Powered by
HACEMOS GLOBAL LO LOCAL

Bolas de espejos. Luces de neón. Pinchadiscos con acné. Pistas de baile apestando a tabaco. Hombreras y pelos cardados. Láser de colores. En los años 80 y 90 del siglo XX e incluso bien entrado el XXI, Jaén era una fiesta. O, lo que viene a ser lo mismo, una discoteca. Casi no había pueblo que no tuviera su disco o su discopub. Espacios de diversión y socialización en los que soplaban aires de libertad que los chavales bailaban al ritmo del Billie Jean de Michael Jackson, Alaska, Madonna o más tarde de David Guetta o Shakira, como la 2pir de Mengíbar, Ottawan de Villargordo o Cinema de Huelma. Fueron negocios montados sobre todo por baby boomers y la generación X —algunos ya desaparecidos— que han dejado de ser, mayoritariamente, del gusto de los millenials y zetas, que prefieren el gimnasio, los tardeos o una charla de terraza a ponerse ciegos bailando. Y ligar por Tinder antes que hacerlo cara a cara, en una pista de baile, a la incómoda luz de los leds. Los hábitos de ocio han cambiado y ya casi nadie sufre de fiebre del sábado noche. Travolta ha muerto. Viva Spotify.

.

Auge en los 70-80

Jaén vio nacer sus primeras discotecas en los años 70 y en los 80 crecieron como setas. Belle Epoque, en Alcalá la Real, fue la segunda que se creó en la provincia. La montó en agosto de 1971 un azafato que, gracias a su oficio, traía del extranjero discos que no se escucharían hasta meses después en España. “Aquí la gente pasó de las verbenas en la era con el acordeón a una sala elegantísima, con las paredes de terciopelo rojo, mobiliario blanco y camareros con pajarita”, explica Rafael García Medina, que atendió durante casi once años una de las barras de esta exitosa discoteca. En Huelma arrasó la discoteca Épsilon. Creada por dos hermanos, José y Juan Vico Rubio, fue sin duda una de las salas referentes en los años 80-90 en la comarca. “Traíamos los discos de Granada y Jaén y había sábados que llegábamos a tener 900 personas”, recuerda José Vico. Y en Mancha Real, triunfó La Zambra, creada en 1980 y que permaneció abierta 30 años. Era famosa por su sonido, la iluminación y, sobre todo, su “buen ambiente”. Gracias a él, los padres dejaban que sus hijas la frecuentaran con lo que la afluencia de los chicos estaba garantizada. Lo normal era que estuviera llena hasta completar su aforo de 600 personas. Incluso cuando caían grandes nevadas de 30 centímetros, como les pasó en más de una ocasión. Todas estas discotecas descansan ya en paz. Será porque, como sentencia Francis Fuentes, gestor de La Zambra, “la forma de divertirse, el ocio, de la gente va cambiado con los años”.

.

Sexo, drogas, rock and roll... y excesos

Las discotecas fueron, desde su inicio, lugares propicios para los excesos. Que se lo digan, por ejemplo, al batería de Seguridad Social que acabó KO bajo la espuma que bañaba la discoteca El Faro, en Torredonjimeno, mientras todo el mundo lo buscaba como loco. O a los extranjeros que una noche de Semana Santa salieron una noche del Disco-Pub La Fontaine, de Arjonilla, seriamente perjudicados por la ingesta de alcohol, y cuando se toparon con una procesión, volvieron corriendo a la discoteca aterrados porque confundieron a los penitentes con el Ku Klux Klan. En muchos pueblos estos locales fueron respiraderos para el colectivo LGTBIQ+ y escenario propicio para encuentros sexuales de todo tipo. “Si cuento que en Belle Epoque, había intercambio de parejas en los años 80, no se lo creen, pero era así”, explica García Medina. Y también hubo droga, mucha droga. “Una vez me llamaron porque un chico de 17 años se había encerrado con llave y gritaba que le mataran. Tuvimos que desmontar unas placas del techo —recuerda —para poder llegar donde estaba, con una jeringuilla clavada en el brazo”. Caballo, cocaína, éxtasis, anfetaminas, tusibi... “Una discoteca sin droga, no funciona”, admite Francisco Calzada Benítez, ex empresario de Times Square, de Andújar, una super sala con cinco barras y capacidad para 1400 personas que sobrevivió del 2002 al 2012. Y, en cuanto al alcohol, “ahora, si vendes la mitad de lo que vendías antes, te das con un canto en los dientes”, reconoce León Muela Alcalá, hijo del fundador de la Disco Memola, que lleva abierta 27 años en Huesa. Una de las pocas que han aguantado el tránsito de Cher al reggaetón.

