La noticia vuelve a ser la misma, aunque cambien los motivos. A partir del 6 de septiembre, los viajeros jiennenses que quieran ir a Madrid deberán volver a bajarse del tren para subirse a un autobús entre Jaén y Almuradiel. Renfe argumenta que las obras para adaptar la infraestructura a la futura Autopista Ferroviaria hacen inevitable esta solución provisional. Puede ser una explicación técnicamente razonable. Lo que no resulta razonable es que la tierra del mar de olivos haya acabado acostumbrándose a que cualquier incidencia, obra o retraso se traduzca siempre en una merma de su ya precario servicio ferroviario.
La provincia lleva demasiado tiempo en una excepcionalidad permanente. Primero fueron las limitaciones históricas de una red necesitada de modernización. Después llegaron los daños causados por las lluvias, que obligaron a sustituir por carretera el tramo que llega hasta Córdoba. Ahora se suma un nuevo transbordo hacia Madrid. El resultado es el mismo de siempre: más tiempo de viaje, menos comodidad y un mensaje desalentador para quienes necesitan el tren por motivos laborales, educativos, sanitarios o turísticos.
Las obras son necesarias. Nadie puede poner en tela de juicio que la red ferroviaria tiene que adaptarse para mejorar el transporte de mercancías y hacer más competitiva la logística española. Sin embargo, la modernización no puede hacerse a costa de condenar, una vez más, a los viajeros jiennenses a un servicio de segunda o de tercera categoría. Si las inversiones son una apuesta de futuro, ese futuro también debe incluir a los ciudadanos que utilizan el ferrocarril cada día. Cada nueva interrupción puede justificarse por razones técnicas. Lo que ya no admite más justificaciones es que la excepción se haya convertido en norma. La provincia no necesita más autobuses que sustituyan trenes. Requiere, sencillamente, un ferrocarril a la altura de lo que merece una provincia que lleva demasiado tiempo esperando y en el furgón de cola.