes de Zumalacárregui y ascenso tras ascenso llegó a mariscal de campo. Es decir, lo que hoy vendría a ser un general de división. Y se convirtió en el “la figura histórica más relevante de Torredonjimeno”, según Manuel Fernández Espinosa, codirector de la revista Órdago y estudioso de la figura del general tosiriano. También es uno de esos militares para la historia en Jaén, entre los que cabe recordar a Felipe Castillo, uno de “Los últimos de Filipinas” fallecido en 1964 en La Carrasca de Martos, y el general Riego, detenido en Arquillos cuando intentaba huir de las fuerzas absolutistas de Fernando VII. En el caso de Gómez, lo relevante es que su pericia militar hizo que, por ejemplo, “las academias militares prusiana, la rusa del zar Alejandro, y West Point hayan estudiado, entre otras, su expedición”, afirma Fernández Espinosa. Retomando su trayectoria, cuando salió de Amurrio, Gómez se dirigió por órdenes de sus superiores, hacia Asturias para sublevarla y Galicia. Tomó Oviedo, Santiago de Compostela, León, Palencia, Albacete, Córdoba, Almadén, Cáceres y Algeciras. En cada ciudad, el general tosiriano aprovechaba los descansos para construir lanzas, recomponer armas, proveerse de monturas, pólvora, fusiles, carros de mulas, vestuario de milicianos y, sobre todo, requisar caballos, un factor importante teniendo en cuenta lo vital que era la rapidez de movimientos en su estrategia. Tanto es así que los comandantes militares de las provincias que atravesaba el general Gómez ordenaban siempre a los ayuntamientos que estaban amenazados por la facción del tosiriano, que se llevaran los caballos y yeguas domadas a otros puntos, para que Gómez no pudiera usarlos.
La estrategia de Gómez
A Gómez se le daba bien conquistar ciudades, pero cuando se veía cercado por tropas liberales mucho más numerosas, lo que solía ocurrir en solo unos días, se largaba rápidamente hacia otra localidad. No combatía. Casi nunca batallaba con sus perseguidores salvo que tuviera a su favor alguna ventaja que le diera ciertas posibilidades de éxito, como el número de efectivos o una posición sobre el terreno privilegiada. Escurridizo, Gómez golpeaba y huía. Se mantenía en constante movimiento. Rápido como un velocista. Inagotable como un maratoniano. Con los liberales pisándole los talones con un solo plan de campaña: “Alcanzarle y batirle”. Y la cosa tenía mérito porque, “además de sortear al enemigo acarreaba una carga añadida como era el transporte con los necesarios pertrechos, las requisas y los prisioneros”, según cuenta el estudioso Miguel Ángel Rodríguez en su artículo “La facción de Gómez y sus unidades militares en Cáceres, 1836 (Primera Guerra Carlista)”, publicado en la revista Alcántara. Así, el caudillo carlista se paseó por toda España esquivando a los militares isabelinos más brillantes, que no consiguieron darle caza: Tello, López, Éscaro, Alaix, Espartero, Rodil, Narváez... Entre otras cosas, lo logró gracias a un impecable servicio de confidentes que le avisaban de los movimientos de sus tenaces perseguidores, como Espartero. Su implacable enemigo le persiguió con 9500 infantes, el general Latre con 3500, Rodil con 3500 a los que luego se sumaron 22.000 para proteger Madrid, Cuenca y Toledo del embate de los carlistas. Su ineficacia le costó, a más de uno de ellos, su puesto. Por ejemplo, al citado general Rodil y a su colega Alaix, cuyo fracaso en sus operaciones contra el general Gómez les hicieron sospechosos de su fidelidad al trono de Isabel II, por la falta de coordinación de las fuerzas isabelinas y la precariedad de las comunicaciones. José A. Yaque Laurel, teniente coronel de infantería del Servicio Histórico Militar correspondiente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas, subraya en un artículo publicado en 1958 en la Revista de historia militar los méritos del general Gómez: “Es menester reconocer la capacidad de mando que supone conducir a través de toda la Península una masa de hombres, no muy duchos en asuntos guerreros. Ello acredita en el jefe gran mérito como psicólogo y un valor a prueba”. Así lo demostró en Sigüenza, donde infligió tal derrota a las fuerzas isabelinas, “que el Gobierno decidió que el ministro de la Guerra, general Rodil, saliese a campaña para dirigir personalmente las operaciones”, relata Yaque Laurel. Ni Rodil ni otros consiguieron alcanzar al correcaminos de Torredonjimeno que anduvo por toda la península como Pedro por su casa hasta el Peñón de Gibraltar y vuelta al norte, generando el desconcierto y la intranquilidad en sus enemigos, que muchas veces desconocían qué dirección tomaba y cómo podían atajarlo.
