Jaén lleva demasiado tiempo esperando al tranvía como para que, ahora que su puesta en marcha parece definitivamente al alcance de la mano, cualquier obstáculo menor pueda convertirse en motivo de desánimo. La reorganización del tráfico que exige su entrada en servicio no es un inconveniente añadido al proyecto, sino que es parte del propio cambio que supone recuperar para la ciudad un sistema de transporte que llevaba años detenido. El Ayuntamiento tiene completada buena parte de los trabajos necesarios y ultima nuevas intervenciones surgidas de las reuniones técnicas con la Junta de Andalucía. Hay nuevas señales, giros en la regulación semafórica y obras de adaptación que obligan a retrasar unos días la previsión inicial. No queda más remedio que entender la demora con naturalidad, porque si los técnicos detectan nuevas necesidades para garantizar la seguridad, no hay razón para convertir unos días más en un problema político. Más preocupante resulta lo contrario: correr para cumplir un calendario y dejar cabos sueltos en una operación que afecta directamente a la circulación y a miles de ciudadanos. Sin embargo, la prudencia no debe confundirse con falta de decisión. Jaén necesita que las administraciones implicadas sean capaces de culminar esta fase con determinación, coordinación y una comunicación más clara de la que suele acompañar a los grandes cambios urbanos. Es una transformación urbana que requiere valentía y equilibrio. Valentía para afrontar los cambios sin buscar excusas ni aplazamientos permanentes. Equilibrio para hacerlos con todas las garantías y pensando también en quienes caminan, conducen, utilizan el transporte público o desarrollan su actividad en el centro.