Es habitual, entre quienes pisan cada día el polígono industrial de Los Olivares, ver una columna de humo que se atisba prácticamente desde el centro de la capital. Hay ciudadanos que, alarmados, llaman al número de teléfono de emergencias para alertar del fuego y los bomberos, al recibir el aviso, ya saben lo que se encontrarán en el terreno. Es uno de los principales asentamientos de chabolas que hay en Jaén. Está justo en un lateral del edificio que alberga las cocheras del tranvía, en Vaciacostales, donde los olivos están totalmente calcinados y, detrás de un montículo de tierra, hay escondida, prácticamente, otra ciudad. Ayer se produjo el último incendio. Los agentes acudieron a la zona, apagaron las llamas, refrescaron el solar, y hoy mismo ya habrá montones de basura preparada para su quema. Es el “modus operandi” de quienes allí viven, en unas condiciones inhumanas, una forma de vida que, sin embargo, tiene como telón de fondo la chatarra. Transitan por la zona camiones repletos de desechos que vierten su carga en un solar de grandes dimensiones. Los chabolistas se encargan de seleccionar la basura, en la que hay hasta restos de vehículos, en montones. El objetivo es pegar fuego a los plásticos y quedarse con lo que verdaderamente importa en el mercado: el hierro y, con preferencia, el cobre. Una vez acabado el incendio “controlado”, recogen lo que luego venderán para poder sobrevivir. El mismo camión que traslada la basura recoge, después, los frigoríficos, lavadoras, coches... convertidos en chatarra. Hay cientos de personas que trabajan cada día muy cerca, un tranvía pendiente de poner en funcionamiento justo al lado y hay vidas que se juegan sin que nadie haga algo.