.

El botellón asesino

Hubo un tiempo en que los chavales de veintitantos años podían costearse tres o cuatro copas en la discoteca de su pueblo. Pero cuando los precios subieron, y ellos estudiaban en vez de trabajar, como hizo la generación anterior, optaron por el botellón que, según el dueño de Epsilon, está en el origen del cierre de muchas discotecas de la provincia, aunque también apunta otras causas, como la despoblación: “En Huelma había fábricas, pero ya solo queda el campo y la juventud se ha ido. El pueblo se ha quedado sin vida”. Javier Mas Checa, propietario de El Faro, que funcionó desde 1991 a 2007, afirma que abandonó el negocio “cuando, en vez de llegar a las once o las doce de la noche, aparecían por la discoteca a las tres y media de la mañana más que hartos de botellón”. Por este motivo pasó de funcionar los siete días de la semana a dos o tres. Hasta que cerró. José Rubio Fernández, propietario de Tuentti, una discoteca exitosa en Navas de San Juan y comarca que funcionó desde 2005 a 2020, coincide con Mas Checa: “Llegaban a la discoteca a las dos de la madrugada absolutamente descontrolados y estaban allí hasta las siete. Se peleaban, arrancaban las tapas del wáter o los techos desmontables...”

.

Renovarse o morir

Las discotecas de la provincia han ido cayendo una tras otra, como fichas de dominó. Francisco Calzada Benítez, de Times Square en Andújar, lo tiene claro: “La gente ya no quiere discotecas”. Y las estadísticas le dan la razón. Solo el 38% de los jóvenes acuden con frecuencia a discotecas y salas de fiesta, según datos de la Fundación de Ayuda a la Drogadicción (FAD). Será por eso que, de algunas, solo quedan viejos letreros descascarillados en locales que fueron templos de la diversión y hoy solo son ruinas de una época en la que los jóvenes hacían autostop para descubrir caras nuevas en la discoteca del pueblo de al lado. Los locales que las albergaron son la metáfora perfecta del cambio de los tiempos. Unos se han convertido en gimnasios, como la mítica Times Square. Otras, en restaurantes, como el Gastrobar Admorum de Navas de San Juan, cuyo dueño regentaba, en ese mismo lugar, la famosa discoteca Tuentti hasta que cerró. Como el 64% de las salas o discotecas que existían antes de que cambiara el paradigma social, económico y cultural que ha dado al traste con este modelo de negocio, según datos de la Federación de Asociaciones de Ocio Nocturno (Fasyde).

.

Cambios sociales

¿Por qué se han muerto tantas discotecas de la provincia? La causa más evidente es que ahora hay menos jóvenes que antes por el descenso de la natalidad, que ha caído en Jaén cerca de un 38% en los últimos veinte años. Además de ser menos, los chavales suelen marcharse fuera del pueblo a estudiar. El aumento de los controles de alcoholemia a finales de los 90 también les perjudicó. Y los jóvenes de ahora prefieren los festivales, los bares que tienen precios más bajos, las salas de juego que les ofrecen otro tipo de adrenalina y los espacios al aire libre, donde pueden fumar sin restricciones. “Se relacionan más con el móvil, están más enfocados en el deporte y beben mucho menos alcohol porque, además, entre semana no salen”, explica León Muela Alcalá. En España, los zetas registran el menor consumo de alcohol en tres décadas, según datos del Ministerio de Sanidad. Francisco Pérez Liébana, propietario del Lola’s Vip Club de Andújar, que lleva más de cuarenta años funcionando y que él regenta desde hace 15, asegura que ahora los jóvenes prefieren gastarse el dinero “en fitness y en viajes”. Francisco Calzada, de la difunta Times Square, lo tiene claro: “La gente iba antes a las discotecas para ligar. Ahora lo hacen a través de las redes sociales”.

