Crónica de lamento y de desesperanza, crónica que no acierta a entender cómo pasan las cosas que pasan y vuelven a pasar; crónica, en definitiva, que se suma en la tristeza del recuerdo a nuestros muertos en un día tan señalado como este primero de noviembre, junto con la crueldad de la muerte de 69 personas en un accidente de tren. Morir está escrito, lo que no debe suceder nunca es por un accidente que puede evitarse o, al menos, atemperarse. No hay consuelo para sus familiares ni para sus amigos, la vida se les fue y a quienes les querían un nudo en la garganta permanecerá en ellos mientras vivan. Es el desconsuelo que desgarra en canal la vida y con una crueldad fuera de lo común. No le faltaba a ese dolor indescriptible, personal e intransferible de quienes han perdido a una madre, un padre, un hijo, una esposa o un marido, la maldita pelea política.
Es el mismo dolor, el que sufrimos como sociedad, con el accidente de Adamuz que con el de Urda; hay más muertes ahora, cierto, y menos que el de Angrois, la peor tragedia ferroviaria de España (80 muertos) pero ya de por sí es trágico e inhumano subrayar número de muertos (46 más 69 este año) antes que las familias desconsoladas velando a quienes hasta coger el tren tenían una vida hecha y feliz o lo peor de todo, otras familias que desaparecidos sus seres queridos el hilo de esperanza de encontrarlos con vida se esfuma segundo a segundo en una cuenta atrás que desangra el corazón y desgarra a jirones la piel del alma. No, no hay justificación alguna para que se produzca un accidente que a todas luces podría haberse evitado, tampoco podemos asumir que la culpa es de todos, menos de quien ha de ser y es y la rehuye, ni por asomo, que se nos diga que la fatalidad se ha vuelto a encontrar con España en una vía de tren. Las responsabilidades técnicas que las diga quien ha de decirlas, cuanto antes y sin demora, que no pase como con Adamuz, y las políticas están claras. La valentía se mide siempre en la capacidad de decir me he equivocado, no he sido capaz y la puerta es la solución inmediata, aún con elecciones a la vuelta de la esquina.
Margaret Atwood, poetisa canadiense: “En la vida una tragedia no es un gran grito que dura un instante. Incluye todo lo que conduce a ella”.
¡Y la vida que acompaña después!
Encarnación Garrido, una valiente: “Es esencial que las mujeres se palpen, así me lo detecté. Sigo con el ‘veneno’ del tratamiento, pero hay que ser valiente, no hay otra”.
¡Qué fortaleza!
Irene Martínez, cantante: “Cuánto amor he recibido, gracias a la vida y a todos los que habéis vivido este sueño conmigo”.
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Lucas, campeón, grande
Quedó segundo en Eurovisión Júnior con una canción maravillosa (Cuore Bello, Te quiero, Te quiero) y sin más coreografía que su preciosa voz, un éxito total que nos deja con la miel en los labios, pero toda España lo vio como ganador y así debe sentirse. Nuestro Lucas Paulano es grande en todo, con una garganta prodigiosa y un timbre melódico que deslumbra. Pero sobre todas las cosas, ese corazón que lleva dentro deslumbra a través de sus ojos cada vez que se sube a un escenario. Un campeón.
“Aove” ya es palabra
La insistencia ha sido del Consejo Económico y Social y la Universidad de Jaén y, a ambas instituciones, hay que concederle el mérito de la aceptación de la Real Academia de la Lengua Española del acrónimo aove (aceite de oliva virgen extra) como nueva palabra del diccionario. Un éxito para Jaén, de los que pasan desapercibidos, pero son trascendentes para esta tierra y en este momento recuerdo a quienes les oí pronunciarlo por primera vez: Rafael Torres, Manuel García Fernández y Juanito Salcedo.