Están los mecanismos de control técnicos obsoletos del ferrocarril español y parte de sus redes ferroviarias gravemente dañados? ¿Cómo es posible que en la era informática de la quinta generación y de la IA ocurran estas cosas? La pérdida de una vida, de muchas, es irreparable. Hay muchos millones de fondos europeos que no se gastan para modernizar instalaciones e infraestructuras públicas, entre otras cosas. Si son ustedes incapaces de gestionar correctamente, váyanse, señor ministro y compañía. Esto no es un juego digital; en esto nos jugamos la vida y la existencia de los cientos de personas que iban en el tren. El miedo se ha apoderado de la población española a la hora de viajar en tren por la clara inseguridad tras el siniestro mortal de Córdoba en Adamuz y este último en Urda que acaba de acontecer. Habría, por tanto, aparte de dar como es lógico las condolencias a los familiares de los fallecidos y heridos y mostrar respeto, que manifestarse públicamente. No tengamos la sangre fría los españoles: exijamos que se vayan los máximos responsables y exijamos más controles médicos y psicológicos a los encargados, que son controladores y conductores, incluidos los políticos, que también pueden tener una alta y grave responsabilidad. No caben más palabras más allá de los calificativos: negligencia, descuido, inoperancia, temeridad y una obsolescencia técnica no resuelta que pone en peligro la vida de muchas personas. Se trata de que no vuelva a ocurrir y, para ello, un problema no se puede arreglar con los mismos dirigentes ni con la misma perspectiva que se viene aplicando: váyanse. Digamos “no” a esta tropelía y a este gran y mortal descuido para que, en la medida de lo posible, nunca más vuelva a ocurrir.
EDUARDO M. ORTEGA MARTÍN / Granada
¡Indignante!
No hay palabras de consuelo ante la tragedia ferroviaria ocurrida ayer entre Los Yébenes y Urda. El dolor de los familiares de los 68 fallecidos estremece a cualquier ser humano. La imagen de los heridos y mutilados por este choque golpea la conciencia de todos los ciudadanos, y el miedo a viajar en tren vuelve a instalarse entre nosotros.
Es indignante que, después de lo ocurrido en Adamuz, no se haya realizado una auditoría independiente sobre el estado de la red ferroviaria. Es indignante que el Parlamento, en su conjunto, no exija esa garantía mínima para proteger la seguridad de los pasajeros.
Se reduce la velocidad, pasa el tiempo y, ahora, con tres sistemas de seguridad electrónica en funcionamiento, se atribuye la responsabilidad al operador que autorizó la reanudación de la marcha en régimen normal, en lugar de hacerlo a la vista. Como siempre, la culpa parece ser de la informática; y, cuando hay un error, del señalado como “el causante”. Es indignante que un país que tanto ha presumido de su alta velocidad tiemble hoy ante tantos accidentes en un mismo año. Echar balones fuera es fácil. Asumir responsabilidades corresponde al Ejecutivo nacional, máxime en pleno periodo electoral; pero eso sería pedir peras al olmo.
¿Para qué sirve un ministro de Transportes? ¿Y para qué sirve una democracia que ve morir a personas y no cambia nada para evitar que vuelva a ocurrir?
PEDRO MARÍN USÓN / Zaragoza
Nonagenario Rafael
El pasado sábado 24 de octubre, coincidiendo con la onomástica de San Rafael —cuyo nombre significa “curado por Dios”, además de ser un arcángel con fuerza y misticismo—, tuve el placer de asistir como invitado a la celebración del paso de mi amigo Rafael Expósito de la década octogenaria a la nonagenaria. Fue un acto religioso muy emotivo frente a la Virgen de la Cabeza, en la capilla del mismo nombre que existe en Andújar, amenizado por un coro que sonaba como los ángeles y con entrega de medalla de peregrina de Nuestra Señora bendecida incluida. Tengo que reconocer que, aunque Rafael tiene cuatro décadas más que yo y lo conocí hace una, cada vez que coincido con él me atrae su forma de ser: su amabilidad, generosidad, entrega, pasión y esa cabeza privilegiada que Dios le ha dado. Es como tener al lado a una persona de la que quieres beber su sabiduría, con el ánimo de sentirte bien contigo mismo y con los demás, aquello que Platón definía como “eudaimonia”. Por si aún no sabéis de quién hablo, os recomiendo que visitéis el belén que tiene montado en el Teatro Darymelia, en la ciudad de Jaén. Sí, el “Belén Bíblico de los abuelos María y Rafael”, el cual tiene veinte años de historia, donde tendréis el placer de conocer a Rafael, ya que siempre permanece activo, comprometido y dispuesto a explicároslo; con toda seguridad, os haréis su amigo. Gracias, Rafael, y como dijiste en el brindis: “Nos vemos en tu centenario”.
LUIS MIGUEL GONZÁLEZ PALACIOS
Cuando la dignidad llega despeinada
Nos gustaría saber poner límites a tiempo cuando nos hieren o nos faltan al respeto, con una frase impecable y una serenidad admirable. Pero la vida tiene la mala costumbre de no entregarnos el guion. Y, por otro lado, cuánto optimismo cuando creemos que poner un límite consiste en decir “no”. La mayoría de las veces, antes del “no”, hay tres borradores, dos noches sin dormir y una culpa perfectamente innecesaria. Otras, mucho más: dolor, lágrimas y una colección de porqués sin respuesta, sobre todo si quien está delante significa demasiado. Por eso hay límites que no llegan pronto ni limpios. Llegan cuando hemos intentado comprender, explicar, esperar y sostener hasta donde hemos podido. Y la frase perfecta suele aparecer horas después. Nos gustaría que, en ese momento, la dignidad llevara tacones y supiera qué decir. Pero llega despeinada, con los ojos hinchados de llorar, y dice: hasta aquí. Porque la dignidad no siempre se pierde de golpe. Se va cediendo poco a poco: en una concesión que parecía pequeña, en una explicación que no debíamos dar, en otro “no pasa nada” cuando sí pasaba. Y quizá por eso también puede recuperarse paso a paso. No cuando dejamos de sufrir. Ni cuando conseguimos que el otro nos entienda. Ni siquiera cuando logramos explicar perfectamente por qué hemos llegado hasta ese límite. Tal vez empiece a recuperarse cuando dejamos de tratarnos como si tuviéramos que soportarlo todo. Entonces ocurre algo curioso: aquello que durante tanto tiempo hemos llamado paciencia, comprensión o amor empieza a parecernos otra cosa. Y no se trata de castigarnos por haber tardado. Bastante tuvimos ya con llegar hasta allí. A veces la dignidad llega tarde. Pero llega.
ANA MARÍA GARCÍA VALENZUELA