En la cultura actual se da con frecuencia la paradoja, esa figura retórica que une dos contrarios para resaltar uno de ellos. Reconocemos que el fútbol es un juego magnífico, un deporte excelente que, además, cuenta con una aceptación universal. Basta mirar el mundial actual con la implicación de los presidentes de Canadá, USA y México, para darse cuenta de que el mundo entero está pendiente de cada detalle.
Por contraste, estamos viendo estos días, unos partidos que se resuelven en penaltis, tras 120 minutos de juego. Es evidente que algo va mal. El juego está enfermo, y tiene que intervenir el médico, es decir la FIFA, para conseguir que el resultado sea acorde al juego.
En un partido reciente ofrecieron una estadística: el número de pases acabados de uno y otro equipo. Mediado el primer tiempo, uno había dado 300 y el otro 100. Reflejaba el dominio del juego y del balón de uno sobre el otro, que golpeaba el balón sin control para alejarlo al campo contrario. El ganador fue el equipo con menos clase. Me parece que unas reglas, que benefician al equipo falto de clase, tienen que mejorarse.
El tanteo es siempre muy ajustado y me parece que beneficiaría que fuera más acorde a la calidad. En su día se introdujo el fuera de juego y vemos frecuentemente goles anulados por este motivo. Quizá se pudiera regular con más flexibilidad. Más sencillo sería, ampliar las porterías, para que esos tiros que rozan el larguero, casi goles, subieran al marcador. También ayudaría que, en caso de empate, el resultado se ajustase considerando el número de tarjetas o la dureza del juego antideportivo.
Se pueden encontrar muchos modos, pero no podemos dejar apagar ese fuego que mengua de día en día por la falta de goles o la estrategia de los que juegan a no perder.
JUAN ÁNGEL BRAGE
El cooperativismo nos vuelve creativos
Confieso que me apasionan las gentes, ya sean jóvenes (la fuerza para ir adelante) o mayores (la memoria del pueblo, la sabiduría), que fomentan el trabajo conjunto para el bien común. Bravo por ellos, que hemos de ser todos nosotros. La cuestión es mantener vivo el camino recorrido hasta ahora, pero con la mirada dirigida al futuro. Pensemos en el porcentaje de muchachos que, en este momento no tienen donde caerse muertos, cuando el trabajo es un derecho y una obligación, que a todos debe incumbirnos. Por tanto, si el asunto laboral es muy sustancial, ya que va unido a la decencia y a la dignidad del individuo, el cooperativismo es un modo socioeconómico y un método realmente solidario, donde la ciudadanía se une de forma voluntaria para satisfacer necesidades comunes.
Desde luego, no existe una mejor prueba del adelanto de una civilización que la del avance del cooperativismo, con su acción recíproca, en la cual todo se gestiona democráticamente, priorizando el bienestar colectivo sobre el lucro individual. El camino no puede ser más saludable; es, precisamente, la senda para la igualdad, no para la homogeneidad, sino para un paralelismo en las diferencias, ya que los mismos beneficios se reparten de forma equitativa o se reinvierten. Indudablemente, hoy más que nunca tenemos que centrarnos en las personas, comenzando por generar confianza entre nosotros, fortaleciendo la cohesión social y uniendo a las comunidades en torno a las insuficiencias y a las aspiraciones compartidas.
Nuestra misión es la de compartir y moverse cercanos. Al fin y al cabo, hay que tener el valor y la creatividad de construir la senda neutral para integrar, en el mundo, el desarrollo, la justicia y la paz. Lo importante, pues, no es el dinero, que lo único que hace es esclavizarnos; sino el afán cooperativista que debe perseguir finalidades transparentes y claras, a fin de inspirar la economía de la honradez. El espíritu de la cooperación como el pensamiento cooperativo, ha de ser nuestro modo de gestionar los bienes colectivos, esos caudales que no deben ser sólo la propiedad de unos pocos y, aún menos, deben perseguir fines especulativos. Sin duda, hemos de pasar a una hacienda del don, o sea, a una riqueza capaz de dar vida a empresas inspiradas en el principio de la solidaridad.
La cobardía es un consentimiento a lo perverso. Que nadie se haga ilusiones de que la simple ausencia de guerras, sea el equivalente al de una paz efectiva. Es evidente que hemos de evolucionar hacia lazos de simpatía humana, de entendimiento con todas las naciones y todas las lenguas. Ahora bien, no hay fidedigna quietud, sino viene acompañada de equidad; al tiempo que, acompasada por lo auténtico, por lo justo y adherente. Reunirse para unirse es la primera fuerza cooperativista. Estar conectados y saber convivir es la segunda fuerza de superación y mejora. Trabajar con decencia y afanarse en extender la cultura del abrazo para la concordia, también es la tercera fuerza vital, la de convertirnos en promotores de la paz, facilitando el ánimo conciliador, con el brío reconciliador.
Tampoco hay tres pujanzas, sin un espíritu que nos fraternice, reconduciéndonos a no hacer para los demás lo que no queramos que hagan con nosotros. En este sentido, el movimiento cooperativo, el cooperativismo o la corriente de cooperativas, es trascendental en un orbe marcado por conflictos, desigualdad, fragmentación social y una disminución del soplo predispuesto a la colaboración, más allá de las divisiones sociales y económicas, que convierten la vida en un infierno. En efecto, el mayor tormento existencial es sentirse solo, abandonado y sin fuerzas para enfrentar cualquier tipo de dificultad y esfuerzo. Sin embargo, caminando y trabajando juntos, advertimos el gran prodigio de la esperanza: todo parece posible una vez más.
VÍCTOR CORCOBA HERRERO