Cada verano vuelve a repetirse una imagen que ya forma parte de nuestra memoria colectiva: montes envueltos en llamas, vecinos desalojados y profesionales jugándose la vida para proteger personas y patrimonio natural. Sin embargo, cada incendio tiene detrás una historia distinta, y muchos de ellos podrían evitarse. La advertencia lanzada por Protección Civil ante la llegada de una nueva ola de calor debe ser tomada con la máxima seriedad. La combinación de temperaturas extremas, fuertes rachas de viento y una humedad muy baja configura un escenario de riesgo excepcional, una auténtica “tormenta perfecta” para la propagación de incendios forestales. En estas circunstancias, un pequeño descuido puede desencadenar una tragedia de enormes dimensiones. Conviene recordar que, aunque algunos incendios tienen un origen natural, una parte muy importante está relacionada con la acción humana: imprudencias, negligencias e, incluso, comportamientos deliberados. Cuando el monte se encuentra en condiciones críticas, cualquier chispa puede convertirse en un frente incontrolable en cuestión de minutos. La responsabilidad no recae únicamente en los servicios de emergencia. Bomberos, agentes forestales, Protección Civil y cuerpos de seguridad realizan una labor extraordinaria, pero su esfuerzo resulta insuficiente si la ciudadanía no asume también su parte. Respetar las restricciones, evitar actividades de riesgo y avisar con rapidez ante cualquier indicio de fuego son gestos sencillos que pueden salvar vidas y preservar miles de hectáreas de un patrimonio natural que pertenece a todos. Los incendios no solo destruyen bosques. Dejan cicatrices que tardan en curar.