Clemente con los prisioneros
Cuando avanzaba sobre una ciudad, a menudo muchos de sus habitantes salían corriendo antes de que llegara así que su conquista se concretaba muchas veces sin resistencia, sin pegar un tiro, solo por “el pavor que infunde” más que por su fuerza real y efectiva. Por ejemplo, la noche antes de que entrara en Villamartín, los mozos huyeron a San Fernando para evitar que les atrapara. En Cáceres pasó lo mismo. “Hubo una huida, tanto de responsables políticos y judiciales como de nobles o vecinos de signo liberal, que pretendían no ser despojados de sus bienes, reclutados, ejecutados o encarcelados por no ser del credo carlista”, relata en su artículo “La Expedición de Gómez” el responsable del Archivo Histórico Municipal de Cáceres, Fernando Jiménez Berrocal. Pero a menudo, el general Gómez tomaba cientos o miles de prisioneros en sus escaramuzas... con los que luego no sabía bien qué hacer. Según las crónicas, no era dado a pasarlos por las armas, así que solía liberarlos si juraban que no volverían a tomar las armas contra la causa de don Carlos, como hizo en Córdoba y también en Cáceres. Su clemencia contrasta con la merecida fama de sanguinario de su compañero Ramón Cabrera. El general Gómez no fue así. Como señala José Carlos Clemente en el libro “Bases documentales del carlismo y de las Guerras Civiles de los siglos XIX y XX”, entre las acusaciones por las que fue juzgado a su regreso al País Vasco estaba la “clemencia excesiva con los prisioneros”. Gómez tampoco impulsaba robos y violaciones en las ciudades que tomaba, como anunciaba la propaganda liberal. Lo que sí hacía era arruinar a muchos de sus pequeños comerciantes, a los que ordenaba suministros para la soldadesca y a menudo les hacía un simpa porque, con las prisas que llevaba siempre, se iba sin pagar artículos como trigo, cebada, garbanzos, tocino, aceite, vino, trigo... También era experto en vaciar graneros, hornos y bodegas. Otro episodio que ilustra su carácter más bien magnánimo es el que ocurrió en Villamartín, donde “no faltó un delator que se presentó ante Gómez señalándole las casas de algunos nacionales y patriotas para incitar su venganza, pero el general reprobó la acción y no tomó represalias contra los liberales descubiertos”, relata Fernando Romero, perteneciente al Grupo de Investigación “Patrimonio Bibliográfico y Documental de Andalucía” en su artículo “Carlistas en Andalucía”, publicado en la revista Historia.
En Jaén decide volver al País Vasco
Parece que la decisión de volver al País Vasco la tomó el general Gómez en Jaén, donde su situación se volvió cada vez más peligrosa y difícil, “porque el adversario iba en aumento, circunvalando sus acantonamientos y sus vivaques”, según José A. Yaque. En Alcaudete le fallaron sus confidentes y el general liberal Alaiz irrumpió “por sorpresa, arrollando y dispersando a las huestes carlistas, que se vieron precisadas a toda prisa de dejar el pueblo en dirección a Martos”. Este percance desmoralizó a la expedición, abatida además por el cansancio de tanta persecución, y Gómez se convenció “de que para salvarse —añade Yaque — no había otra solución que volverse reunidos a las Provincias vascongadas”. Porque la expedidición de Gómez fue atrevida en su concepción, audaz en su ejecución y atinada en su conclusión. A pesar de sus brillantes acciones, el general Gómez estaba cansado de pedir a su ministerio refuerzos que nunca llegaban, por lo que sus tropas no pudieron fijarse y consolidar su posición en ninguna parte, como relató el gobernador del cuartel general carlista, J. Delgado, en su “Relato oficial de la Expedición de Gómez”, publicado en 1943. Así que había llegado la hora de volver. Desde Martos se dirigió a Torredelcampo, Mengíbar, Bailén, La Carolina y cruzó Despeñaperros camino de Euskadi. Cuando volvió al punto de partida, lo hizo con 3153 infantes, 633 caballos y las dos piezas de montaña. Regresó con más de lo que salió.
