Antes de nada, quiero felicitar a la selección española de fútbol por esa segunda estrella conseguida, en Nueva Jersey, como campeona del mundo ante el combinado donde juega Messi. No se conformaron los de Scaloni con pasar a la final con ayuda frente a Egipto, ni con pasar de ronda al tran tran. Querían la copa dorada a cualquier precio, sin importarles esa marrullería de la que hacen gala, con la que un argentino nace etiquetado y empapado de ego nocivo y tóxico, con aires de superioridad malparida. He tenido amigos y compañeros de trabajo de Buenos Aires. Enamoran con su acento y con ese carácter amigable, con retorcidos síntomas de altivez. Pero esta vez han cruzado líneas rojas dentro y fuera del campo. Los albicelestes utilizaron una violencia desmedida como única arma para parar el juego que propuso Luis de la Fuente, que, recordemos, fue profesor de Scaloni en el curso de entrenadores.
La hinchada argentina, para la que el fútbol es una religión, solo supo calentar el partido desde las redes sociales con desprecio e insultos y una teoría de la conspiración por la que Argentina, dicen, tenía que perder. La realidad consistió en la impotencia ante la barrida que sobre el césped les endosaron Unai Simón y todos los que delante de él jugaron de rojo. Es cierto que la prensa del país hermano elogia de manera significativa el juego de España y la debilidad física de su selección, destacando al Dibu Martínez como artífice de que la agonía no llegara antes a los sudamericanos, que “no patearon al arco en los noventa minutos”, aseveran.
Por otro lado, Gisela Sánchez, una activista “superdotada”, pide, firmas incluidas, la repetición del partido sin ese árbitro, que, según la plataforma que utiliza, fue un juez corrupto que fue comprado para influenciar en el resultado. Piden a la FIFA que revise los incidentes y se repita la final, en un alarde de argentinitis. Esto es solo una de las miles de falacias que desde la República Argentina movilizan seres de luz, personas que no tienen un pase ni apenas saben de fútbol. Lo cierto es que la visión que de los argentinos teníamos se ha deteriorado a lo grande. Todos sabíamos su afición desmedida a tomar mate a todas horas. De su arrogancia, soberbia y de lo mucho que se quieren a sí mismos, y de que forme parte de su identidad, tampoco nos extrañamos, pero que intenten mediocrizar a la madre patria, adonde vinieron cagados de hambre huyendo del corralito, por el simple hecho de haberles ganado con total justicia una competición deportiva, me parece deleznable. No quisiera polemizar con los argentinos afincados en Jaén, ya sean del fútbol sala, de bares, de restaurantes o de cualquier otro ámbito. No sé si el tiempo borrará ese resquemor, esa envidia y ese ridículo que hicieron dentro de la cancha, donde solo Scaloni ha sabido ser un señor del fútbol, pero lo que sí me queda claro es que los argentinos no son Argentina, un gran país.
RAFAEL ORDÓÑEZ MARTÍNEZ