Se cuentan por miles las personas fallecidas y heridas en el doble terremoto que azotó el corazón de Venezuela y sacudió el mundo entero. La tragedia marca un país en el que se suceden las crisis, tanto las políticas e institucionales como las económicas, lo que ahonda en la debilidad de un territorio con infraestructuras evidentemente deterioradas y nada preparadas para catástrofes naturales fortalecidas por el cambio climático. La destrucción de viviendas, hospitales y servicios esenciales golpea a una sociedad donde la pobreza y la precariedad ya condicionaban la vida cotidiana, lo que dificulta la respuesta a una emergencia de esta envergadura. Toda la ayuda es poca para que quienes lo perdieron todo, incluidas las vidas de sus seres más queridos, puedan empezar a ver luz al final del túnel. La respuesta de España, una vez más, es el fiel reflejo de una sociedad solidaria. Hay que tener en cuenta el momento en el que ocurre uno de los sucesos más dolorosos de los que se recuerdan, en plena transición política, con la instauración de un Gobierno interino después de la maniobra de Estados Unidos con Nicolás Maduro. Los expertos aseguran que hay mejores niveles macroeconómicos y, sin embargo, es cada vez mayor el contraste entre la riqueza y la pobreza. La respuesta ante una situación sumamente compleja tiene que estar en la cooperación entre las instituciones, la sociedad civil y la comunidad internacional, con la mirada puesta en salvar vidas como prioridad, asistir a las víctimas y responder con rapidez al sufrimiento de miles de familias. Venezuela tendrá que enfrentarse a reconstruir el país sin olvidar a sus ciudadanos.