Las ciudades se llenan de gimnasios con la misma lógica expansiva que los supermercados: franquicias del cuerpo perfecto en un escaparate de individualismo. No venden salud; venden una idea de éxito basada en la autosuficiencia, en el “yo” como único proyecto vital. Y, mientras tanto, las instituciones observan con una pasividad que empieza a resultar sospechosa.
Porque los datos no admiten maquillaje: en 2030, la mitad de las mujeres en este país no tendrá hijos. En 2039, el 40% de las viviendas serán de una sola persona. No es una anécdota demográfica, es un cambio estructural de consecuencias profundas. Y, sin embargo, la respuesta política oscila entre la inacción y el eslogan vacío.
Se fomenta un modelo de vida donde todo es individualizable: la comida, la vivienda, el ocio... incluso el sentido de la existencia. El gimnasio, convertido en templo, sustituye al hogar; el espejo, al futuro compartido.
Resulta difícil no ver en todo ello una suerte de quinta columna silenciosa: un proceso que erosiona los vínculos, desincentiva la natalidad y convierte la sociedad en una suma de individuos aislados. Y entonces cabe preguntarse, sin ironía: si no nacen niños, ¿qué exactamente están administrando nuestras instituciones? Como el cortoplacismo político, del que se alimentan, el paso de la ideología al “yo conmigo mismo” es más corto —y más rentable— de lo que parece.
PEDRO MARÍN / ZARAGOZA
Feijóo, humorista gallego
preparando su próximo mitin, Feijóo ha prometido que si le elegimos acabará con la corrupción... del PSOE, sin mencionar la tan clásica del PP. Los comentaristas a sus promesas en un medio poco de izquierdas como “El Confidencial” no comprenden que es un rasgo de humor gallego y, tras mentar a su familia política, le recuerdan que, más prematuro en esto que ninguno, él mismo empezó y continuó durante muchos años haciendo su fortuna con el mayor contrabandista de su tierra. “Dime de qué te enalteces y te diré de qué careces”.
EMILIA NOVAS SOLER / MADRID
El abismo de los que no quieren ver
Junto a fríos bronces imperiales, en la quietud de Waterloo Place, Banksy ha erigido un espejo de nuestra propia decadencia: un hombre trajeado, con paso marcial y ademán decidido, avanza mientras la bandera que enarbola le tapa el rostro. Es la anatomía del patriotismo reaccionario: una marcha entusiasta hacia la nada, ejecutada por quien ha canjeado la visión por un trozo de tela; no ve más allá. La obra desnuda al patriotismo de consigna. Ese hombre encorbatado, símbolo de la élite que teje el odio en sus despachos blindados, camina hacia el borde del pedestal. Un paso más y caerá al vacío. Banksy nos advierte que la ultraderecha global —esa que llama libertad a la sumisión mental— vende fronteras y pureza mientras practica la ceguera; invoca la identidad sólo para justificar la exclusión. Es una alucinación voluntaria. Cubrirse los ojos con la enseña no es amar un país: es abdicar de la razón. El individuo pierde la humanidad y el sentido de la dirección. No hay futuro en una patria que exige no ver al otro. Es el triunfo de la identidad sobre la inteligencia: una caída libre disfrazada de desfile triunfal. El nacionalismo no es el camino; es el paredón que impide ver la realidad.
MIGUEL FERNÁNDEZ-PALACIOS GORDON / MADRID