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Cuando marcharse deja de ser una opción

10-09-2026 / 09:02

Hubo un tiempo en el que marcharse al extranjero podía parecer una aventura: aprender un idioma, conocer mundo, ganar experiencia... y volver. Pero, ¿qué ocurre cuando regresar deja de formar parte del plan? La emigración española ha cambiado desde la crisis de 2008. El desempleo juvenil, la precariedad, los bajos salarios y, cada vez más, la dificultad para emanciparse, han empujado a miles de españoles hacia otros países europeos. Francia, Alemania y Reino Unido aparecen entre los principales destinos. Los números impresionan. Alrededor de un millón de jóvenes españoles habrían emigrado entre 2008 y 2025, con una media aproximada de 58.000 al año. ¿Qué es lo que encuentran al otro lado que los hace quedarse? Para muchos, algo tan extraordinario como un empleo estable, un salario suficiente o la posibilidad de construir un proyecto de vida.

Y esas no son las cuestionas más incómodas. Una parte importante de quienes se marchan cuenta con estudios superiores: sanitarios, ingenieros, informáticos, científicos... Es decir, personas cuya formación ha requerido años de esfuerzo y, en buena medida, inversión social. Cuando esas capacidades desarrollan su carrera fuera, España pierde su capital humano.

El debate no debería ser si los jóvenes quieren emigrar. Siempre encontraremos personas cuyo sueño es volar lejos de su país. La pregunta es, ¿cuántos de verdad se marchan porque quieren y cuántos porque aquí no hay oportunidades para ellos? Cuando tener un buen empleo, independizarse, formar una familia o desarrollar una carrera profesional obliga a mirar al extranjero, quizá ya no estemos hablando solamente de movilidad... sino de una oportunidad que España está dejando escapar.

FRANCISCO LAGUNAS NAVIDAD / Jaén

Ramiro de Maeztu y sus ensayos

Hace cien años que Ramiro de Maeztu publicaba “Don Quijote, Don Juan y la Celestina. Ensayos en simpatía”. Era, como todos sus libros, una recopilación de artículos ya publicados (aunque alguno fuera escrito exprofeso). Hay que reconocer que Maeztu dejó escritos y publicados en torno a dieciséis mil artículos sobre divertidísimos temas, lo que le permitió hacer varias recopilaciones temáticas que son sus libros, en los que existían siempre no pocas páginas originales. En “Don Quijote, don Juan y la Celestina. Ensayos en simpatía”, Maeztu enfoca estos personajes desde un punto de vista que podríamos llamar arquetípico cada uno de ellos: el amor (Don Quijote, el poder (Don Juan) y el saber (La Celestina). En la época en que están escritos, en nuestro pensador existían todavía reminiscencias de la actitud regeneracionista de comienzos de siglo, consecuencia del desastre del 98, a cuya generación pertenecía.

Cierto que esa simbología, amor, poder, saber, podría llevar a otras interpretaciones como idealismo, egoísmo y manipulación de las pasiones ajenas, todo ello tan manifiesto en los textos clásicos. Pero Maeztu pretende poner estos textos clásicos de nuestra literatura como mitos hispanos que proporcionen unos valores culturales y sociales a la empresa de transformar, regenerar una sociedad que en 1926 precisaba ser redireccionada de los abruptos derroteros hacia donde se estaba encaminando. Por eso Maeztu se aleja de la interpretación común de Don Quijote como un loco ridículo para mostrarlo como símbolo del entusiasmo espiritual y del amor idealista que trasciende la realidad material. Don Juan representa el peligro trágico de una libertad sin ley moral ni compromiso verdadero. Y La Celestina es la descomposición social y el triunfo de los intereses materiales sobre el espíritu. Tres actitudes alarmantes que en el contexto de nuestra época actual se hace también preciso analizar y diseccionar en todo aquello que sea preciso.

JUAN ANTONIO NARVÁEZ SÁNCHEZ / Úbeda

El desgaste silencioso

El reciente informe de la Organización Internacional del Trabajo alerta de que el 13% de los empleados europeos padece agotamiento crónico, antesala del síndrome de desgaste ocupacional o burnout. Lejos de tratarse de una cifra estancada, la tendencia al alza resulta alarmante: cerca del 45% de la plantilla comunitaria reconoce estar expuesta a riesgos psicosociales y casi un tercio sufre ya estrés, ansiedad o depresión vinculados al empleo. Esta escalada se agrava por la falta de personal, la precariedad y la hiperconectividad permanente, cebándose con dureza en sectores como la sanidad, donde la mitad de los médicos de urgencias acaba exhausta. Pese a que la Organización Mundial de la Salud reconoció el burnout como problema ocupacional en la CIE-11, en España sigue tramitándose de forma generalizada como baja común. Así se diluye la responsabilidad empresarial, relegada casi siempre a resoluciones judiciales aisladas. Ignorar este incremento destruye la salud mental y acarrea un coste económico superior a los 600.000 millones de euros anuales en Europa. Urge actualizar el cuadro legal de enfermedades profesionales y aplicar una prevención real. Bien decía la sabiduría popular que “quien no cuida su casa, poco negocio hace”; difícilmente prosperará una economía que consiente la extenuación de quienes la sostienen día a día. ¿Esta es la nueva modernidad? ¿Quién hablaba de la responsabilidad social corporativa?

PEDRO MARÍN USÓN