Hay terremotos que rompen paredes y otros que dejan grietas mucho más difíciles de reparar. Los primeros se pueden medir, inspeccionar y, con tiempo y recursos, reconstruir. Los segundos se instalan en la memoria y convierten cada ruido, cada crujido y cada pequeño movimiento en una pregunta inquietante: ¿volverá a temblar? Granada lleva días conviviendo con la misma pregunta. La sucesión de movimientos sísmicos tiene alterada la vida cotidiana, obliga a desalojar viviendas, provoca daños materiales y lleva a muchas familias a dormir fuera de sus casas por miedo a nuevas réplicas. Sin embargo, hay una consecuencia menos visible y no por ello menor: la ansiedad.
Especialmente oportuno resulta el mensaje de la psicóloga Fátima Zahra, del Grupo de Intervención Psicológica en Emergencias y Desastres de la Junta de Andalucía: mantener las rutinas, no descuidar las comidas ni la higiene, apoyarse en familiares y amigos y buscar actividades que permitan apartar durante un tiempo la atención de los terremotos. También recomienda limitar la exposición permanente a las noticias y a las redes sociales. Está claro que nadie puede ordenar a la tierra que deje de moverse. Tampoco los científicos pueden anticipar con exactitud cuándo se producirá el próximo temblor. Lo que sí está en nuestra mano es prepararnos, conocer los consejos de seguridad y, al mismo tiempo, impedir que el miedo se convierta en el dueño de nuestra vida. Reconocer el miedo no significa rendirse ante él y, al mismo tiempo, hay que reivindicar el derecho a volver a la normalidad. Granada necesita información rigurosa, edificios seguros, inspecciones, protocolos eficaces y administraciones totalmente coordinadas y alejadas de la confrontación política. Pero también necesita recuperar algo que no aparece en los informes técnicos: la tranquilidad de sus ciudadanos. Y para ello será imprescindible que la sociedad entera entienda que la salud mental forma parte también de la respuesta ante una emergencia.