Hay países que parecen no levantar cabeza. Es el caso de Venezuela, donde la crisis política, social y económica de los últimos años ha empujado a miles de personas a abandonar su tierra en busca de una vida mejor. A esa dura realidad se suman ahora los recientes terremotos, que han dejado muertos, heridos, desaparecidos y una población todavía más castigada por la incertidumbre y el dolor. Cuando un país ya vive al límite, cualquier nue-va desgracia agrava todavía más la situación de quienes menos tienen. Como dice el dicho, a perro flaco todo son pulgas. La riqueza petrolífera de su territorio no ha lo-grado traducirse en una so-ciedad más justa y equilibrada. Al contrario, mientras unos pocos concentran mu-cho, la gran mayoría padece las duras consecuencias de una economía inestable, de la pobreza y de la falta de oportunidades. Por ese motivo, ante esta catástrofe, solo cabe demostrar solidaridad con el pueblo venezolano. También conviene recordar que la ayuda internacional y la atención de la comunidad global son esenciales pa-ra aliviar, aunque sea en par- te, el sufrimiento de una po- blación que lleva demasiado tiempo soportando demasiadas desgracias.
PEDRO MARÍN USÓN