El mundo no puede acostumbrarse a cohabitar con la siembra de actos de terror que propagan una serie de ideologías del odio, lo que confirma que este tipo de ferocidades deban ser condenadas y combatidas de inmediato, en todas sus formas y manifestaciones. Sea como fuere y ante las confrontaciones, la cuestión del narcotráfico, la trata de seres humanos, o la misma agresividad generalizada, los niños y los jóvenes necesitan de otras atmósferas y de otras experiencias que eduquen en la cultura existencial, del diálogo y del respeto mutuo. Requerimos de lúcidos testimonios, nunca vengativos, que nos mantenga unidos para que podamos construir un futuro sin violencia y sin miedo. De ahí la importancia de proteger rectitudes, con la sensatez de prestar oídos.
A pesar de la condena internacional de este tipo de situaciones repelentes, donde el rencor nos vuelve estúpidos tanto al vencedor como al vencido, sus víctimas y supervivientes luchan con frecuencia por hacer que se escuchen sus vocablos, se apoyen sus necesidades y se respeten sus enterezas. Sin embargo, a menudo se sienten olvidadas y abandonadas, una vez que se atienden sus necesidades inmediatas. Bajo este contexto pasivo, acrecentado con los pocos recursos, hace que la rehabilitación muchas veces no se alcance. Deberíamos ser más auténticos y justos con aquellos que sufren a causa de la intimidación, flagelo que sólo beneficia a algunos grupos al mantener intereses particulares, lamentablemente a menudo enmascarados por nobles intenciones.
El patrón general de violencia tampoco muestra signos de remitir. En consecuencia, resulta indispensable poner orden para difundir la cultura de la tolerancia, de la convivencia y de la paz. Rompamos vínculos con la delincuencia organizada. Garanticemos que, las medidas de prevención, respeten escrupulosamente los principios o normas morales, con sus pautas positivas para el comportamiento humano. Por desgracia, la desinformación está erosionando la confianza. Además, los drones armados se han convertido en el nuevo rostro de un viejo peligro, la destrucción deliberada o temeraria del movimiento de civiles. La entereza, sustentada en la clemencia, ha de ser el camino para lograr una vida digna, a la que todo ser humano tiene derecho.
El momento es verdaderamente asombroso, son multitud los pedruscos cargantes que nos impiden ver el horizonte de la quietud, cerrando y encerrándonos cualquier anhelo, tanto con la roca de la enemistad que nos impide hermanarnos como con el camino de la necedad en medio del rencor y la antipatía ciudadana. Quizás tengamos que restaurar horizontes. Hagámoslo con la mano tendida y extendida, no permitamos que los vientos de las batallas soplen cada vez más fuertes. Tampoco cedamos a la lógica de las armas y del rearme. Pongamos alma en los andares y ejerzamos la moderación en todo instante, que la concordia no se construye jamás con los artefactos, sino abrazando pulsos y abriendo el corazón.
En cualquier caso y ante un escenario en el que la delincuencia no conoce fronteras estatales ni soberanías nacionales, existe en la actualidad un consenso universal, en torno a que los países a través de sus instituciones, no sólo deben investigar y juzgar la violación, sino que también deben imposibilitar que continúen las actividades delictivas, sin perder de vista los torturados, orientándose hacia la acción, entendiendo lo equitativo, la escucha y la justicia, como una práctica que tiene como cometido la construcción de un orbe más habitable. Además, la naturaleza precisa reequilibrar sus prioridades e invertir más en seguridad humana y menos en instrumentos armamentísticos, que alienten y alimenten conflictos absurdos.
VÍCTOR CORCOBA HERRERO
El problema no son los perros
Hubo un tiempo en que me encantaban los perros, como me encantan todos los animales. Sin embargo, desde hace años a veces los miro con resentimiento, aunque ellos no tienen la culpa: la responsabilidad es de sus dueños.
En Jaén caminamos esquivando excrementos y viendo perros orinar en fachadas de viviendas, comercios e incluso en nuestra Catedral. A ello se suman los que van sueltos, las correas extensibles que ocupan toda la acera o los ladridos a cualquier hora. Se dice, con razón, que son parte de la familia. Precisamente por eso, tenerlos implica educarlos y responsabilizarse de su comportamiento. Nadie permitiría que un hijo ensuciara una acera, orinara en la puerta de la Catedral o molestara de madrugada a los vecinos.
Querer a un perro también significa recoger sus excrementos, llevar agua para limpiar sus orines y respetar el espacio y el descanso ajenos. Los perros no son el problema. Lo es la falta de civismo de algunos propietarios. Convivir en armonía no debería ser tan difícil.
PEDRO PAMOS GALEAS / Jaén
Mejorar el sistema democrático
El mismo éxito de este sistema político muestra la necesidad de afinarlo, perfeccionarlo, adaptándolo a las distintas situaciones de los pueblos. Así la victoria por la mínima de un candidato colombiano sobre otro; mejoraría, para consolidar al vencedor, el exigir, para gobernar, una segunda vuelta, en la que el vencedor debiera conseguir, por ejemplo, un 5% más de votos. Aún más frágil
ha sido la victoria en Perú de Fujimori por un estrechísimo margen, debido además a emigrados ya de varios lustros. Aquí, además, habría que estudiar el limitar el derecho a voto —excepto en caso de dictaduras— a emigrados de, por ejemplo, menos de diez años, pues los demás conocen en general menos la situación real de su país.
MARTÍN SAGRERA CAPDEVILLA