Errores para hacérselo mirar

    09 mar 2023 / 19:38 H.
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    Ya en diciembre de 2010 y en febrero de 2017 avisé en sendos escritos sobre la enorme confusión que mostraba la RAE a la hora de calibrar la sutileza que tiene nuestra lengua madre para colocar adecuadamente sus tildes. Que ahora se haya corregido el error cometido respecto a sólo/solo y a los demostrativos debería ser aprovechado para subsanar ya de una vez y por todas otros aún más grandes en este campo de la acentuación de las palabras castellanas y de su explicitación en la escritura mediante tildes o su ausencia. No quiero aquí tocar otros campos relacionados con el vocabulario o con la sintaxis, por lo que me limitaré a explicar lo más afinadamente que se pueda cuál es la sutil razón que tiene el español para que absolutamente nadie en el planeta pueda errar al pronunciar cualquiera de sus palabras o al interpretar de cuál de ellas se trata. Los muchos años que he sido profesor de Lengua, los millones de renglones en castellano que han pasado ante mi vista, y —muy especialísimamente— la temprana constatación que hice de que el inglés, por ejemplo, no precisa de tildes para su correcta lectura, me han ido dando a conocer el sutil mecanismo de que dispone nuestra lengua para aclarar a sus lectores, mediante una simple tilde encima de la vocal (o su ausencia), sobre cómo ha de ser pronunciada cada una de sus palabras. Y, cual maestrillo que tiene su librillo, di a luz un esquema en forma de H para mis alumnos, al que ponía en los exámenes el epígrafe de “La regla de las 4 tildes o tilde tetracolora”, el cual, desde que fue concebido a finales del siglo pasado, no sólo no ha encontrado excepción que lo trastoque, sino que además ha ido soportando (y refutando) opiniones asentadas de antiguo tanto en normas realacadémicas como en libros de texto como en profesores y alumnos de tendencia más memorística que crítica. Así, defender ante empollones de COU que “las sobreesdrújulas no existen en castellano”, o que “la Real Academia no hizo bien en suprimir la tilde en acontecióme” (que pasó a aconteciome), o que “palabras como guion o truhan no podían llevar tilde de ninguna de las maneras, lo dijese el libro de texto de toda la vida o la profe del año pasado o la Academia conchinchina”, fueron batallas siempre ganadas en clases memorables de una hora entera en las que los más aventajados quedaban eternamente convencidos y los restantes hechos un divertido lío, incapaces los angelicos de concebir que lío llevara tilde y no pudieran ponérsela de mote al tío que los lio.

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