La aprobación por parte del Consejo de Ministros del proyecto de ley que prohibe fumar en terrazas y playas marca un punto de inflexión en la legislación de salud pública de España. La medida representa un avance valiente, necesario e irreversible hacia un modelo de sociedad más saludable. Sin embargo, su éxito definitivo no dependerá exclusivamente de la rigidez de la norma, sino de la capacidad de las administraciones públicas para gestionar su aplicación con equilibrio, sensatez y diálogo con los sectores afectados. El argumento sanitario es incontestable: el derecho a respirar aire limpio en los espacios compartidos debe prevalecer siempre sobre el hábito individual. No se trata de perseguir al fumador, sino de proteger al no fumador, especialmente a colectivos vulnerables como los menores y los trabajadores de la hostelería, quienes sufren la exposición pasiva al humo durante jornadas enteras. Además, desvincular el ocio del consumo de tabaco en entornos públicos es una herramienta educativa fundamental para evitar que las nuevas generaciones normalicen un hábito nocivo. Es normal que las asociaciones de hostelería levanten la voz de alarma de forma legítima, fundamentalmente por el impacto económico directo y los previsibles conflictos de convivencia entre clientes y empresarios. El sector, que ya ha demostrado su capacidad de adaptación en reformas previas, no debe ser criminalizado ni cargar en solitario con la labor policial de vigilar el cumplimiento de la ley. Sus reclamaciones de flexibilidad, plazos de transición razonables y un marco de seguridad jurídica claro merecen ser escuchadas con atención por el Ejecutivo. El objetivo final es ambicioso y, a la vez, posible.