Hay algo profundamente desolador, casi obsceno, en la forma en que el poder político administra la tragedia ajena. Ocurre siempre que la tierra tiembla y la realidad, despojada de sus adornos habituales, nos deja a solas con lo que verdaderamente somos: criaturas frágiles sepultadas bajo el hormigón, esperando una mano que nos devuelva a la luz. En medio del dolor desgarrador que sigue a un seísmo devastador, uno tendería a pensar que el único cálculo admisible para un gobierno es el tiempo que tarda un perro adiestrado o un tipo con una sierra hidráulica en llegar a un boquete antes de que el aire se agote. Pero los despachos oficiales no funcionan con la lógica de la urgencia humana, sino con la fría aritmética de las lealtades y los prejuicios diplomáticos. Cuesta asimilar que, mientras miles de personas escarban con las uñas entre las ruinas en busca de un soplo de vida, la Casa de Nariño se dedique a expedir pasaportes morales y a revisar la filiación ideológica de las palas. Ocurre que las autoridades colombianas decidieron que solo las brigadas de rescate de un puñado de naciones —curiosamente alineadas con sus afectos estratégicos y geopolíticos, como Estados Unidos e Israel— disponían de los requisitos adecuados para meter los pies en el barro. Por el camino, contingentes curtidos en mil catástrofes como los célebres Topos mexicanos o las brigadas experimentadas que se ofrecieron desde otras latitudes quedaron varados en una aduana invisible. La disculpa oficial fue, cómo no, el célebre manual de la burocracia internacional: que si los sellos, que si el exceso de voluntarios arruina la logística, que si las acreditaciones técnicas no terminan de cuadrar. Sin embargo, la excusa suena al mismo metal oxidado de siempre cuando se contrapone al hecho insoslayable de que bajo los cascotes la gente no pide el carné de la ONU ni la partida de nacimiento del rescatista. Lo que queda al descubierto no es un rigorista celo por la eficiencia procedimental, sino esa forma servil y trágica de entender la geopolítica en la que la afinidad ideológica cotiza más alto que un soplo de vida. Resulta siniestro observar cómo la diplomacia prefiere enviar señales de obediencia o complacencia hacia ciertos aliados geopolíticos habituales antes que abrir los brazos a la fraternidad de quienes no entran en sus afectos ideológicos. En esa contabilidad mezquina, el sufrimiento de un ciudadano enterrado vivo se convierte en una simple variable secundaria, un daño colateral que se asume con tal de no contrariar el guion de las alianzas de turno. Al final, cuando los micrófonos se apagan y los diplomáticos vuelven a sus moquetas, la lección que nos deja el cálculo oficial es demoledora: la vida de un pueblo en ruinas importa muy poco si la salvación no viene envuelta en la bandera políticamente correcta.
AGUSTÍN GIRÓN FERNÁNDEZ
Se te nota tu nota
La Universidad Complutense afirma que la nota de “periodismo” de la presidenta madrileña Ayuso es de “interés general”; pero, curioso, es también algo personal que sólo ella puede revelar. Y, claro, al callarla confiesa sin querer lo que ya sufrimos cada día con su actuar: que aprobó por la mínima.
DIEGO MAS MAS