La ciudad de Úbeda vuelve a convertirse en la capital oleícola con una nueva edición de la Fiesta del Primer Aceite, una cita que trasciende el carácter festivo para adquirir una dimensión estratégica en la defensa de uno de los grandes tesoros de esta tierra. No existe mejor escenario para presentar al mundo la excelencia del producto estrella que un territorio declarado Patrimonio de la Humanidad, cuyo legado monumental comparte raíces con una cultura del olivar que ha marcado durante siglos la identidad, la economía y el paisaje jiennense. Hoy comienza una convocatoria que proyecta mucho más que una cosecha: exhibe una forma de entender la vida y una riqueza que merece reconocimiento dentro y fuera de nuestras fronteras. El encuentro reúne a un centenar de empresas en una demostración de la capacidad de un sector que sabe conjugar tradición, innovación y calidad. Las catas, degustaciones, propuestas gastronómicas y actividades culturales permiten acercar al consumidor las particularidades de los aceites tempranos, pero también abrir nuevas oportunidades comerciales. Ni que decir tiene que la celebración adquiere un significado especial en un momento delicado para los agricultores. La calidad del producto no encuentra correspondencia en las cotizaciones que perciben quienes sostienen el cultivo con precios en origen próximos a los tres euros que preocupan en un territorio donde miles de familias dependen directamente de la aceituna. La promoción resulta imprescindible, pero también lo es que el valor añadido llegue hasta el eslabón que más esfuerzo asume y que soporta las incertidumbres de cada campaña. En este contexto hay que aplaudir la retirada temporal del 12% de la producción nacional de aceite de oliva mediante su almacenamiento obligatorio hasta el 30 de septiembre de 2027. Úbeda ofrece estos días una imagen de fortaleza, orgullo y capacidad de convocatoria en torno al mejor producto. El reto consiste en que ese escaparate no se apague cuando termine la fiesta.