Las imágenes de las Torres Gemelas envueltas en humo, el impacto contra el Pentágono y el miedo sobre el cielo de Estados Unidos forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones. Veinticinco años pusieron distancia, pero no borraron la huella de aquel día. Puede que aquel atentado, ocurrido a miles de kilómetros y en otro continente, quedara lejano para Jaén. Sin embargo, sus consecuencias viajaron por todo el mundo. Llegaron a las familias, a los viajeros, a los trabajadores, a las empresas y a una sociedad que, de repente, tuvo que asumir que todo lo conocido podía cambiar en cuestión de horas. La amenaza terrorista dejó de ser una realidad que parecía circunscrita a determinados lugares y pasó a ocupar un espacio central en la preocupación de las sociedades occidentales.
El 11-S cambió mucho más que los protocolos de seguridad en los aeropuertos. Modificó la forma de viajar, de entender las fronteras y de mirar determinados conflictos internacionales. Forzó el giro en las relaciones entre países, aceleró decisiones militares y políticas de enorme alcance y abrió una etapa marcada por la guerra contra el terrorismo. También provocó debates profundos sobre la seguridad, las libertades públicas, la privacidad y los límites del poder de los Estados. Sus efectos alcanzaron a Europa de forma directa. Los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004 y los de Londres del 7 de julio de 2005 demostraron que la amenaza no estaba al otro lado del Atlántico. España conoció de cerca el dolor que hasta entonces había contemplado a través de las pantallas. Aquella cadena de acontecimientos reforzó una certeza: ninguna sociedad podía considerarse completamente al margen de las grandes convulsiones del mundo. Casi tres mil personas perdieron la vida aquel día. Detrás de cada cifra hubo una familia, una historia y una ausencia. Recordarlas exige rechazar la indiferencia, pero también evitar que el paso del tiempo convierta aquella tragedia en una simple efeméride. La lección fue de alcance universal.