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HACEMOS GLOBAL LO LOCAL

La pobreza no es natural: la causan los estados

19-08-2026 / 08:18

Empezaré por el corolario: los gastos del Estado, incluidos los salarios de burócratas y políticos, si no se financian con la venta de propiedades estatales, van directamente a provocar
desnutrición infantil. La pobreza no es algo “natural” que la sociedad, comandada por el Estado, debe solucionar o paliar. En un vídeo con la voz de Julia Roberts, “la Madre Naturaleza” dice “ya tengo más de 4500 millones de años, estoy preparada para evolucionar, no necesito a los humanos, ellos me necesitan, no importa lo que el hombre haga, si me sigue evoluciona sino se destruye”. Así, lo más urgente, el aire y el oxígeno sobreabundan. Y hoy se producen alimentos para toda la población global, los 8200 millones de humanos y aún sobra para otros 3000 millones. También el trabajo sobre abunda, todo está por hacerse, basta recordar el déficit habitacional global, la falta de hospitales, escuelas, y tanto más. Entonces, ¿por qué hay pobreza? Porque no seguimos a la Naturaleza al hacer uso de la violencia que los griegos, como Aristóteles, ya definieron, precisamente, como la fuerza extrínseca, exterior al ser, que pretende descaminar el desarrollo intrínseco —espontáneo— natural de la vida. Y, como el Estado se arroga el monopolio de la violencia, es quién impone un desvío de la naturaleza, desviando a las sociedades del ordenamiento natural. La violencia es quitar libertad. Así, un mercado —la sumatoria de todos los habitantes de un lugar— es un mercado “libre” de violencia. Centrémonos en los impuestos ya que vale lo mismo para cualquier extracción coactiva de recursos sociales, como la inflación o la toma de préstamos por parte del Estado.

Las cargas fiscales recaen con más fuerza sobre los más pobres ya que, cuánto más alta es la capacidad económica de una persona, con más fuerza las deriva hacia abajo, por caso, los empresarios las pagan subiendo precios encareciendo los suministros -como la alimentación- de los más pobres. Necesariamente los impuestos —y toda carga fiscal— serán trasladados perjudicando con más fuerza a los del fondo de la escala económica: los pobres que, con suerte, tienen un salario que no se pueden aumentar o, peor, los que no tienen ninguna remuneración y ven subir los precios y, peor aún, los niños que no tienen recursos y que tampoco tienen la fuerza de los adultos para procurarse comida de algún modo.

Una vez que el Estado crea la pobreza y el hambre, los políticos dicen que darán asistencia social a los más pobres. Resulta que el gobierno retira coactivamente recursos del mercado, empobreciendo a muchos y, luego de pasar por una enorme burocracia que se queda con buena parte, les devuelve a esos pobres menos de lo que les ha quitado. Resumiendo, la violencia destruye al pretender desviar el curso natural, espontáneo. Así, el Estado, que puede definirse como el monopolio de la violencia ya que de otro modo no podría cobrar impuestos y desaparecería, es el que crea la pobreza.

ALEJANDRO A. TAGLIAVINI

Mamá... ¿yo soy menos?

En la calle aún quedaban restos de la última contienda electoral. Junto al colegio, un cartel: “Prioridad Nacional” en letras grandes. Por desgracia, los niños lo entendieron. Ese día rodearon a mi hijo en el patio. Cuatro contra uno.

—Tú no eres de aquí.

—Tú no cuentas.

—Vete a tu país.

Primero empujones. Luego risas. Luego el golpe. Ocho años, y ya sabía lo que era quedarse solo. Al llegar a casa no lloraba fuerte. Lloraba hacia dentro.

—Mamá... ¿yo soy menos?

Miré su cara, sus manos pequeñas, y pensé en esas palabras demasiado grandes para cuerpos tan pequeños. Porque a veces no hace falta explicar nada. Basta con repetirlo lo suficiente para que incluso los niños aprendan a quien dejar de querer. El cartel “Priosidad Nacional” no estaba en la calle. Estaba ya en la cabeza de esos cuatro niños.

—Ahí entendí que la violencia no empieza con el golpe. Empieza con las letras grandes que un niño lee y otro repite.

—Ocho años. A esa edad yo creía que el país era el mapa de la escuela.

JOSÉ LUIS NEGRILLO FUENTES

Españoles: está la cosa que arde

Se acabaron las discusiones acaloradas sobre el clima; por fin estamos todos de acuerdo: tenemos demasiado calor. Calor que nos quema, como a nuestra tierra. Pero las asociaciones ecologistas, que se manifestaban al menos en verano, se han apagado. Es verdad que el Gobierno ya no nos invita a cantar el “Cara al sol”; incluso nos promete apagarlo esta semana, pero sólo un instante y, como siempre, sólo en el centro del país.

JOSEFA ORTEGA OLIAR

Una casa frente al mar

El sueño de alguien es tener una casa frente al mar. Una casa grande, con ventanales que enmarquen la vista del océano, latiendo en cada ola. Un perro peludo dormitando junto a la chimenea del salón, una piscina en el jardín trasero y un par de caballos en la cuadra, listos para dar paseos por un bosque cercano. Eso sería estupendo, no hay duda. Las condiciones ideales para escribir, pintar, componer música... o simplemente vivir. Yo también lo quiero.

ANA CACHINERO / Jaén

Pensamiento crítico

Ponerse en el lugar de otra persona ya no está de moda. Comprender su ideología, pensamiento, religión o ideas parece ajeno al presente siglo. Líderes como Trump han puesto en marcha una lógica simple: estás conmigo o en mi contra. No caben medias tintas: el diálogo solo vale cuando hay negocio, porque la “única verdad” es la que prevalece. Las redes sociales fomentan el pensamiento único, recordando tiempos pasados. La tecnología nos ha seducido de tal forma que unas pocas palabras bastan para crear legiones de seguidores del creador del eslogan o mantra. En Estados Unidos no sorprende esta actitud: al descender la lectura, sustituida por los reels como entrenamiento —y, lo que es peor, como forma de aprendizaje—, se debilita la capacidad de analizar y cuestionar. Una vez más, no es la tecnología la culpable, sino las personas que, en lugar de compatibilizar lectura y tecnología, sustituyen aquella por esta. Lejos del pensamiento crítico, no solo en los adultos: en el colegio brilla por su ausencia esta competencia transversal tan imprescindible en la vida. El futuro no es difícil de discernir. Si seguimos adorando el brillo superficial como cultura y conocimiento, formaremos audiencias dóciles y ciudadanos sin criterio, verdaderos robots.

PEDRO MARÍN USÓN