.

No son rentables

Mas Checa asegura que las discotecas son un modelo de negocio que “ya no pita” en los pueblos, solo funcionan en ciudades y las zonas costeras. El ex propietario de El Faro montó el negocio con 24 años. Ahora gestiona una agencia de viajes especializada en rutas en buggies o quads. La mayoría de los empresarios de discotecas se han reconvertido profesionalmente, como del dueño de Times Square, que ahora se dedica a su empresa de electricidad, comunicaciones y aire acondicionado. O José Vico, de Epsilon, que vive ahora “a gustico en el campo”. Fasyde da la razón a Mas Checa. En la España interior, las discotecas ya no son rentables. “En los últimos 14 años el negocio se ha reducido fácilmente un 80%”, indica Muela Alcalá. De hecho, Disco Memola ya no abre todos los días, tarde y noche, como hace diez años. Ahora sólo lo hace jueves, viernes y sábado por la noche en verano y, en invierno, viernes y sábado. Además, solo tienen operativa una de las dos plantas y han tenido que ajustar los precios. Cubata a 4,50 euros. Pero, pese a todo, algunos empresarios como Francisco Pérez Liébana, afirman que la receta para sobrevivir es “no tirar la toalla y rodearse de buena gente”. Como La Fontaine, que abrió en 1983 y sigue fiel a su estética original con sus dibujos de Queen o Guns N’ Roses en las paredes. Hasta hoy, “que sigue funcionando estupendamente”. ¿El secreto de su éxito? “Perseverar”, apunta su fundador, Pedro Antonio Segado Jándula. “Controlar la seguridad, para que haya buen ambiente”, apostilla su actual responsable, Luis Javier Plaza Cabeza. Un “buen ambiente” al que ellos contribuyen como chivatos, porque avisaban a los padres cuando veían que sus hijos se descontrolaban. Que siga el baile, mientras el cuerpo aguante.

¿Por qué se mueren las discotecas?

1º Hay menos jóvenes

La natalidad ha caído en Jaén cerca de un 38% en los últimos veinte años. En consecuencia, hay menos jóvenes y, los que hay, habitualmente se marchan fuera del pueblo para estudiar así que las discotecas se quedan casi sin público objetivo.

2º El botellón que no cesa

Las nuevas generaciones estudian o no trabajan, así que tienen menos dinero. Así pues, les sale más a cuenta el botellón que pagarse las copas en las discotecas a las que, si van, llegan ya entonados.

3º Cambios en el ocio

Los chavales ahora prefieren los festivales, ir al gimnasio, los bares o cafeterías que tienen precios más asequibles, viajar, las salas de juego o los espacios al aire libre donde pueden fumar sin restricciones.

4º Abrir menos días

El principal motivo para ir a la discoteca era ligar, pero las formas de ligar han cambiado. Los jóvenes ya no las necesitan. Les basta el móvil, las redes sociales, Tinder...

5º Los jóvenes beben menos

Los millenials y zetas son más sanos que los baby boomers y la generación X. Les gustan más los gimnasios que las copas. Los zeta registran el menor consumo de alcohol en tres décadas.

6º Ya no están de moda

Las discotecas han dejado de estar de moda. Sólo el 38% de los jóvenes acuden con frecuencia a ellas, según datos de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD).

7º En la playa sí, en los pueblos no

Las discotecas siguen sobreviviendo en las ciudades y en las playas, pero en el medio rural van cayendo una a una, como fichas de dominó. Los empresarios de la noche lo tienen claro: es un modelo de negocio que ya no pita.