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CAMBIAMOS DE PIEL, NO DE ESENCIA

La mafia que devoró el Estado

03-05-2026 / 08:52

Lo del PP no es un episodio aislado, sino un patrón sistémico de degradación. El caso Kitchen reveló una fractura democrática sin precedentes: la movilización de recursos públicos no para servir al ciudadano, sino para obstaculizar la justicia y destruir pruebas del caso Gürtel. Este uso patrimonial del Estado alcanzó su cénit con la fabricación de pruebas falsas para aniquilar a rivales como Podemos o el independentismo. Es la perversión absoluta de las instituciones al transformarlas en un escudo de impunidad. Es más que corrupción económica, es un asalto al Estado de derecho. Cuando el Ejecutivo manipula los resortes del poder para blindarse, la democracia degenera en una estructura mafiosa. A esto se suma la sombra del caso Montoro, donde decisiones estratégicas desde el Consejo de Ministros habrían favorecido intereses privados con conexiones directas. El escándalo no es solo la merma recaudatoria sino la perversión del proceso legislativo. Pese a la contundencia de los hechos, el relato es la negación. Esa desconexión entre la verdad jurídica y el discurso del PP es un desprecio a la ciudadanía. Lo intolerable no es el saqueo sino el esfuerzo coordinado por ocultarlo y negarlo sin pudor por parte de quienes deben velar por la ley.

MIGUEL FERNÁNDEZ-PALACIOS GORDON / MADRID

Corrupción

La vida no es un cuento de hadas. Ni falta que hace. Bastante tenemos los ciudadanos con pagar impuestos, obedecer la ley y confiar —qué ternura— en las instituciones, mientras otros convierten lo público en su particular mercadillo de favores, chanchullos y despropósitos.

Lo que estamos oyendo en la Audiencia Nacional sobre Koldo y compañía no es una anécdota: es el retrato fiel de una forma de entender el poder como si fuera un botín. Chapuzas, corruptelas, lenguaje de taberna y maneras de sainete. Todo muy lejos del ciudadano que madruga, cumple y sostiene el sistema que otros saquean con un desparpajo impecable. Y lo peor no es el caso en sí, sino la costumbre. Porque, en una democracia —esa palabra tan solemne—, llevamos a nuestras espaldas miles de casos como para seguir fingiendo sorpresa. Cuando la corrupción deja de escandalizar y empieza a administrarse como una rutina, la degradación ya no es un accidente: es el método.

Uno se pregunta, con toda la ironía posible, para qué sirve votar si el poder sabe, ve y tolera lo que luego dice combatir. Quizá la solución no esté en la política, sino en la tecnología: tal vez algún día no sean los discursos ni los partidos, sino las máquinas, las únicas capaces de poner un poco de orden en esta maquinaria humana de abuso y descaro. ¿Qué harán los políticos cuando hasta un algoritmo parezca más digno de confianza que ellos?

PEDRO MARÍN / ZARAGOZA

Santiago Abascal y Donald Trump

Como es natural, la nefasta locura del auto endiosado Trump provoca que le abandonen cada día más colaboradores y votantes. En España, Abascal, ese desecho del PP que extremistas extranjeros financiaron para manipular nuestro país, vendido después también al peor Trump, del que en vano pretende ahora distinguirse, ha perdido o tenido que echar ya a muchos de sus seguidores (incluidos todos, todos los fundadores de su requete partido partido), mientras que sus votantes sensatos buscan otras vías para mejorar nuestro país.

JAUME MIT PAU / BARCELONA