Una fuerte tromba de agua sorprendió a los jiennenses, a la caída de la tarde, y dejó un reguero de infraestructuras dañadas en calles y plazas. Al cierre de esta edición no hubo que lamentar problemas personales, pero los servicios de emergencia no daban a basto y los vídeos que circularon por las redes sociales daban muestra de imágenes propias de otro mundo. Está claro que lo vivido ayer es consecuencia del cambio climático, por lo que, si nadie frena la contaminación atroz que acecha al planeta, no habrá quien pueda parar las catástrofes que se ciernen sobre la humanidad. Las administraciones públicas están obligadas a tomar cartas en el asunto y a impulsar medidas urgentes, de forma transversal, aunque no sean rentables desde el punto de vista político. Ni que decir tiene que invertir en la modernización de infraestructuras hidráulicas es el camino, pero no la solución definitiva. Hay ciudades en todo el mundo que implantan restricciones, por ejemplo, en el tráfico, una decisión extrapolable siempre y cuando funcione a la perfección el transporte público. El cambio climático altera irreversiblemente los sistemas terrestres y provoca fenómenos meteorológicos extremos, pérdida de biodiversidad, escasez de agua y riesgos para la salud. Estas transformaciones exigen una acción inmediata, adaptación y una transición prioritaria hacia economías sostenibles para evitar crisis humanitarias, migratorias y económicas en el ámbito internacional. Las consecuencias abarcan una serie de impactos interconectados que afectan tanto al medio ambiente como a la sociedad, con especial incidencia en el aumento de la frecuencia e intensidad de sequías, olas de calor e incendios forestales.