Referencias literarias
Muchos escritores han reflejado las peripecias del general Gómez en sus obras. “Unamuno lo menciona en Paz en la guerra”, recuerda Manuel Fernández. Benito Pérez Galdós también describió la novelesca peripecia militar del tosiriano, como recoge Fernando Romero: “...un correr continuo; exacciones y rapiñas en ciudades y aldeas; aislados lances de guerra, sin plan ni concierto, gloriosos unos para los liberales, [...] ventajosos otros para los carlistas, pero sin que ninguno resultara el aniquilamiento de la expedición, ni tampoco su triunfo”. Con más de sesenta años, Pío Baroja se lanzó por su parte a escribir un serial por entregas sobre las peripecias del general Gómez, siguiendo paso a paso su recorrido. Lo publicó en 1935 en la revista Estampa bajo el título “Sobre la ruta del general Gómez por los caminos de España”. En el extranjero su figura tampoco pasó desapercibida. En una de sus novelas, Stendhal dice que la expedición de Gómez demostró que los españoles no eran ni carlistas ni liberales. “Si hubieran sido carlistas, éstos habrían ganado la guerra después de haber conquistado casi toda la península, cosa que no sucedió. Si hubieran sido liberales, no habrían dejado que un grupo de 3000 carlistas completara tamaño recorrido”, explica en su web el Museo de Zumalakárregui, que toma su nombre del general carlista que nombró mariscal de campo a nuestro insigne tosiriano, y alberga un importante fondo carlista. Más: en 1847 se publicó en Inglaterra una novela romántica cuyo título traducido sería “La Cruz del Camino o La Expedición Gómez”, de Edward Augustus Milman.
¿Fue un rebelde?
Hay estudiosos que consideran que Gómez se rebeló contra las órdenes que recibió, haciendo de su capa un sayo y perjudicando así a la causa de don Carlos. Le ordenaron que intentaran dominar Asturias y que extendiera la guerra a Galicia, pero regresó a Amurrio sin cumplir su misión porque, cuando llegó a Prádenos de Ojeda, en Palencia, habló con los mandos que le acompañaban y decidió seguir hacia el interior de la península. Cuando la expedición concluyó y volvió a Euskadi, fue sometido a juicio y encarcelado por “haber distraído de otros frentes fuerzas numerosas, sin conseguir levantar en armas nuevas provincias, ni llevar al norte masas de nuevos voluntarios”, según cuenta el estudioso Miguel Ángel Rodríguez. Manuel Fernández cree, en cambio, que Gómez fue víctima de envidias dentro de las propias fuerzas carlistas y por eso le juzgaron injustamente pese a su gesta. “La verdad —cuenta — es que estuvo a punto de que le fusilaran”, pero finalmente se libró y cuando acabó la guerra, se exilió en Francia. Regresó como comandante general de Andalucía en el levantamiento de 1847 a 1849, pero cuando fracasó volvió al país vecino. Quizá sabedor de que le quedaba poco por vivir y deseoso de dejar a su mujer una pensión suficiente tras su fallecimiento, el 11 de junio de 1864 dirigió un escrito a Isabel II en el que la reconocía como reina y solicitaba ser reintegrado en el ejército con los grados que había recibido de don Carlos. No lo consiguió, vivió sus últimos días con estrecheces económicas y murió poco después en Burdeos. Tras su gesta, hoy solo se le recuerda en Torredonjimeno en una calle que lleva su nombre. La calle donde vivían sus abuelos maternos, donde nació Miguel Gómez Navas.
¿Por qué ha pasado a la historia el general Gómez?
1º Expedición Gómez
Recorrió España de norte a sur con los liberales pisándole los talones sin lograr atraparlo. Su expedición, bautizada con su apellido , le ha hecho pasar a la historia como uno de los máximos exponentes de la “guerra de piernas” y precursor de la “guerra móvil”.
2º Figura histórica
Gómez es la figura histórica más relevante de Torredonjimeno y un militar para la historia de Jaén, junto con Felipe Castillo, uno de “Los últimos de Filipinas”fallecido en La Carrasca de Martos, y el general Riego, detenido en Arquillos cuando intentaba huir.
3º Las academias militares lo estudian
Las academias militares de Prusia, la rusa del zar Alejandro y West Point han estudiado, entre otras, la Expedición Gómez, que recorrió 4597 kilómetros, entró en seis capitales de provincia y derrotó fuerzas enemigas cuatro veces superiores en número.
4º Velocista y maratoniano
El escurridizo Gómez casi nunca combatía con sus enemigos. Sólo golpeaba y huía, manteniéndose en constante movimiento para evitar que las tropas enemigas le alcanzaran. Rápido como un velocista. Inagotable como un maratoniano.
5º Magnánimo con los enemigos
Una guerra es una guerra y el general Gómez no era un santo, pero no fue sanguinario como su compañero Ramón Cabrera. De hecho, soltó a miles de prisioneros solo con que le juraran que no volverían a tomar las armas contra don Carlos.
6º Inspiración para escritores
La hazaña del carlista tosiriano fue una fuente de inspiración para escritores como Unamuno, Pío Baroja o Benito Pérez Galdós. En el extranjero, Stendhal se refirió a su expedición e inspiró hasta una novela romántica inglesa publicada en 1847.
7º Encarcelado y exiliado
Cuando Gómez regresó a Euskadi y dio por terminada su expedición no recibió el aplauso de los suyos. Todo lo contrario. Le enjuiciaron y fue encarcelado. Incluso estuvieron a punto de ajusticiarlo, pero finalmente terminó sus días exiliado en Francia.