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HACEMOS GLOBAL LO LOCAL

El encarte de pulsos nos une

06-08-2026 / 08:17

Nuestro afán dominante, en lugar de ser generoso, consiste en sembrar egoísmo, para suscitar la desconfianza constante, tomando la desesperanza como atmósfera; y, todo ello, disfrazado de cuentos interesados, con final guerrero. La mentira es nuestro gran proyecto colectivo. El corazón, por ende, también ha dejado de latir. Lo que percibimos en este momento es una tensión, fermento de la inhumanidad vertida, que nos deja sin métrica y abandonados. Tanto es así, que la violencia y la persecución continúan obligando a millones de almas a dejar sus hogares, mientras que las crisis climáticas, la inestabilidad económica y la fragilidad política, multiplican sus miserias. Además, con el timbre de la indiferencia, solemos dejar de lado que todos somos parte del poema viviente. En efecto, nos sobra demasiada coraza y nos falta corazón para ese encarte global incluyente. En el fondo, no se aprecia a la ciudadanía, ni a los ciudadanos como un valor primordial que hay que considerar y proteger, especialmente sin son indigentes o discapacitados, si todavía no son útiles como los no nacidos, o si ya no sirven, como las personas longevas. Por desgracia, nos hemos vuelto pasivos e insensibles ante situaciones exasperadas, propias de una existencia salvaje y no humana. Es cierto, que muchas gentes apoyan el derecho a buscar seguridad; pero, simultáneamente, se preguntan si los sistemas de asilo son justos, eficientes o si están debidamente gestionados. No es suficiente tener buen ingenio; lo principal, es emplearlo humanitariamente. Sin duda, nuestra gran asignatura pendiente pasa por avivar la poética del sueño hogareño a la vida en familia. Aislarnos entre sí, desde luego, es uno de los mayores tormentos actuales. La falta de requerimiento o acompañamiento, además nos corrompe todos los vínculos, desmembrándonos de la lírica del sentimiento, que es lo que nos engrandece y recompone. El rechazo, lo que hace es volvernos soberbios e ingratos, demostrando así que los hipotéticos avances de la sociedad no son tan reales, ni tampoco están asegurados para siempre. Muchas veces se percibe que, fruto de este absurdo endiosamiento, los derechos humanos no son iguales para todos. En consecuencia, a poco que observemos con atención los entornos, hallaremos contradicciones que nos dejan sin voz.La peor enfermedad radica en entrar en contradicción interiormente; máxime cuando, el propio orbe, tiene su naciente en nosotros. Dispongámonos a navegar mar adentro, que es donde se adquiere la influencia natural y su confluencia mística. Por tanto, hay que dejarse querer para poder amar de verdad y no vivir sustentados por una mentalidad de miedo y duda. Paradójicamente, hay recelos ancestrales que no han sido superados aún, como la sospecha a lo desconocido, que no tiene por qué ser monstruosa. En consecuencia, abrirse al mundo y reabrirse a todo lo que nos rodea, puede ayudarnos a que nuestros semejantes activen el espíritu que nos hermana y dejemos de levantar muros; que lo único que forjan, es amortajarnos de lágrimas y abatimientos. Indudablemente, el bien que hemos realizado nos da una satisfacción interior, que aparte de ser la más dulce de todas las pasiones, llegando a embellecernos nuestra propia mirada de sosiego y paz, nos pone en el camino de una forma nueva de vida, lo que nos hará descubrir al fin, que nos debemos recíprocamente, más allá de las fronteras que hemos generado y de los frentes que hemos activado.

El pararnos a oírnos, como el sentarse a escuchar al otro, todo ello característico de un encuentro humano y del reencuentro consigo mismo, es un modelo de actitud receptiva que nos emplaza a buscar fusionados lo auténtico en el diálogo sincero, en la conversación reposada o en la discusión apasionada. Lo importante es perseverar, nunca tirar lo toalla, porque cada cual cohabita para sentirse poesía.

VÍCTOR CORCOBA HERRERO / Jaén

Es Dios y no la IA

Nuestro clásico y místico San Juan de la Cruz dejó escrito que “las criaturas son como un rastro del paso de Dios. Por esta huella se rastreará su grandeza, su poder y sabiduría y todos sus atributos”. Efectivamente, el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Y aún después de la caída el hombre mantiene su inteligencia y su capacidad de discernir el bien del mal y por lo tanto es responsable de sus acciones.

El don de ciencia, que nos llega a través de la acción del Espíritu Santo en las almas, facilita al hombre comprender las cosas creadas, la entera creación, como señales que llevan, si no lo obstaculizamos, a Dios. Es la elevación del orden natural al orden sobrenatural. El hombre, volviendo a la frase del Santo Carmelita, no alcanza por sí mismo esa grandeza, ese poder y esa sabiduría que le han sido donados gratuitamente por Dios y no por la IA.

Nada ni nadie puede penetrar en la propia conciencia. La conciencia es como la torre murada inexpugnable que solo puede ser destruida desde dentro. De ahí la obligatoriedad de defenderla con el poder y la sabiduría, la ciencia y la fortaleza que también nos son transmitidos por el Espíritu Santo: El hombre ha sido creado por y para Dios. Por eso se hace necesario transcender nuestra mentalidad para que viva inmersa en la sobrenaturalidad de Dios y no en la materialidad de la IA pues esta tiene una finalidad palpable y sustancial para resolver problemas prácticos.

La grandeza del hombre rebasa infinitamente los confines del pragmatismo imperante.

JUAN ANTONIO NARVÁEZ SÁNCHEZ / Ubeda