Linares, Huelma, La Bobadilla (Alcaudete), Arroyo del Ojanco, Porcuna, Torreperogil, Porcuna, Iznatoraf, La Iruela, Cañada Catena y Cuevas de Ambrosio (Beas de Segura), La Puerta de Segura, Villanueva del Arzobispo, Jódar, Sorihuela del Guadalimar, Benatae, Úbeda, Burunchel (La Iruela), Canena, Sabiote, Lopera, Martos, Villarrodrigo, Cárchel y Carchelejo (Cárcheles), Río Madera y El Robledo (Segura de la Sierra), Arjona, Jimena, Siles, Estación de Begíjar (Begíjar), Campillo del Río (Torreblascopedro), Estación de Huesa (Cabra del Santo Cristo), Cañada de la Madera (Villanueva del Arzobispo), Hinojares, Cañada Arada y Las Chozas (Arroyo del Ojanco), Beas de Segura, Cazorla, La Quintería (Villanueva de la Reina), La Toba, Tobos, Pontones, El Patronato y Santiago de la Espada (Santiago-Pontones), Ibros, Bélmez de la Moraleda, Mogón y Agrupación de Mogón (Villacarrillo), Peal de Becerro, Arroyo Frío, Noalejo, Orcera, Fuerte Rey, Castellar, Chilluévar, Vados de Torralba (Villatorres), Cambil, Cabra del Santo Cristo, Baeza, Arjonilla, Santisteban del Puerto, El Tamaral (Puente de Génave), El Centenillo (Baños de la Encina), Hornos de Segura, Belerda y Don Pedro (Quesada), Castillo de Locubín, Camporredondo (Chiclana de Segura), Vilches, Valdepeñas de Jaén, Alcaudete, Marmolejo, Baños de la Encina, Puente de Génave, Ceal (Huesa), Fuerte del Rey, Villardompardo, Alcalá la Real, Jamilena, Bonache (La Puerta de Segura), Jabalcuz (Jaén) Onsares (Villarrodrigo), Cazalilla, El Molar (Cazorla), La Carrasca (Martos), Garcíez (Bedmar y Garcíez), Baeza, Donadío (Úbeda). Estas son algunas de las aldeas, pueblos y ciudades que ha recorrido este periódico octogenario durante el mes de agosto, mostrando y dando a conocer sus fiestas y tradiciones. Diario JAÉN ha vuelto a hacerlo un verano más, apostando por cada uno de los núcleos de población que se encuentran diseminados por este extenso territorio repleto de olivos. Un trabajo ingente que acarrea un enorme esfuerzo por parte de sus redactores y, desde luego, de la propia empresa. Por todo ello, gracias a todos los periodistas que se han pateado la provincia de Jaén para que los lectores conozcamos mejor una tierra que posee lugares con encanto e infinitos reclamos turísticos. Sigamos apoyando a esta rotativa, que lleva 85 años de trayectoria, para que esa noticia cercana siga llegando cada día a cientos de lectores.
JUAN LIÉBANA / Jaén
Minerales que deciden guerras y alianzas
En su expansión industrial clásica, Estados Unidos disponía en su propio subsuelo de casi todos los minerales necesarios para fabricar acero, maquinaria y armamento. Hoy, la transición tecnológica del siglo XXI —baterías, semiconductores, imanes permanentes— depende de minerales críticos concentrados en pocos países, y Washington ya no los controla en su territorio.
Esa vulnerabilidad estratégica explica en parte la política arancelaria de Trump: usar tarifas como palanca para forzar negociaciones que aseguren acceso preferente a recursos y cadenas de valor, como se observa en los recientes acuerdos con Canadá y en las investigaciones por “seguridad nacional” sobre minerales críticos.
La Unión Europea, al no ser un Estado único, negocia a menudo con voces dispersas; cada país busca su propio arreglo comercial, lo que diluye la fuerza de bloque que tendría un único negociador europeo.
Si estalla un conflicto abierto entre EE UU e Irán, es previsible que China reaccione defendiendo al régimen persa y utilizando sus propias herramientas: sanciones secundarias, restricciones a exportaciones de uso dual y presión sobre rutas energéticas. Ante ese escenario, Estados Unidos probablemente endurecería sanciones, activaría reservas estratégicas y aceleraría proyectos mineros internos y con aliados, mientras Europa oscilaría entre alinearse con Washington y proteger sus suministros energéticos e industriales, evidenciando de nuevo su dilema entre unidad e intereses nacionales divergentes. El poder del siglo XXI se está jugando como el reciente Campeonato del Mundo. ¿Quién será el vencedor? Los minerales son el balón con el que se marcan los goles.
PEDRO MARÍN USÓN / Zaragoza
Cómplices de los bárbaros
Colaboradores, sí, de los siete heridos por toros ayer, de los de anteayer y de los muertos otras veces en el País Vasco, cantera los insensatos que matan o mueren por ETA u otras salvajadas. Eso son los medios de difusión que destacan su “valor”, incitando a más desequilibrados a imitarles o incluso superarles.
JAUME MIT PAU / Barcelona
Antes de tener razón
Hace unos días, hablando con un grupo de madres sobre nuestros hijos, me llamó la atención que, aunque nuestras historias eran diferentes, todas llegábamos a la misma pregunta: ¿en qué momento dejamos de entendernos? Una distancia cada vez más presente en las conversaciones: padres que no reconocen al hijo que tienen delante e hijos que sienten que sus padres ya no pueden comprenderlos. Detrás de muchas de esas historias no encuentro falta de amor. Encuentro dolor. Personas que se quieren y, sin embargo, se hablan desde la herida. Necesitan ser escuchadas, pero ya no pueden escuchar, ocupadas en demostrar cuánto han sufrido y quién tiene la culpa. Cuanto más necesitamos ser comprendidos, más difícil puede resultarnos comprender. Pero señalar al culpable no repara el vínculo. Solo hace que cada uno se aferre más a su versión, como si reconocer el dolor del otro significara negar el propio. Y quizá ahí empieza la distancia: cuando dejamos de sentir curiosidad por lo que el otro está viviendo. Comprender empieza precisamente ahí y no significa justificar cualquier comportamiento, renunciar a los límites ni asumir lo que no nos corresponde. Es algo más modesto y más exigente: aceptar que existe otra experiencia que no hemos vivido desde dentro. Tal vez el mayor reto no sea pensar igual, sino conservar la capacidad de mirar a quien tenemos cerca con la misma curiosidad con la que escuchamos a un desconocido. Porque tener razón puede confirmar nuestra historia, pero no necesariamente cuidar el vínculo. Quizá la distancia empiece a acortarse cuando dejemos de defender nuestra versión el tiempo suficiente para escuchar la del otro y comprender que eso no amenaza la nuestra.
ANA MARÍA GARCÍA VALENZUELA