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Investigación

30-10-2026 / 08:30

En Urda vive mi mejor amigo y en Córdoba parte de mi familia, a la que visito yendo en tren. Esta doble y máxima tragedia del mismo tipo en menos de un año y ahora en inminente periodo electoral no pueden menos que despertar tan lógicas como terribles sospechas sobre su causalidad y reclamar la tan necesaria como urgente investigación de sus causas últimas, si las hubiere.

MARTÍN SAGRERA

Bibliotecas

Acabamos de celebrar el Día de las Bibliotecas y mi mente se retrotrae a la niñez: un pequeño bibliobus venía quincenalmente para inculcar el hábito a la lectura. Mi primer libro fue Oliver Twist, una versión abreviada y con ilustraciones. Fue el inicio de una adicción, un tándem que perdura. Las bibliotecas son consustanciales a mi vida y no la concibo sin su enriquecedora compañía; entrar en ellas supone penetrar en un templo y cumplir con un rito: los libros con sus tejuelos pegados al lomo para identificarlos esperan pacientes en los anaqueles a ser cogidos para hojearlos, ojearlos y leerlos. Pasear por sus pasillos recuerda a un claustro: un silencio monacal. Qué decir cuando te sientas en sus salas cual refectorios, donde el libro es el maná que alimenta el espíritu: una comunión; las bibliotecas son sinónimo de orgullo y riqueza cultural para la sociedad. Sentado en el sofá, en casa, contemplo embelesado mi querida biblioteca; cuántas horas de sosiego y felicidad en estado puro: Mi “sanctasanctórum”. Las bibliotecas nos esperan, no las defraudemos y traspasemos el umbral.

FRANCISCO JAVIER SÁENZ MARTÍNEZ

Cambio de época

El momento ha de ser más contemplativo, para tomar este cambio de época en la dirección justa; puesto que no es simplemente un tiempo más de reformas, sino de profunda transformación, lo que requiere tomar la orientación debida, con la reflexión necesaria, en nuestro modo de interactuar entre las diversas generaciones y de hallarse en un mundo globalizado, que también ha de hermanarse, para poder armonizar sus variados pulsos a sus pausas. Y, aunque las pugnas están ahí, dividiéndonos en lugar de acercarnos, desvaneciendo la concepción integral e integradora del individuo; su relación con el mundo y hasta consigo mismo, hay que bregarlo, ya que nadie puede pensar por nosotros. Quizás sea el trabajo más difícil que impere, pero quien vive sin meditar, no puede decir que existe.

Los grandes pensamientos, brotan del corazón que es el que tiene deseos, mientras la imaginación conserva sueños. En consecuencia, precisamos querernos. Tomarlo como ilusión es lo que nos sostiene, lo que nos alienta y alimenta el empeño, luego sólo la paciencia lo concluye. De lo contrario, sería el final del género humano. Pongámonos, entonces, a cargar las pilas sin perder la esperanza. Así, a poco que ahondemos en lo que nos circunda, observaremos que la inteligencia artificial y otras innovaciones están reformulando nuestra idea del trabajo, además de las relaciones, e incluso planteando interrogatorios sobre la identidad humana. Por otra parte, nosotros hemos aprendido a someter la naturaleza antes de someternos entre sí, deshumanizándonos y degradándonos.

Por si fueran pocos los desajustes, el populismo y la polarización ideológica agravan los distanciamientos. Cada día son más los ciudadanos que se ven afectados por el consumismo, el individualismo y la indiferencia. A ello, tenemos que sumar la creciente brecha económica, que conduce a las manifiestas desigualdades y a la desestabilización de comarcas enteras. Se trata, por tanto, de factores generales que conllevan profundos cambios sociales. Está visto que, un estilo de vida económicamente acomodado, contribuye a generar mentalidades materialistas, realmente inhumanas. En el polo contrario, un estilo de vida empobrecido e injusto, por los motivos que sean, también propician el fenómeno de las migraciones, a menudo marcadas por aspectos dramáticos.

Esta ruptura humanitaria, a pesar de la gran variedad de contextos ilusionantes, ha de hacernos repensar sobre la creciente deformación ética, con un aumento del relativismo, que lo único que ocasiona es una desorientación generalizada y que vivamos un periodo peligroso, en un momento de engaño universal, donde decir la verdad es un hecho revolucionario. Es evidente, que nuestro levantamiento tiene su mejor cura en el amor, en la entrega generosa de amar sin medida; o sea, en la efectiva pasión donante en la cual no manda nadie, considerándonos todos como parte de sí, que no es otro que el poema viviente. Ahora bien, el vínculo que más nos une como familia, no es la consanguinidad, sino la tolerancia y la alegría recíproca de sentirnos unidos. Justamente, bajo el contexto democrático como influyente forma de gobierno, sustentado en el respeto a la persona dentro de un Estado Social y de Derecho, se asegura nuestro futuro común; con el consabido gozo, no de hacer lo que uno quiere, sino de querer lo que uno hace. Sea como fuere, lo que cada cual debe forjar es la tarea de ayudarnos entre sí, sabiendo que en este mundo hay sitio para todos, contribuyendo desde nuestra misión a un mañana más seguro, a través de actividades de desarme, control de armamentos y no proliferación. Además, junto con la parentela, una amistad auténtica representa el tejido por excelencia de protección como escuela de humanidad, donde cada mortal puede apoyarse en el rastreo de los días. Dejemos la maldad, pues; ¡sí queremos vivir!

VÍCTOR CÓRCOBA HERRERO

Crímenes de Israel contra niños

Arden las calles en media Europa, las reivindicaciones: vivienda, salarios, educación, sanidad, pensiones... Pero el motivo principal es el hartazgo. Sí, ese hartazgo de ver cómo unas cuantas familias aristocráticas siempre se comen todo el pastel, y dejan solo migajas para la clase obrera. Esto tiene que cambiar. Nos enfrentamos a unos pocos, pero cuentan con un arma infalible: el poder del dinero. Nos están idiotizando: creemos los bulos sin contrastar la información, nos revientan manifestaciones pacíficas. Escuchamos solo lo que dicen los medios que están a su servicio. Otros hacen caso a predicadores evangélicos, y descerebrados imitan el saludo nazi porque está de moda. Estas “familias” que manejan el cotarro nos llaman zurdos ¡Y a mucha honra! A ellos les da vergüenza decir que son de ultraderecha. En su foro interno saben que lo que hacen está mal, pero la avaricia supera a sus conciencias. Desde que ese tipo con color de langostino cocido domina el mundo todo va de mal en peor. Ahora echa la culpa de las revueltas europeas a los migrantes que entraron por Ceuta. Llegan las elecciones y los egos han comido al relato. Aunque ya es tarde, una fórmula hubiera sido unir a la izquierda con un solo nombre: “Antifascistas”. Y todo lo que estuviera fuera de esta agrupación ya sabríamos lo que son.

RAFAEL ZAMORA SANCHO