Es una excelente noticia que el Ayuntamiento de Jaén invierta en la conservación de los conocidos como Baños del Naranjo. Cualquier proyecto destinado a proteger el patrimonio histórico merece reconocimiento, sobre todo cuando se trata de un edificio con capacidad para sobrevivir casi un milenio y que constituye una pieza esencial de la memoria urbana de la ciudad. La prevención siempre es más inteligente que la reparación y, en este sentido, los 24.000 euros destinados a consolidar muros, bóvedas y elementos estructurales son una inversión necesaria. Sin embargo, esta intervención no puede servir para dar por cerrado un asunto que, en realidad, sigue pendiente desde hace décadas, porque hay una realidad que los especialistas conocen bien: Los auténticos Baños del Naranjo permanecen, en gran parte, ocultos bajo una vivienda particular situada en la calle Calvario. Lo que hoy se conserva y visita es solo una parte del conjunto histórico. El resto, probablemente el más relevante para comprender la verdadera dimensión del hammam, continúa inaccesible mientras la capital espera que algún día pueda adquirirse ese inmueble para completar la investigación arqueológica y, de paso, rendir honores a la memoria del arquitecto Luis Berges Roldán. Resulta paradójico que Jaén, una de las ciudades europeas con mayor riqueza patrimonial de origen andalusí, mantenga sepultado uno de sus espacios más valiosos por una cuestión que, en esencia, depende de voluntad política y de capacidad administrativa. La adquisición de la vivienda deshabitada y prácticamente en ruinas de la calle Calvario no debería entenderse como un gasto extraordinario, sino como una inversión estratégica para la ciudad.