La digitalización del campo ya no admite la consideración de una promesa de futuro. Es una necesidad del presente. El sector agroalimentario afronta retos cada vez mayores, como los costes, la competencia internacional, nuevas exigencias medioambientales, escasez de recursos o relevo generacional, y buena parte de las respuestas pasa por incorporar tecnología, conocimiento y capacidad de gestión a las explotaciones y a las cooperativas. La iniciativa de la Oficina AceleraPyme de Cooperativas Agro-alimentarias de Jaén, con más de 40 entidades visitadas, representa un paso en la dirección correcta. El valor de este programa reside, además, en que acerca el asesoramiento al territorio, analiza las exigencias concretas de cada entidad y acompaña el proceso desde la elección de soluciones hasta su implantación, una proximidad que resulta fundamental en un sector tan diverso como el agrario. Sin embargo, digitalizar el campo no consiste en instalar dispositivos, contratar un programa informático o incorporar una aplicación. Supone un cambio de mentalidad y de modelo de gestión y, además, algo muy importante: La profesionalización. La transformación, eso sí, también requiere recursos. No cabe exigir al sector un salto tecnológico si no hay una apuesta pública suficiente. Las administraciones deben facilitar ayudas, formación, conectividad y asesoramiento, reducir la burocracia y garantizar que la tecnología llegue a las explotaciones pequeñas y medianas, no sólo a las empresas con mayor capacidad inversora. El campo, en una provincia con casi sesenta y siete millones de olivos, no puede quedar dividido entre quienes pueden acceder a la tecnología y quienes quedan al margen.