Calabrús y el humanismo cristiano

Siempre abogado y gran conversador, fue el decano que abrió las puertas al futuro en el Colegio
Vive más contemplativo que nunca, saboreando los placeres del buen vino y el mejor aceite y dejando pasar los días con lectura junto a Blanqui

13 sep 2020 / 16:35 H.

Es José Calabrús Lara un tipo raro en Jaén, no por su voz, que es única, y su sempiterno flequillo estudiantil, que también, lo es porque lleva toda la vida dando la cara y no se la han partido aún, lo que demuestra a las claras la fortaleza de sus principios y convicciones en la vida y en la cosa pública del servicio ciudadano. Este tosiriano entrado en sapiencia y sobre el que no parecen pasar los años, supone para Jaén lo que en Francia sería un “enfant terrible”, por precoz niño único en todo, brillante en su dilatada carrera como abogado, rebelde ante lo que se topaba por injusto y sin olvidar que a su socarronería unió siempre, aunque choque, el principio de la transgresión civilizada en una sociedad como la nuestra, tan dada el inmovilismo... Ha dicho en todo momento lo que piensa y lo que es mejor, ha pensado siempre lo que ha dicho, a costa de sarcasmos e incomprensiones, que en eso es un ejemplo, cómo pese a las presiones, por ejemplo, por escribir en el periódico, no se ha movido un ápice de su línea de coherencia y sus ganas de ayudar a ver crecer a su tierra, que le duele de la misma forma que es incapaz de esconder la desesperación que le entra cuando se trata de un tonto que va de listo. Quizá sea esa laxitud moral de la clase dirigente lo que más le hiera y es por ello que se declara eterno ejerciente contra la verdad absoluta de que tenemos lo que nos merecemos, un mantra basado en el ‘pesebre’ y el acomplejamiento y sobre el que él ha escrito cientos de reflexiones, subrayando siempre el origen del ninguneo permanente con el viejo Santo Reino. De recia formación académica y con un corazón desbordado y recompuesto por el doctor Rivera, Pepe Calabrús es el vivo ejemplo del humanismo cristiano y sus tres grandes fundamentos, la dignidad que debe acompañar a cualquier creyente, la libertad para hacer el bien y la fraternidad porque como hijos de Dios somos responsables unos de otros... Negro sobre blanco quede escrito todo lo que siento de bueno por un señor que nunca da espalda, alguien a quien se le puede confiar todo y, muy especialmente, porque con amigos como él uno viaja más tranquilo por la vida.