Cada día se repite un fenómeno tan antiguo como la Tierra: el amanecer y el atardecer llegan sin prisa, fieles a un ritmo que no se acelera ni se negocia. El planeta gira en torno al sol como un reloj silencioso, preciso, que reparte la luz y la oscuridad entre todos los seres vivos. Ese compás lento sostiene la vida, pero nosotros hemos elegido otro tempo. La urgencia se ha vuelto norma, la prisa constante una virtud aparente, y en ese vértigo olvidamos dónde estamos y a qué ritmo pertenecemos. Ni la Tierra ni el sol conocen horarios; los hemos inventado nosotros para ordenar la jornada: trabajar, comer, producir, descansar. Y, aun así, casi siempre sentimos que el tiempo no alcanza, como si la vida fuera una carrera sin meta clara. Quizá el problema no sea el tiempo, sino la velocidad a la que insistimos en vivirlo, y la incapacidad de detenernos, mirar y escuchar el ritmo paciente que nos rodea. Basta con observar un amanecer para entender que nada esencial ocurre deprisa; sin embargo, organizamos cada minuto como si perderlo fuera una catástrofe. Saborear cada minuto quizá sea hoy la verdadera revolución.
PEDRO MARÍN USÓN