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HACEMOS GLOBAL LO LOCAL

Lo que ha unido el Mundial...

20-07-2026 / 08:22

La política divide a veces lo que la vida cotidiana se empeña en coser con hilo invisible. En estos tiempos donde el ruido de los despachos y la crispación de los discursos parecen empeñados en levantar muros invisibles entre los ciudadanos, el fútbol —ese viejo motor de emociones colectivas— vuelve a demostrar que la calle late a un ritmo muy diferente al de las tertulias parlamentarias. El balón, en su rodar impredecible, tiene la extraña y benéfica virtud de suspender las diferencias. Durante noventa minutos, y puede que un poco más, no hay bandos, ni trincheras, ni debates estériles. Solo hay un país que contiene el aliento ante una misma jugada. No es una cuestión meramente deportiva; es una necesidad social. Competiciones de este calibre, ya sea un Mundial o una Eurocopa, se revelan hoy más que nunca como bálsamos imprescindibles para una sociedad fatigada de tanta polarización. En la grada, como en las plazas, el abrazo tras el gol no entiende de carnés de partido, de ideologías ni de agravios territoriales. Es la celebración de lo común, el reencuentro con una identidad compartida que se expresa sin complejos y con la natural alegría de quien se sabe parte de algo más grande. Y si hay un lugar donde ese latido colectivo se siente con especial fuerza, es en la provincia de Jaén, siempre dispuesta a echarse a la calle cuando la ocasión lo merece, y que ahora se prepara para una cita con la historia. Más de sesenta de pantallas gigantes se encenderán en ciudades, pueblos y aldeas para que los jiennenses vibren al unísono con la final que enfrentará a España contra Argentina. Desde las plazas de los pueblos de sierra hasta los parques de las ciudades de La Campiña, Jaén se convertirá en un clamor de norte a sur y de este a oeste. Esos puntos de encuentro no son solo pantallas; son plazas públicas recuperadas para la convivencia, son vecinos que se mirarán a los ojos, que compartirán el sofoco de la tarde y la ilusión de la victoria. Porque, al final, lo que verdaderamente une este Mundial no es solo el anhelo de la segunda estrella en la camiseta, sino la constatación de que, cuando la gente se despoja del ruido, queda lo más importante: las ganas de celebrar juntos.