Uno de los principales obstáculos que tiene la provincia para poder avanzar tiene que ver con el deterioro del ferrocarril. El problema no está solo en la falta de líneas de prestigio que faciliten la movilidad dentro y fuera de Andalucía, sino con las existentes, porque no hay día que no se produzcan retrasos, improvisaciones y cancelaciones. Los jiennenses empiezan a acostumbrarse a pagar por un billete de tren para, después, viajar en autobús, un servicio deficiente que necesita del inconformismo de los usuarios para que las administraciones públicas con competencias en la materia tomen nota y reacciones de una vez por todas. Cada nueva cancelación, cada avería que deja a cientos de viajeros atrapados a más de cuarenta grados en mitad de la nada y cada transbordo improvisado se convierte en una humillante rutina. El colapso del sistema en la provincia ya no es noticia por su excepcionalidad, sino por su alarmante frecuencia. Sin embargo, el verdadero peligro de una verdadera crisis crónica no radica únicamente en las deficiencias técnicas de Renfe o la clamorosa falta de inversión de Adif. El enemigo más silencioso y destructivo al que nos enfrentamos hoy es el conformismo social e institucional. Jaén parece haber caído en la trampa de la resignación, asumiendo el maltrato logístico como una condición inevitable de nuestra identidad geográfica. Relegados como estamos a ser una provincia de segunda clase en el mapa de las comunicaciones del Estado, vemos cómo otras regiones inauguran tramos de alta velocidad o blindan sus redes de cercanías, mientras los jiennenses soportamos convoyes obsoletos, taquillas cerradas y estaciones desmanteladas. Y no pasa nada. Inaudito.