El pasado lunes asistimos a un pequeño milagro parlamentario. Durante media hora, sus señorías dejaron de mirar el móvil. Media hora entera. Treinta minutos de escucha activa durante el discurso del Papa en el Congreso de los Diputados, ¡Aleluya! La pregunta es: si pudieron hacerlo antes de ayer, ¿por qué no pueden hacerlo directamente cada semana? Resulta desalentador ver la imagen habitual del Congreso: infinidad de diputados mirando el móvil mientras (el) otro interviene. Da igual el color político. La deprimente escena se repite demasiado: alguien habla, la mayoría desconecta; alguien argumenta, la mayoría pendiente a quién sabe qué en su teléfono; alguien ocupa la tribuna y media cámara se va, sin moverse, a otra parte. Sabemos que el móvil impide la atención plena —sí, también cuando está en silencio o en nuestro bolsillo—. Por eso mismo lo hemos limitado en los centros educativos. A nuestros jóvenes les pedimos que atiendan en clase, que escuchen al profesor, que respeten a quien habla, que dejen el móvil para otro momento... ¿Tanto sería pedir lo mismo a nuestros señores diputados? ¿Tan urgente es lo que miran? ¿Tanto sería pedirles, simple y llanamente, que den ejemplo? Hace dos días demostraron que podían. Que sabían dónde estaban. Que eran conscientes, al menos durante media hora, de la responsabilidad que hemos depositado en ellos. Porque al Parlamento se va a parlamentar, y parlamentar exige algo más que esperar turno para soltar el monólogo semanal: exige escuchar. Levantar la vista. Dejar el móvil a un lado. Estar presente. Tomarse en serio la palabra del otro. En estos tiempos, con la credibilidad política por los suelos, limitar el uso del móvil en el Congreso no sería un gesto menor. Sería toda una declaración de intenciones. No porque quede mal en cámara, ni por nostalgia, ni por solemnidad... sino porque un hemiciclo absorto en sus teléfonos delata algo mucho peor: que quien debería escuchar ya ha decidido ausentarse; que la palabra del otro pierde antes incluso de empezar; que, al no apagar sus móviles, lo que están apagando es una parte esencial del Parlamento. Porque si no están escuchando, ¿qué leches están haciendo allí?
JUAN ALBACETE MAZA / ÚBEDA
En Barcelona muchos roban
Una encuesta internacional muestra la pérdida de turistas en Barcelona, ante la queja —mundial, como ella indica— por tantos robos. No hace mucho que un sobrino mío, también catalán, fue víctima de un robo basado en hacer parar de golpe una escalera mecánica de la Estación Central y aprovechar la confusión reinante. Mi pariente lo denunció allí mismo a los agentes, que dijeron muy tranquilos que ese parón, robos y denuncias ocurrían varias veces al día. Pero ni entonces ni cuando la prensa local publicó nuestra protesta se arregló el problema. ¿Hasta qué punto y a qué nivel mandan los ladrones en una ciudad como Barcelona?
MARTÍN SAGRERA CAPDEVILLA
Fondos Next Generation, aulas del pasado
En junio de 2026, se descubre algo fascinante: las próximas generaciones a las que van dirigidos los fondos “Next Generation” no tienen ni donde estudiar que no sea un horno. En las escuelas públicas españolas las aulas superan los 30-37°C. Madrid: clases a 30 grados. Aragón: 37°C en 45 espacios educativos. Sevilla: niños sin aire acondicionado. Murcia: aulas a 40 grados. La ironía es brutal: casi la mitad de los edificios educativos públicos en Cataluña (1.220 de 2.500) fueron construidos antes de 2000 sin adaptación climática. El 56% de los centros no tienen cifra actualizada de climatización. Los fondos “Next Generation EU” cofinancian proyectos de sostenibilidad... en otros lugares. Un colegio en Acebuchal (Badajoz) recibe aire. Canarias: 30 millones para adaptar centros. Torrejón: diez colegios con aire. Una gota en un océano abismal. Lo verdaderamente periodísticamente importante, desde luego, son los casos de corrupción. Esos sí merecen titulares, portadas, análisis ¿Las nuevas generaciones que se asfixian? Terreno secundario. Un detalle. La corrupción es más interesante que el futuro del país. Tiene más drama. Mientras consejerías, ayuntamientos y juzgados disfrutan de aire, las aulas permanecen sin climatización en pleno siglo XXI. Profesores y padres piden adaptación. Pero eso no vende tanto como un caso de corrupción. Así estamos: fondos “Next Generation” que no llegan a las generaciones que vienen, aulas que se asfixian mientras los medios cubren otro escándalo, y un país que decide que las próximas generaciones se las arreglen con el calor que les dejamos. Quizás algún día entiendan que invertir en aulas es invertir en el futuro. O quizás no. Mientras, los niños estudian a 37°C y los titulares cubren corrupción. Que así sea.
PEDRO MARÍN USÓN
¿Caben todos?
El Mundial de fútbol se supone que es un acontecimiento único donde conviven todas las razas y culturas en un clima festivo. Pues EE. UU. ha denegado la entrada a un árbitro somalí, que es el mejor de África. Por ello, ¿realmente caben todos?
FAUSTINO LASARTE GÁRATE