En España se defiende con frecuencia que el sistema sanitario es universal, equitativo y accesible. Sin embargo, hay casos que desmontan ese discurso y ponen de manifiesto fallos estructurales graves. Este es uno de ellos.
Se trata de un adolescente de 16 años con un cuadro clínico iniciado a los 10 años tras una mononucleosis infecciosa, consistente en fatiga persistente, intolerancia al esfuerzo, dolor musculoesquelético y deterioro funcional severo, con largos periodos sin escolarización. El paciente ha sido correctamente estudiado dentro del sistema público, descartándose patología orgánica estructural y enfermedades infecciosas como la enfermedad de Lyme. El diagnóstico clínico es compatible con un síndrome de fatiga crónica de origen postinfeccioso, una entidad reconocida que requiere un abordaje multidisciplinar especializado. Y es aquí donde la política sanitaria falla, de forma clara y directa.
El paciente, residente en Andalucía, depende del Servicio Andaluz de Salud. Ante la falta de recursos específicos en su comunidad, concretamente en Jaén, desde el servicio de neurología, fue derivado a un centro especializado en Barcelona. Sin embargo, esa derivación no se tradujo en atención efectiva: el paciente no fue integrado en ninguna unidad ni redirigido a un recurso alternativo. La consecuencia es evidente: el paciente ha quedado sin atención especializada real.
Este hecho no puede interpretarse como un problema puntual, sino como el reflejo de una deficiencia estructural del Servicio Andaluz de Salud que actualmente es la tónica habitual: No existen unidades específicas para el abordaje de patologías complejas como el síndrome de fatiga crónica en edad pediátrica, pero tampoco en adultos. No hay circuitos claros ni eficaces de derivación interautonómica. No se garantiza la continuidad asistencial cuando un paciente necesita recursos fuera de la comunidad. El resultado es que la derivación se convierte en un trámite administrativo sin impacto clínico real. Se habla de equidad, pero en la práctica el acceso a una atención adecuada depende del lugar de residencia.
Un paciente en Andalucía puede ver limitada su atención no por falta de diagnóstico, sino por falta de estructura asistencial. Este caso pone en evidencia una contradicción difícil de justificar: el sistema es capaz de diagnosticar, pero no de tratar. Estas son las consecuencias, que no son abstractas: cronificación de la enfermedad; deterioro funcional progresivo; impacto educativo y social grave; y desplazamiento hacia medicina privada o terapias no basadas en evidencia. Y todo ello en un menor de edad... La responsabilidad no puede diluirse en la complejidad del sistema. Corresponde a las autoridades sanitarias andaluzas garantizar que sus pacientes tengan acceso real —no teórico— a los recursos que necesitan, estén donde estén.
Porque derivar no es cumplir. Derivar sin asegurar la atención es, en la práctica, abandonar. Este caso obliga a una reflexión incómoda pero necesaria: ¿puede el Servicio Andaluz de Salud seguir defendiendo la equidad cuando no garantiza el acceso efectivo a la atención especializada? Mientras no exista una red coordinada, funcional y accesible para estos pacientes, la respuesta es clara. Y preocupante...
ANA BELÉN MARTÍNEZ GARRIDO
La familia como pedestal de la sociedad
A veces me tiembla ligeramente el pulso cuando escribo la palabra “familia”, como si fuese un anacronismo, una palabra ya en desuso. La familia: ¿Qué es eso? Hijos: ¿Para qué?... El recordado Papa San Juan Pablo II manifestó con certera claridad: “La comunión del hombre y la mujer en el matrimonio responde a las exigencias propias de la naturaleza humana y es, a la vez, reflejo de la bondad divina, que
se manifiesta como paternidad y maternidad”. Es una lamentable y triste realidad que a nadie sorprende: existe una crisis de la familia. Crisis debida a varios factores entre los que descuellan los feroces ataques contra el matrimonio de uno con una para siempre. E igualmente y en la misma intensidad sobre el tema demográfico.
Es un giro forzado e interesado el que se quiere imprimir a la claridad y simplicidad de la ley natural que comprende a toda a la humanidad. Y es que el egoísmo y la arbitrariedad están predominando sobre la sensatez e incluso sobre el sentido común y ello conlleva de manera palpable e irremediable al desorden familiar: al desquiciamiento de padres e hijos con situaciones a veces trágicas.
Y de esto no se hacen mucho eco los medios. Aunque luego, estos patéticos sucesos, acaban apareciendo anónimamente en las estadísticas. También Benedicto XVI recalcaba estas ideas en el año 2008: “A menudo, las leyes buscan acomodarse más a las costumbres y a las reivindicaciones de personas o de grupos particulares que a promover el bien común de la sociedad.
La unión estable entre un hombre y una mujer, ordenada a construir una felicidad terrenal, con el nacimiento de los hijos dados por Dios, ya no es, en la mente de algunos, el modelo al que se refiere el compromiso conyugal. Sin embargo, la experiencia enseña que la familia es el pedestal sobre el que descansa toda la sociedad”. Así, pues, destruida la familia destruida la sociedad. Esos son los términos en los que nos movemos actualmente mientras no exista una seria actitud de rectificación y acogernos nuevamente a la proverbial sentencia: familia feliz, sociedad floreciente.
JUAN ANTONIO NARVÁEZ SÁNCHEZ / ÚBEDA
¿Quién se va de crucero?
Te embarcas en un crucero de lujo, pagas un auténtico pastizal por lo que, para muchos, es el viaje de su vida... y, de repente, ¡zasca!: aparece un virus que lo cambia todo. Lo que prometía descanso y placer se convierte en una especie de encierro flotante. Pasajeros atrapados, contacto constante y una sensación de inseguridad que crece por momentos. La situación recuerda más a una película de terror que a unas vacaciones soñadas, especialmente cuando la respuesta sanitaria parece insuficiente o tardía. Y entonces llega lo más inquietante: ningún país quiere asumir el problema. Como mucho, permiten fondear en sus aguas y atender a los afectados desde la distancia, con protocolos que, aunque necesarios, evidencian la fragilidad del sistema ante este tipo de crisis. Lo cierto es que, en esta década marcada por virus, inflación y otras “lindezas”, la sensación de vulnerabilidad es cada vez mayor. Los contagios —en la salud y en la economía— parecen estar siempre a la vuelta de la esquina. Vivimos en una era de avances tecnológicos vertiginosos, pero, paradójicamente, nuestra seguridad sanitaria y nuestras economías domésticas retroceden. Mucho progreso, sí, pero cada vez con más incertidumbre. Y, hablando de salud, cabe preguntarse: ¿Cómo van las negociaciones de la huelga sanitaria?
PEDRO MARÍN USÓN