La presencia del Papa León XIV en el Congreso de los Diputados de Madrid constituyó, sin duda alguna, un hecho singular, relevante e histórico: era la primera vez que un Papa visitaba este “ámbito eminente de la vida institucional, jurídica y democrática del Reino de España”. Había, ciertamente, una gran expectación ante esta visita y la verdad es que no defraudó a nadie porque se cumplió lo que todo el mundo esperaba: un discurso sobresaliente, repleto de contundencia, pero de cuidadas formas. El Papa interpelaba “cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar”. Y, de manera natural, el discurso se vio inmerso en la defensa de la vida: “toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Tal dignidad precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento”. Y esta nítida afirmación que tenía su origen en otro gran Papa como fue Benedicto XVI se vio ratificada por las afirmaciones siguientes en clara defensa de la vida: “En este sentido, si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás? La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia”.
La denuncia no pudo ser más clara y elocuente, sin ambages de ningún tipo. El Papa habló con verdad y con justicia. Cierto que nadie replicó, lo que fue de muy agradecer, y que León XIV recibió el aplauso más largo que se haya producido en el hemiciclo. Pero, una pregunta: ¿qué efectividad real tendrán sus palabras sobre la legislación ya aprobada? Es de desear que tan grandes y sobresalientes ideas no queden adormecidas para el recuerdo de un hecho histórico sin precedentes y que el polvo de la historia las cubra para el futuro; por el contrario, se hace necesario que la verdad y el derecho se impongan para bien de la humanidad.
JUAN ANTONIO NARVÁEZ SÁNCHEZ / ÚBEDA
El rostro no es sólo un mero dato
El rostro no es un dato cualquiera. Es parte de nuestra identidad, intimidad y libertad; su uso indiscriminado en sistemas de reconocimiento facial merece una reflexión urgente en todos los niveles de la sociedad. Para hacer una foto a una persona, hay que pedir permiso explícito en este sistema legal. La ley española exige consentimiento para captar y difundir imágenes de personas reconocibles, salvo excepciones muy limitadas.
Pero los sistemas automáticos de reconocimiento facial capturan rostros sin preguntar, sin permiso, sin transparencia. Lo que no se ve son las intenciones internas del ser humano: sus motivaciones, temores, deseos y decisiones más profundas. El rostro puede mostrarse en una cámara, pero esas intenciones no se captan con algoritmos. Cuando tratamos el rostro como dato técnico, normalizamos la ilusión de que la persona puede reducirse a su superficie visible.
La ONU advierte que el reconocimiento facial plantea riesgos graves para los derechos humanos, pues puede convertir la identidad en instrumento de vigilancia masiva sin regulación estricta. Este debate concierne a centros educativos, empresas, comercios y comunidades de vecinos: en todos esos espacios debe prevalecer el principio de necesidad, proporcionalidad y consentimiento real. Defender la importancia del rostro es defender a la persona completa, no solo su imagen. Una sociedad madura protege la dignidad humana antes que la eficiencia tecnológica, y reconoce que lo que realmente define al ser humano no es visible en una foto, sino en sus intenciones internas.
¿Quiénes visualizan realmente los deseos y la dignidad de la persona en este sistema?
PEDRO MARÍN USÓN
Jueces
La toga está de moda: declaraciones, investigaciones, imputaciones, autos, sentencias, recursos, etcétera, se han convertido en términos cotidianos para el ciudadano de a pie, lego en derecho. Tratamos a los jueces como a los árbitros de fútbol; si sus decisiones y sentencias favorecen a nuestro equipo, asentimos con placer, mas, si van en su contra, nos acordamos de su árbol genealógico y les mostramos una tarjeta roja. No debemos temer a los jueces, sino a las consecuencias si quebrantamos la ley o aparecen indicios que lo sugieren. El refranero nos recuerda que ‘el juez debe tener una oreja para el demandante, y la otra para la otra parte’ y así lo hacen; los togados deben trabajar sin presiones, coacciones o amenazas para poder desempeñar una tarea tan difícil como es juzgar y dictar una sentencia, ya que absolver a un culpable o condenar a un inocente suponen su propia condenación. No nos convirtamos en abogados de sequero o secano, opinando de lo que no sabemos y tratando de sentar cátedra; no olvidemos la famosa máxima: Dura lex sed lex.
FRANCISCO J. SÁENZ MARTÍNEZ