Latido a latido es como se consigue todo. No existe el hundimiento, salvo cuando dejamos de batallar juntos y nos desalentamos separándonos entre sí; máxime en un momento en el que nos hemos globalizado, lo que nos demanda poner a prueba la gran promesa de seguridad para todas las personas, se hallen donde se hallen. Setenta y cinco años después de la adopción de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951, tras la Segunda Guerra Mundial, esa promesa continúa estando vigente y es uno de los compromisos más claros de la comunidad internacional: Que aquellas personas que se han visto forzadas a huir no sean devueltas a una situación de riesgo y puedan vivir con dignidad, aunque estén desplazadas.
En un orbe plagado de conflictos, hasta que todo el mundo esté a salvo, sin que le falte la justa comprensión y la básica asistencia, no habremos conseguido el objetivo humanitario. Comencemos, pues, porque las instituciones, con sus gobiernos al frente, sean ejemplarizantes a la hora de mantener el apoyo vital y defender sistemas de asilo justos y accesibles.
Desde luego, la seguridad no debe vivir a cuenta de la nacionalidad, la riqueza, la raza, la religión, el género, la opinión política o la situación migratoria. Hay protección únicamente cuando los ciudadanos desplazados puedan vivir sin temor y reconstruir sus existencias, sin exclusiones; para ello, es preciso universalizar y salvaguardar el derecho a solicitar refugio, con oportunidades reales para alcanzar la autosuficiencia. Ojalá aprendamos a caminar hermanados; la cuestión no es fácil, pero tampoco imposible.
Es cierto que la ciudadanía atraviesa una profunda crisis anímica y cultural, que se exterioriza en múltiples hechos de violencia, polarización y desconfianza recíproca. Quizás tengamos que aprender a querernos a nosotros mismos, para poder querer a los demás. Esta experiencia de cercanía, nos recuerda también el valor de la concordia y del paciente esfuerzo de cada ser, por acoplar siempre la firmeza de las convicciones con la benevolencia del diálogo y la grandeza del
servicio. Con el paso de los años, yo mismo he comprendido que el bienestar es real, cuando reconozco la avenencia con todas las gentes del mundo, sin excepción alguna.
Sea como fuere, es público y notorio, que la unión genera vínculos que nos fortalecen, sobre todo en las cosas necesarias, en cuanto comunión íntima de vida y amor que somos, como familia natural, mientras la discordia todo lo debilita. Así, cuando estalla una pugna, se reaviva un trance latente o se desata una catástrofe. Los individuos se ven forzados a abandonar sus hogares y pertenencias. La labor benefactora, es estar a su lado y asegurarse de que reciben la protección y la asistencia que solicitan. Urge, por
consiguiente, hacer frente a esta cuestión de manera eficaz; lo que nos exige actuar de común acuerdo, con espíritu solidario, sin excesos ni despilfarros. Al fin y al cabo, lo trascendente no radica sólo en mantenerse vivo, sino en sustentarse vivencialmente compasivo. La humanidad tiene que humanizarse, por deber. Su genética está radicada en el deseo del bien y la bondad, en el cultivo de la verdad y de la virtud, ya que no concurre para destruirse. Perseverar con la mirada limpia facilita el reencuentro, saber estar juntos, haciendo culto a la cultura del abrazo y a los cuidados ineludibles. Levantarse de las caídas, salir de los espacios que fragmentan, es viable.
Ahora bien, la honestidad requiere vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación universal contra los traficantes, amparo afectivo y efectivo a las víctimas, procesos leales y fieles de acogida e integración y políticas más poéticas, que permitan a cada persona morar con decencia en su propia tierra. Seamos todos, entonces, noble calor de hogar; al menos, para no temblar de innoble frío.
VÍCTOR CORCOBA HERRERO / Jaén
Olas de calor, noches sin tregua
Tiempo de olas y de calor. En el mar, surfearlas es un deporte que permite cabalgar sobre ellas con cierta elegancia, arrancando al verano instantes de alivio y diversión. En tierra firme, en cambio, también “surfeamos”, aunque sin épica ni aplausos: lo hacemos entre sábanas pegajosas, ventiladores resignados y madrugadas en vela. Cada año, la misma marejada. Dormir con temperaturas tropicales se convierte en una prueba de resistencia doméstica que ni puntúa ni tiene patrocinadores. El calor no solo incomoda: agota, irrita y, en los casos más extremos, mata. Pero seguimos afrontándolo con la misma mezcla de costumbre y desidia.
Eso sí, uno no puede evitar cierta admiración al ver cómo, en los grandes eventos deportivos, los futbolistas disponen de chalecos refrigerantes, pausas estratégicas y todo tipo de cuidados para sobrellevar el calor. Una lástima que ese despliegue no llegue también a los dormitorios de a pie, donde el único “protocolo térmico” consiste en dar vueltas a la almohada buscando un lado menos caliente. Así, avanzamos verano tras verano, como quien intenta resolver un sudoku imposible, confiando en que la próxima ola no sea peor que la anterior. Quizá el problema no sea solo el calor, sino nuestra peculiar capacidad para normalizarlo... siempre que no tengamos que jugar una final. Hasta la siguiente oleada. Por todo lo vivido: ¿Cuántas tendremos este año?
PEDRO MARÍN USÓN