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HACEMOS GLOBAL LO LOCAL

Todo tiene una curación

02-09-2026 / 08:33

La conciliación es una pausa, un reencuentro de pulsos. Cada vez que nos convocamos como ciudadanía, sin fronteras ni frentes que lo impidan, hemos de hacer un reposo sobre lo vivido y reflexionar. No hay mejor latido, que desvivirse por vivir en comunión y en comunidad. Este regalo existencial es lo que nos reconstruye el sentido humanitario, frente a la actual atmósfera deshumanizante, que nos está llevando a la destrucción. La persistente falta de reconocimiento de algunos seres humanos, continúa constituyendo un obstáculo para el disfrute pleno y efectivo de los derechos humanos. Excluirnos es un gran mal que hemos de evitar. Nos requerimos entre sí, para universalizar pulsaciones y poder pasar del progreso a la acción conjunta; con el ejercicio de la primera tregua, la del perdón. En algunos países, estos avances no son tales, frecuentemente somos testigos de lo contrario, el esfuerzo se sigue centrando en la violencia y la guerra. Esto genera indigencia, desigualdad y discordancia, con las susodichas nuevas divisiones sociales; lo que nos demanda a reafirmarnos en nuestro compromiso colectivo de desmantelar toda discriminación sistémica, trasformando todo aquello que nos demuele, en aquello que nos sostiene. Lo prioritario, por tanto, es transitar sin campos de batalla; bajo el cultivo del corazón y la siembra del abrazo sincero. Al fin y al cabo, todo proviene de una profunda crisis moral, que ha usurpado la estética de lo ético, para dar rienda suelta al deseo de dominación, con la búsqueda del beneficio inmediato. Hagamos un inciso, pues, meditemos sobre nuestros andares. Al parecer, la familia como la decencia del propio ser humano, no estaba prevista en la maldita era de la globalización indecente, donde el estado salvaje del mercado usurero es lo que prolifera. En lugar de armas bélicas, se necesita más corazón que coraza y más poesía que poder. Son estos cuidados internos los que nos colman de fuerza para sanar, reconciliar y reconstruir, con un florecimiento, en las relaciones humanas. Sólo hace falta voluntad de llevar a buen término caminos recorridos, conocimientos adquiridos y recursos necesarios para detener cualquier desorden o realidad indigna. Herir a una persona en su dignidad es el mayor de los quebrantamientos; si ya lo sabemos, no prosigamos en el desconcierto, tomemos la vía de morar con plenitud y decoro. Sea como fuere, nadie puede en su caminar por este tránsito terrenal, escapar de una deplorable crisis de entusiasmo, que llega a detener los labios de alma, tan necesarios como vitales para admirar y hacer contemplar todo lo grande que es reavivar la esperanza de tantas percusiones frágiles que sufren. Precisamente, la certeza de la presencia viva de nuestros asistentes en medio de nosotros, es el fuego interior que nos impulsa a ser valientes y a salir de la comodidad del individualismo, para formar parte de una corporación doméstica, que lo único que forja son vínculos de amistad y de adhesión perenne, lazos imprescindibles para coexistir unidos, sin que las meras apariencias y el engaño terminen por ocupar el lugar de los verdaderos valores y de lo que realmente importa. Dejémonos inspirar por ese calor de hogar. Su fervor nos muestra cómo mantener siempre la llama encendida a pesar de los vientos en contra que puedan surgir y que pueden proyectarnos a un espacio irreal. Es cierto que los conflictos están ahí, pero hablando debemos entendernos y atendernos, máxime imaginando un orden social innato en el que la justicia y la caridad se entrelazan. No olvidemos que el único verbo, hecho verso o sea latido viviente, que da fruto de continuidad, enfrentando con apasionamiento, discernimiento y arrojo múltiples desafíos, es la comprensión fraterna y el impulso cooperante solidario del acompañamiento. Es cuestión, de sumar afectividades. Hagámoslo sin prisas, pero también sin perezas. En suma, que todo tiene su instante preciso y precioso.

VÍCTOR CORDOBA HERRERO

Pirómanos del miedo y la discordia

Como siempre, el PP cruza todas las líneas rojas, esta vez en la crisis de Ceuta, demostrando que su brújula parece apuntar al rédito electoral, aunque para ello tenga que incendiar la convivencia. Su estrategia es tan vieja como peligrosa: desinformar, agitar el miedo, buscar culpables y convertir un problema complejo en munición política. Cuando explica los brotes de violencia, como hace su portavoz, Ester Muñoz, por un supuesto abandono institucional, en lugar de condenar sin matices a quienes la ejercen, valida y justifica la propia violencia.

Y Feijóo no se queda atrás: sembrar alarma sobre supuestas amenazas sanitarias y plantear confinamientos masivos —que los entendidos desestiman— vinculándolos a enfermedades como la tuberculosis o la sarna es una temeridad. Estigmatizar a personas vulnerables para arañar votos no es política de Estado: es una brutal irresponsabilidad. España necesita serenidad, empatía, soluciones y humanidad. El PP prefiere el miedo, la crispación y la división. De Vox ni hablamos: están vacíos. Son pirómanos de la convivencia.

MIGUEL FERNÁNDEZ-PALACIOS GORDON

¿De qué sirve?

El Atlético de Madrid está manteniendo una firmeza absoluta respecto a Julián Álvarez: se puede ir a cualquier equipo del planeta, menos al Barcelona, el que desea el jugador argentino. ¿Merecerá la pena tener a un jugador, a disgusto, durante toda la temporada?

FAUSTINO LASARTE GÁRATE

Libertades individuales

todos tenemos una opinión sobre lo que acontece en el mundo. Desarrollar un criterio propio es saludable, pero el desafío surge cuando colisiona con el ajeno. Ahí se pone a prueba la capacidad para dialogar y construir consensos en lugar de ceder al enfrentamiento. Lo presenciamos en la política, en las redes sociales y hasta en los desacuerdos de una comunidad de vecinos: el ego se impone a la empatía. Rara vez nos educan en el gesto humano y sencillo de ponerse en el lugar del otro para acercar posturas. Los derechos humanos sitúan las libertades individuales como pilar de la convivencia. Sin embargo, cabe preguntarse si realmente somos libres cuando nos atrincheramos frente a quien piensa distinto. La afinidad levanta muros ante la discrepancia, mientras ideologías, credos y doctrinas se proclaman depositarios de la verdad absoluta. Entretanto, los conflictos y los insultos parlamentarios siguen marcando el presente. La mayor paradoja es que la incapacidad para entendernos se ha normalizado hasta dejar de ser noticia. La libertad no consiste en combatir al diferente, sino en aprender a convivir con él. Si en alguna época de la humanidad se caracterizara por la empatía, el mundo sería como habitar en otro planeta.

PEDRO MARÍN USÓN