El aumento desbocado en los costes de las materias primas y de los carburantes ahoga la economía provincial. Jaén vive con el agua al cuello ante una espiral inflacionista que golpea sin piedad el bolsillo de las familias y la viabilidad de las empresas. El precio de la cesta de la compra sube mes a mes, mientras llenar el depósito de un vehículo agrícola o comercial supone hoy un esfuerzo financiero inasumible para miles de trabajadores del campo y del transporte. Se trata de una crisis que exige una mirada de alcance sobre las particularidades del territorio jiennense. El sector agroalimentario, motor indiscutible de la tierra, sufre un doble impacto devastador. Por un lado, hay que hablar de la pérdida de margen en el origen: El encarecimiento de los fertilizantes, la electricidad y los piensos eleva los costes de producción a niveles récord, sin que ese incremento se traduzca siempre en un precio justo para el agricultor o el ganadero. Por otro, la asfixia en el transporte y la distribución: La subida continua del diésel y la gasolina encarece cada eslabón de la cadena logística. Sacar el aceite de oliva y los productos locales hacia los mercados nacionales e internacionales cuesta hoy sustancialmente más que hace un año. La situación requiere medidas contundentes y no parches temporales. Las administraciones públicas deben actuar con determinación para rebajar la presión fiscal sobre la energía y los combustibles, además de garantizar la efectividad de la Ley de la Cadena Alimentaria para evitar la venta a pérdidas. Jaén no puede permitir el desmantelamiento progresivo de su tejido productivo por la inacción institucional. Si el campo se detiene, la provincia entera se frena.