A pesar del ventajismo

    25 nov 2021 / 16:21 H.
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    Mi experiencia personal me ha enseñado hasta qué punto el ventajismo, ese ardid de los mediocres, ha permeado la conciencia moral del hombre moderno, se ha instalado en su forma de ver el mundo y le sirve como forma de justificación de sus más mezquinos comportamientos. Podría entenderse el ventajismo como esa conducta acechante que busca beneficiarse del trabajo y del esfuerzo de los demás para atribuirse sus éxitos, nunca sus fracasos. En el plano de lo político, ámbito público de la moral, funciona básicamente igual pero en sentido inverso: consiste en estar atento para aprovechar los acontecimientos negativos que le suceden al rival durante su gobierno, incluidos desastres, desgracias o catástrofes naturales, normalmente impredecibles o dificilísimos de acometer, para criticar su gestión de manera despiadada y adjudicarse el beneficio de la duda, esto es, la presunción de lo bien que se habría hecho en caso de estar gobernando. Como es fácil de adivinar, el ventajismo es pariente cercano del populismo, vive de sus mismas premisas, haciendo fácil lo difícil, simple lo complejo, previsible lo imprevisible; el ventajismo es lo más parecido a ese vecino sabihondo y gruñón que critica todas las iniciativas llevadas a cabo en su comunidad pero que ni siquiera se digna asistir a una sola de sus reuniones para proponer alternativas y, lo que es peor, a veces consigue arrastrar a su terreno algunas voluntades vecinales. Cuando nos asoló la pandemia, los gobiernos quedaron como petrificados ante el atroz y repentino aluvión de dolor, muerte, incertidumbre, necesidad y precariedad de medios; reaccionaron como pudieron ante un enemigo invisible e implacable e improvisaron medidas muchas veces desafortunadas y, desde luego, mejorables si se hubieran conocido de antemano las características del virus. Se produjo un escenario perfecto para poner en práctica el juego ponzoñoso del ventajismo; y así se hizo, de manera poco honrosa, desde determinados partidos políticos y sus terminales mediáticas, trasladando todo el malestar posible al tejido social. Esto, como sucede con la actitud del vecino gruñón, nunca genera un clima de ayuda o de entendimiento, al revés, crea obstáculos y dificultades, los cuales diseminan la semilla de la confusión, el cultivo menos propicio para tiempos dramáticos. Por otra parte, la bondad o la maldad en estos casos no es exclusiva de unos o de otros; aquí solo pretendemos señalar actitudes dolorosamente consolidadas, pues igual sucedió, pero con protagonistas cambiados, en la alerta epidémica del ébola. Cabe el riesgo, por ello, de que este sucio juego de desgaste político, firmemente anclado al ventajismo, que se ha dado a nivel nacional y mundial, emborrone u oculte —más ahora, en puertas de la sexta ola vírica— lo que a todas luces debe considerarse un grandioso éxito de la Humanidad; no hace tanto tiempo (un siglo, en términos históricos, es “poco tiempo”), una pandemia similar, la gripe española, se llevó entre 50 y 100 millones de vidas, según distintas estimaciones y cómputos. Este éxito del que hablamos no solo ha sido científico y médico, también lo ha sido social y político pues se trata sin duda de la primera ocasión en que lo humano, esto es, la protección de los grupos de riesgo más vulnerables, ancianos y enfermos crónicos, dos clases pasivas “inservibles” desde el punto de vista productivo, se ha puesto por delante de lo económico. Este mérito atañe a la sociedad en su conjunto pero, en particular, a sus dirigentes, que han gestionado la dramática situación. Esto debería de servirnos de motivo para depositar todavía ciertas dosis de esperanza y optimismo en nuestra clase política; a pesar del ventajismo.

    La sequía no deja de ser un problema en España y otros países con el cambio climático. Por ello en todas las culturas siempre se ha deseado la caída de una lluvia fecunda. Para ello se hacían rogativas destinados a paliar sequías. Las rogativas son oraciones públicas hechas para pedir
    a Dios, un santo, etcétera. El remedio a una necesidad grave. Normalmente suelen ir acompañadas de procesiones dentro o fuera del templo con tal de rogar, a alguna imagen de devoción, por el objeto de la crisis. Esta misma realidad se repite en otras religiones y culturas, como en las culturas ancestrales indígenas de América latina con el culto a la Pachamama o madre tierra, y en otras culturas de origen germánico y celta con invocaciones de los druidas. También se ha dado dicho fenómeno en tierras de África donde brujos y personas mayores de la tribu se convierten en hacedores de lluvia, y tratan de invocar unas veces con éxito, otras no, la tan ansiada llegada de la lluvia. El cambio climático es una realidad lacerante que nos posiciona en inviernos y otoños más cálidos, y en veranos muy secos y tórridos donde el número de precipitaciones disminuye o caen de forma desproporcionada y seguida en muy poco tiempo. En nuestra cultura popular se interpretan las cabañuelas para conocer supuestamente el clima durante todo el año, y desde el punto de vista ecológico y de la sostenibilidad medio ambiental se hace cada día necesario implementar nuevas estrategias para combatir la sequía. Sin embargo el uso excesivo de los combustibles fósiles y la continua y desmedida explotación a veces incontrolada de los recursos naturales que no cesa por parte de los grandes países del mundo, es un daño al ecosistema, y a nuestra vida, en parte ya irrecuperables. De ahí que una de sus consecuencias sea la imparable sequía y el agotamiento en parte de los recursos.

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