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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

Lo bueno y lo bello son inherentes a la cultura del cuidado

03-06-2026 / 08:37

Es tiempo de ejercer la contemplativa, de adentrarnos en todo aquello que nos rodea, para reconocernos parte del mismo tronco viviente; lo que nos demanda como seres pensantes que somos, a reforzar el diálogo entre nosotros, porque el desafío ambiental que anidamos, y sus raíces humanas, nos afectan y nos impactan a todos. Tanto es así, que, si la biodiversidad sufre, la humanidad también. Indudablemente, los recursos biológicos son los pilares que sustentan las civilizaciones. Respetémonos, pues. El hábitat se doblega, obedeciéndolo. Comencemos por acariciar con nuestra mirada, esas aguas cristalinas tantas veces contaminadas por el género humano, verdaderamente en impureza; o, esos bosques amenazados por la deforestación, altamente errados. Sea como fuere, en un orbe en el cual todo está interconectado, no destruyamos los vínculos naturales, trabajemos con la mente y el espíritu para reconstruirlos. Hagámoslo, asimismo, superando el egocentrismo que nos gobierna y degustando lo caritativo de esa belleza compartida, que es lo que en realidad nos injerta viva coexistencia y consistencia benigna. No olvidemos tampoco que la salud de nuestro planeta juega un papel vital en la aparición de enfermedades transmisibles entre animales y humanos. En consecuencia, a medida que continuamos invadiendo ecosistemas frágiles, nos ponemos en contacto cada vez más con la fauna silvestre, lo que permite que los patógenos se extiendan al ganado y a los individuos. A todos los ojos, siempre hay un libro abierto, el del entorno por el que nos movemos. Forjémoslo a corazón abierto. Pongamos espíritu observante, no permanezcamos indiferentes ni seamos pasivos, ya que produce un inmenso dolor pensar que la biosfera nos hable mientras la humanidad no escucha, llegando a romper esa alianza originaria entre Creador y criatura perecedera. Precisamente, es este endiosamiento mundano actual, que ha puesto al dinero y al dominio del poder a cualquier precio, como bien supremo, lo que nos está dejando sin conciencia y nos conduce a la catástrofe; a un caos climático sin precedentes, en parte debido a la contaminación y a la explotación despiadada de la tierra, los océanos y el agua dulce. Sin duda, los resultados son demoledores, para todo proceder.

Nadie estamos a salvo del colapso antinatural. Sólo hay que advertir que nuestra propia actividad humana, continúa alterando hasta un 75% el medio terrestre y el marino en un 66%; y que un millón de especies de animales y vegetales se hallan en peligro de extinción. Nos alegra, por consiguiente, que el Plan de Naciones Unidas aliente y active medidas para restaurar y conservar lo que realmente nos genera néctar viviente. También el gozo se hace mayor, cuando ves que los gobiernos además toman iniciativas, movilizando fondos y subsanando las deficiencias de capacidad que frenan el bienestar con sus avances. Y, aún el regocijo es más sublime, cuando se percibe, la implicación del ciudadano como tal, en la red saludable existencial que sustenta a la sociedad.

La vida y nuestra singular genealogía, lo manifiestan de hecho, al no poder ser nosotros mismos sin el otro y sin los otros. En realidad, nada debe ser excluido, porque todo está íntimamente relacionado. A mi juicio, hoy más que nunca, hace falta trabajar unidos para detener e invertir en la pérdida de la heterogeneidad orgánica, de manera que la ciudadanía y la naturaleza prosperen juntas. Esto nos requiere identificar nuevos paradigmas pedagógicos para promover en los procesos educativos, el diálogo entre los saberes diversos, contribuyendo a que crezca el afán al cultivo del cuidado a través del amor de amar amor. Así es como nos embellecemos, pasando de los males o de las maldades a valores o bondades, que se hacen virtud. Lógicamente, ¡una persona buena, es un bien colectivo!

VÍCTOR CORCOBA HERRERO / Jaén

Libertad de expresión con lanzallamas

Es desternillante. Vox organiza unas jornadas en el Congreso sobre “libertad de expresión” y, en un alarde de humor involuntario, los invitados estrella son Vito Quiles y Bertrand Ndongo tras haber sido expulsados del Parlamento. Solo falta Torquemada sirviendo los cafés para cerrar el círculo del cinismo. Es fascinante ver a los herederos del franquismo, cuyo ADN político se resume en el «de esto no se habla», convertidos de pronto en monaguillos del librepensamiento. Afirman, con una ausencia total de vergüenza, que hay censura mientras señalan a periodistas, insultan a medios y confunden la crítica con la persecución. Son vulgares pirómanos dictando un curso de prevención de incendios. Eso sí, su idilio con la libertad es tierno: la defienden con fervor, siempre que sea la suya propia, blindada con dinero público y cara de mártir. Sabemos que sueñan con entrar en TVE si gobiernan: no como gestores, sino como en Hiroshima, armados con bombas atómicas, motosierras y lanzallamas, usando la Constitución de posavasos. Entrañable paradoja: predican la palabra libre mientras sacan lustre al arsenal.

MIGUEL FERNÁNDEZ-PALACIOS GORDON

¿Qué dirán?

Después del frustrado intento de compra del Sevilla FC, las esperanzas vuelven a minarse en la afición. Los accionistas actuales lanzan un duro comunicado contra Sergio Ramos, que tiene también su particular versión. Ahora, ¿quién dice la verdad?

FAUSTINO LASARTE GÁRATE

Guerra Mundial: salud mental

Las cifras de la OMS son alarmantes: en Europa, una de cada seis personas vive con un trastorno de salud mental; a nivel mundial, uno de cada siete jóvenes de 10 a 19 años. Es la III Guerra Mundial silenciosa, distinta de las anteriores porque no explota con bombas, sino que devora desde dentro. La Primera y la Segunda Guerra Mundial movilizaron ejércitos y arrasaron ciudades. Esta tercera no necesita fronteras ni declarar enemigos: el combate es interno, contra la ansiedad, la depresión, la desesperanza. Los muertos no caen en trincheras, sino en silencio, muchos por suicidio; más de 720.000 personas al año en todo el mundo. Los heridos no sangran visible, pero duelen tanto. En Europa, 140 millones de personas luchan diariamente. En el mundo, millones más quedan sin tratamiento: menos del 10% de quienes padecen trastornos por consumo de drogas reciben ayuda. No hay medallas para quien sobrevive a una noche sin dormir, ni para quien se levanta sin ganas de vivir. Denunciar esta guerra no es alarmismo, es realidad. Necesitamos recursos, políticas públicas, lucha contra el estigma y atención accesible. La salud mental no es un lujo: es un derecho. Si no actuamos, esta guerra ganará sin disparar: es el mayor conflicto mundial de la historia de la humanidad.

PEDRO MARÍN USÓN