En las diferentes etapas de nuestra vida somos sensibles a esos cambios que van marcando esa carrera de fondo que, paradójicamente, es muy corta. La niñez, la adolescencia, los estudios, los primeros trabajos... Una lucha incansable de superación, con miles de obstáculos que, cuando te das cuenta, ya no puedes saltar porque la vejez te atrapa. Esa última barrera es la más dura porque casi siempre viene acompañada de alguna dolencia, de dificultades motoras y, en ocasiones, de problemas sensoriales, los peores, que nos hacen ser vulnerables a situaciones cotidianas e incluso familiares.
Una etapa dura para quien la padece y muy triste para los hijos, que ven apagarse ese faro que les guió y los levantó. Pero también tiene su lado bonito. Su sabiduría y experiencia les hacen ser enciclopedias vivientes. Nunca están solos, o no deberían estarlo, pero hay momentos, hay situaciones, en las que las personas mayores necesitan cuidados más intensivos que hacen imposible conciliar la vida de los hijos o familiares, bien sea por obligaciones laborales o simplemente por ignorancia en según qué cuidados. Es ahí donde la necesidad de que intervengan profesionales cualificados se hace imprescindible.
En Jaén existe una gran variedad de residencias para la tercera edad que ofrecen servicios de todo tipo para el bienestar de nuestros mayores. Pero quiero destacar la de Caridad y Consolación del Bulevar. Creada en 2012 con un origen claro, María Santísima de la Caridad y Consolación, titular mariana de la Hermandad de la Santa Cena de Jaén, a la postre una fundación que construyó esta fantástica residencia de mayores junto a la parroquia de Juan Pablo II de la capital. Cuenta con todo tipo de departamentos que desempeñan una función personalizada. Trabajo social, terapia ocupacional, psicología, fisioterapia, enfermería y gerocultoras pendientes en todo momento del bienestar de los residentes, a los que no les falta el servicio de peluquería y lavandería, así como el de cocina, muy importante en su alimentación. No en vano, Paulano Martínez, su director gerente, es un tipo metódico y muy pendiente de lo que significa el origen del proyecto. Cercana también la directora del centro, Almudena, una colega más de los mayores, que, junto a su gran equipo, no deja al azar las necesidades lógicas que cada residente demanda.
Imprescindible también la cafetería del centro. Lugar de reunión de familiares y amigos. Si bien este servicio es de lunes a viernes, muy bien llevado por Olga, quizá sea necesario, también, el fin de semana, que es cuando más afluencia hay de visitas. Encantadoras las recepcionistas, muy profesionales los “chicos y chicas de rosa”, que así visten, y, lo dicho, un centro que en nada se parece a las residencias de antaño que todos recordamos, ofreciendo el centro de día para los que quieran dormir en casa. Y, como siempre tengo que dejar mi lado crítico, decir que, desde las habitaciones, tirar de una cuerda para llamar la atención queda algo obsoleto y, a buen seguro, se modernizará en pocas fechas, incluida la rápida presencia, ahora dudosa. Un acierto que mi padre quiera estar ahí y que nosotros, sus hijos, estemos contentos con su estado de ánimo y con el trato tan humano que recibe a diario.
RAFAEL ORDÓÑEZ MARTÍNEZ